sábado, 27 de abril de 2019

villarrobledo


Después de una terrible granizada en que los coches se cobijan bajo los puentes, paramos en Villarrobledo. La iglesia, por fuera, resulta viejuna, con las piedras muy desgastadas. Calizas de color ocre anaranjado como comidas por el salitre. Dedicada a San Blas, es una iglesia gótica en su mayoría del siglo XVI. Las fachadas norte y sur son renacentistas, así como la puerta coccidental. Impresiona la altura de sus tres oscuras naves de igual tamaño, sustentadas por altas columnas nervadas que, como parras, se abren en la techumbre. Tras el altar, un retablo barroco churrigueresco. Del gótico original solo queda un San Miguel, espada en mano, haciendo piruetas en el aire sobre un malvado e impúdico demonio musulmán, colgado en una pared lateral. En la portada gótica flamígera puede verse, entre las puertas de madera, un San Blas labrado en ese material. Es una iglesia inacabada.

Cogiendo la calle peatonal dedicada a Graciano Atienza, llegamos al bonito Mercado de Abastos, en la Plaza de la Constitución. Es un edificio de 1930, de inspiración neoclásica, construido sobre lo que fuera una laguna que sirvió de abrevadero natural del ganado trahumante, pues aquí confluían varias vías pecuarias. La puerta está en el chaflán de la esquina, abriéndose dos alas siguendo el borde de las dos calles que se cruzan y dejando un espacio intermedio que en la última rehabilitación se ha cubierto y acristalado su fachada en curva.

Flipamos en los Jardinillos Municipales, junto a la plaza, con un tejo, en estas latitudes, y un enorme álamo negro, no tan viejo como parece, pues un señor de más de ochenta años nos dice que recuerda que el lugar fue una pequeña laguna que se tapó y luego se plantaron los árboles. Después descubrimos lo amante que es de la charla aun sin venir a cuento, y nos resulta difícil zafarnos del improvisado guía.

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