martes, 17 de febrero de 2015

futaleufú




Temprano desayunamos con los más madrugadores del hostel. Tostadas, café con leche, zumo de naranja y yogur de polvos. Los compañeros viajeros comentan que por aquí ya no se celebra el carnaval. En la terminal cogemos un destartalado colectivo que va temblando y desmembrándose por un camino de chinas. Es uno de esos buses antiguos que llevan el motor junto al conductor. A veces, el polvo nos adelanta y se ve por el pasillo. Complicado dibujar.

Los viajeros más interesantes son los llamados gauchos, guachos o paisanos, de sombrero de ala ancha de fieltro negro, chaleco de lana, mangas anchas de camisa y pantalones metidos en las botas camperas, y la madre india con la cara llena de arrugas y su hija de una excepcional belleza. Dibujo al gaucho de al lado, con bigote caído y pelo largo lacio.

Avanzamos por praderas amarillas cercadas para los caballos y vacas y encajonadas entre altas montañas con las faldas verdes y los picos pelados con neveros blancos. Picos duros como dientes de sierra. Paramos en la aduana, en La Balsa, un sitio llamado así porque el río se atravesaba en una balsa sin otro sistema de locomoción que la propia corriente. Escrupulosos hasta el ridículo con las plantas, la policía chilena no me deja pasar un pequeño palo redondeado por el agua del lago Menéndez.

Seguimos el curso del río Futaleufú para salvar las montañas, y acabamos en la pequeña población de este nombre. Un pueblito de casas bajas de madera de colores rodeado de montañas, famosa por la fuerza de su río, solo apto para expertos en rafting y pescadores de trucha con mosca. Se respira tranquilidad. Compramos en Correos el boleto para mañana viajar a La Villa (Villa Santa Lucía), nuestro primer contacto con la Carretera Austral.

Encontramos una habitación por buen precio en casa Ebenezer, donde la señora alberga algún empleado del hospital en construcción. No lo acabarán, alguien se llevó la plata, nos dice mientras escribimos nuestros nombres en el libro. Un hospedado llega a comer y le pone una lentejas que huelen que alimentan y mantienen una conversación sobre la Biblia y Dios
(-Mire, mi papá es testigo de Jehová desde hace ya más de 20 años y no comulgo con sus ideas, yo pienso que es un libro simbólico que no hay que seguirlo al pie de la letra. 
-Pero Dios nos dice: no añadirás una sola palabra....Dios no quiere que se veneren imágenes.
-Tampoco soy católico. Sé que el catolicismo para ustedes es la gran prostituta)
de la que yo solo estoy interesado en ese plato por el que Esaú vendió su primogenitú y que me ha despertado la gusa.

Comemos en el restaurante Dany un rico guiso de poroto (pintas) con calabaza, zanahoria, tallarines y longaniza. Repito, ¿me puede echar un poco más? está muy rico, le digo a la señora. Me cobra el doble por repetir y me muestra su más amplia sonrisa con la clavada. Después damos unas vueltas por el pueblo tomando el sol. Son casitas bajas con cerca, huerta y gallinas, y todas tienen al menos un perro. El paisaje que nos rodea tan flipante, tanto verde y tanto sol, es una combinación que hace sentirnos muy bien. Llegamos hasta la Laguna Espejo y volvemos a casa a lavar una poca ropa y colgarla al sol.

Cuando salimos de paseo, los perros de la casa nos acompañan. En una tienda preciosa de madera vieja azulada y tejado de chapa, compramos cigarrillos. Huele a pan recién hecho. Unas chicas nos recomiendan un restaurtante en un callejón: El Rincón de Mamá, en un segundo piso abuhardillado. Comemos salmón con cebolla y huevos fritos (a lo pobre) que debe ser quizás el mejor que haya probado nunca y una carne regular y menos con una cerveza industrial llamada Escudum.

En la plaza canta una rondalla. La luz de las calles es tenue, amarilla. Algún establecimiento enciende un foco al pasar. Otro ilumina las obras del hospital, que ocupan una manzana entera, y tres ambulancias dormidas desde el día de la foto. Pero lo mejor está allí arriba, donde las estrellas brillan mucho más que las bombillas de los de aquí abajo.

lunes, 16 de febrero de 2015

domingo en el parque



La austriaca Waltaraud resultó ser una solterona maniática y nos toca de compañera de habitación. Para mal, porque resulta no aguanta mis ronquidos, ni la luz parpadeante de los móviles, ni esos rayos sobre mi cabeza, no no, esa luz no puedo dorrmir, esos rruidos. Nosotros pensamos que si tiene el sueño tan ligero debería ir a un hotel y no venir a un hostel, a una habitación compartida. Que en estos sitios hay que tener manga ancha. En fin, una aunténtica tortura.

El día, por el contrario, resulta muy agradable. Cogemos un micro colectivo al Parque Nacional Los Alerces. Pasamos por el Lago Terraplén y el LagoFutalaufquen y nos quedamos en la pasarela al Lago Verde. Solo llevamos un asiento, pero nos hacen un huequito y nos dan conversa agradable Natalia y su hijo Jeremías Máximo, y Javier y su hija Lucía, que creemos su novia. De allí hacemos un circuito caminando entre las orillas del Lago Verde y el Lago Menéndez y un tupido bosque de arrayanes, maquis, cohiues, ñires, lengas, tineos, michays y cipreses. Pero la estrella de los árboles de esta zona es el alerce, un árbol milenario que llega a los cuarenta o cincuenta metros, que aquí tiene algún ejemplar de 2.600 años, en el alerzal de la otra punta del Lago Menéndez, en Puerto Sagrario, al que se accede en barco. Nosotros no llegamos tan lejos, pero sí vemos algún ejemplar de trescientos años.

Vemos pajaritos como el chucal, con el buche naranja y la cola muy vertical y el dormilón ceja blanca. Pero ninguno de esos animales que dicen que viven por aquí como el monito de monte, el puma, los ciervitos Huemul y pudú, el gato huiña, la paloma araucana y el pájaro carpintero gigante, con esa cresta del pájaro loco. También hay una pesada población de abejas que según parece introdujeron para acabar con el tábano, y que pican a los visitantes como yo.

Después descansamos en las playas del Lago Verde y vemos como se tuestan al sol y se bañan los más atrevidos. Y luego cogemos el mismo micro para Esquel, donde, afortunadamente, nos cambiaron de habitación. Cambiamos dinero, cenamos la carne y la fruta que nos sobró, con una cerveza artesanal local, y nos vamos a la cama cansados. Una tremenda paz me inunda cuando oigo roncar al compañero de habitación. Uuuf! al fin podré dormir tranquilo!

domingo, 15 de febrero de 2015

hacia esquel



Brian, un canadiense de Vancouver amigo del vino y los cigarrillos, es el gerente de esta pequeña hostería de la calle Morales donde nos han tratado tan ricamente. Siempre he vivido en ciudades lluviosas, nos dice sonriendo y marncando en su cara un centenar de arrugas, me gustaría ir a otros sitios.

Salimos de Bariloche hacia Esquel por la Ruta 40 para coger la Carretera Austral de Chile. Nos llevamos unas milanesas y hacemos un viaje alucinante de cinco horas. Bordeamos los lagos Gutiérrez y Mascardi, que quedan a la derecha, y Güillelmo que queda a la izquierda. Luego subimos por las montañas arboladas de cipreses y abetos hasta el altiplano marrón y amarillo sin árboles, con un fondo de picos grises, canela, rojizos y blancos. Bajada con praderas y hermosos valles con pueblos de piedra, madera y pizarra entre álamos negros y un fondo de picachos. Paisajes de esos cuadros que hay en las casas y no sabemos qué sitios son. Yo hago lo que puedo y, flipando, me voy cambiando de asientos de un lado a otro del bus medio vacío, para dibujar deprisa lo que veo.

Finalmente llegamos a uno de esos pueblos, que llaman Esquel. En el punto de información se molestan en buscarnos alojamiento y solo lo conseguimos en un buen Hostel. Una habitación compartida de cuatro con baño, cocina, terraza, WiFi... por un buen precio.

Compramos carne (baratísima en Argentina), fruta, algún yogur, empanadas y una Quilmes de litro. Nos deniegan la tarjeta y, lo que es peor: nos cruza una concentración ruidosa de moteros. De vuelta, Pierre, un francés de Clisson, nos cuenta que deberíamos ir al Lago Verde, pues está bien para un solo día. Lo dibujo comiéndose unos sandwiches caducados y también a una austriaca llamada Waltraud, que se enrolla con nosotros y nos cuenta su viaje, que escribe en un diario.

sábado, 14 de febrero de 2015

el bosque color canela

                           

Nos levantamos temprano para ir a la terminal y coger el bus a Villa La Angostura. Otra vez orillamos el lago Nahuel Huapí por el sur y luego por el este. Espectacular. Bariloche allá al fondo, al otro lado del agua, y con los Andes detrás. En un tramo nos separamos del agua y nos adentramos en el bosque. Los abetos pinsapo alargan sus ramas al sol para enseñar sus florescencias amarillas, como pomposos anillos. Luego, una especie de altiplano sin árboles, solo unas plantas semiesféricas con pequeñas flores amarillas que colorean la pradera hasta la orilla del lago, y después peñones de dura roca pelada y las primeras cabañas de Villa La Angostura. Andamos tres kilómetros hasta el Parque de los Arrayanes. El bosque, dentro del parque, está después de 13 kilómetros de duro camino, de dificultad media-alta. No nos dará tiempo a volver a tiempo al bus hacia Bariloche.

Decidimos coger una barca preciosa de madera, que en poco más de media hora llegará al bosque. Junto al muelle, en la playa, jovencillas con biquini se tuestan y toman el sol. Dibujo el paisaje desde proa y a Alberto, simpatiquísimo piloto de la embarcación, quemado por el sol, que se pone la gorra para ser inmortalizado y que me cuenta que la embarcación es de 1931, propiedad de su anciana tía, primera mujer por estas tierras en titularse para pilotar un barco mercante. Ya viejita, pasó el relevo a su sobrino, que, junto a su hijo Francisco, lleva este negocio turístico y mantienen en perfecto estado la nave. Hecha con maderas de la región e instrumentos de bronce, es una auténtica reliquia, una verdadera maravilla. Su nombre es Huelmul II, que es el nombre de un ciervito de la zona. Hacemos el viaje en la bañera de popa, pero también nos deja salir a proa a disfrutar el paisaje.

El arrayán, además de un personaje de telenovela, es un árbol pequeño de hoja parecida a la del mirto, del que es familia, con un tronco retorcido que pierde la corteza y deja ver su color canela, que con el sol se torna naranja. La caída de la corteza le produce una especie de manchas blanquecinas que le dan al árbol una extraña belleza. No es dominante y suele verse en los bosques de Chile entre otras especies. Quizás solo en esta parte del mundo es posible ver una concentración tal de arrayanes y de tal porte. Vemos ejemplares gruesos, divididos en muchos troncos y de gran tamaño y, en las zonas más densas del parque, ejemplares delgados y altísimos. Para protejerlos de los visitantes, han hecho una pasarela de madera por la que se transita. El aspecto general del bosque es tan mágico que no sería extraño encontrar algún duende (¿viste alguno? me pregunta Alberto). Pero solo vemos un pajarillo rallado que se mete en los huecos de los árboles y otro chiquito y regordete como un pollito que llaman maqui.

Volvemos por una zona de agua turquesa, producida por el sílice en la erupción volcánica del 2000. El capitán me trata cariñosamente, le gustó el dibujo porque lo dibujé menos gordo. Mientras llegamos al muelle, dibujo a unos compañeros de viaje: Carolina, Agustín y Mariana.

Agradecemos a la chica que alquila las bicis toda la información que nos ofreció, quiere ir a Barcelona y madrid este invierno, y le deseamos que se cumpla y un buen negocio. Rehacemos el camino andando. Mientras pasamos junto a una especie de retamas oímos un extraño crepitar que parece venir de las vainas secas que, con este calor, se abren para lanzar sus semis, haciéndolas crujir. Volvemos a Bariloche rodeando nuevamente el lago.

El sol aprieta tanto que quema aun con la fuerte protección que nos echamos y molesta a la vista aun con gafas de sol. Parece que es en esta parte del planeta donde más afecta el agujero de ozono. Alberto nos contaba que esto cambió mucho desde que era chiquito, él nunca salió de estas montañas, un marinero sin mar, y las nevadas de ahora son ridículas respecto al pasado.

Nos desquitamos de la mala cena de ayer (Beni invita por su santo) y oímos música por la calle, en la esquina de Pink Floyd y la concurridísima de dixie. Nos bebemos una cerveza oyendo a unos magníficos Gwendal a los que piden otra y otra. En la plaza hay un corro tremendo alrededor de un mago chistoso, pero nosotros ya andamos por la piltra.

vista aérea del lago nahuel huapi


Amanece un día espléndido. El sol entra por los ventanales iluminándonos el desayuno. Lavamos la ropa, descansamos, cargamos nuestra tarjeta. Nos marean un poco pues el transporte urbano está privatizado y cada compañía, al menos tres, tiene sus propias tarjetas. En la terminal, compramos boletos para mañana ir a Villa La Angostura, a ver el bosque de arrayanes.

Dedicamos el resto del día a recorrer el sur del lago hasta Cerro Campanario en bus urbano. Diecisiete kilómetros con playas de chinatos, legendarios árboles y vistas maravillosas al lago. La gente se baña o toma el sol en las rocas. A Cerro Campanario subimos en telesilla a un mirador circular con vistas a cualquier punto cardinal. El desmonte del camino deja ver algunos arbustos como la chupaya, la reina mora, la rosa mosqueta, el espino negro. Luego de ver y pasear, dibujo unas bonitas vistas con el beneplácito de un pintor al óleo argentiiino que resién aprendió a usar la espátula. Observo los árboles en primer plano (cipreses, abetos pinsapo, arces, coiues, lengas, abedules) y una rapaz pequeña que come de las galletas saladas que le ponen en la barandilla y que parece un cernícalo.

Las vistas son cojonudas y el día acompaña. ¡Tranquiiiiilos po! Nos comemos unas milanesas con ensalada, aquí la carne no falla y el precio es caro pero no más que en otro sitio. Mientras, disfrutamos del paisaje y las adolescentes se autorretratan con el móvil anclado a un bastón periscópico, después de haberse arreglado el pelo. Lindo fondo nena.

Por la tarde volvemos al hotel y damos una vuelta por las cervecerías de la perpendicular. En todas las esquinas hay algún grupo tocando, y por aquí tocan y cantan bien. Vamos a un restaurante en el que nos sirve un forofo del Rácing, de Cholo y del Atlético. Pero la cena lo mató. Es difícil, pero los tallarines se pasaron y la carne no es ni de tercera división.

jueves, 12 de febrero de 2015

los andes, argentina


Por dos euros el café, montamos la oficina en la estación. Hacemos los deberes y dejamos la propina pues aquí no pagan a los camareros y es obligada. Cogemos el bus a Bariloche.

El viaje se empieza a poner interesante en Entre Lagos, con la vista del Lago Ruyehue y su isla central llamada Fresa por su forma. Y ya entramos en el Parque Nacional de Puyehue, con montañas densas de vegetación, alguna praderita con vacas y árboles que se van desmochando según subimos hasta que llega un momento en que parece un cementerio de árboles, algo flipante. Aparecen ríos con grandes piedras, rápidos y troncos, y alguna cascada como el Salto del Indio. Llegados a la frontera, aparece la arena blanca entre los árboles. De cipreses, arces, cedros, coiues (el árbol de la tierra húmeda) y lengas pasamos a abetos, los pinsapo con florescencias amarillas. Los picos montañosos altos son de roca pura, con algún nevero.

La aduana no se hace demasiado pesada, charlamos con los vecinos de bus que, como muchos chilenos, tocan la guitarra y cantan de maravilla. También nos preguntan por la crisis y se muestran simpáticos.

Luego viene el Lago Espejo y el inmenso Nahuelhuqpí, con capas de montañas y montañas hacia atrás y unas nubes que esconden el sol que quiere salir y a veces lo consigue iluminando una pequeñña porción del lago dibujando sus haces de luz en los collados. Aquel espectáculo de atrás son los Andes, que acabamos de cruzar. Nahuel Huapi bordeando el lago y ahora paredes de altos álamos negros, que hacen de muros contra el viento, hasta San Carlos de Bariloche. Casitas de cemento y tejados de pizarra a la Suiza.

Cogemos un bus hasta el centro. No tenemos tarjeta y el conductor pide que alguien la pase por nosotros. Una señora se ofrece. El hotelito es caro. Muy agradable. La habitación da a un patio abierto. La ciudad está llena de negocios que parece no cierran nunca. Todo el mundo cambia por las calles. Diría que hemos llegado a Andorra.


miércoles, 11 de febrero de 2015

dalcahue, la isla de chinchao y vuelta a puerto montt



Me despierta la luz de la mañana. Al pisar, la casa cruje. Por la ventana se ve un patio lleno de casitas blancas y un montón de leña que un señor va cortando. Me ducho con agua fría y empiezo a hacer ruidos para que la señora espabile y le prenda la caldera a Beni. Dalcahue resulta ser una ciuadad hermosa. Especialmente hermosa por las calles del puerto, llenas de barcas, cocinerías y puestos de ostras. Desayunamos en uno de los puestos, café en polvo con leche en polvo y unas tortas de harina con chicharrones de pescado. ¿Cómo es que no hay leche en esta isla llena de vacas? pregunto mientras me hecha unos cazos del bote de Netslé.

En la plaza se reconstruye la iglesia, si reconstruir es construir otra vez de nuevo. A las diez empieza a moverse el pueblo. Preguntamos por la barcaza. Siguiendo las indicaciones, cuando queremos darnos cuenta, estamos dentro, es el final de la calle. Llegamos justo a tiempo y apurados pues el coche se levanta cuando suben la rampa.

En San Vicente, la ruinosa iglesia tiene delante un hermoso jardín. Aquí campean los pájaros sin pudor: una rapaz pequeña malhumorada y color marrón, un colegial con la capa naranja, un chorlo (parecido a la paloma) y otro verdoso de ojos rojizos. Ni se inmutan. Al salir, tenemos que dejar paso a una piara de chanchitos negros y canela con pintas que recién terminaron el baño.

Curaco de Vélez es un pieblo tranquilo. La iglesia tiene un color verde fosforito y rojo y una torre sin tambores. Desde un mirador vemos la ensenada de Achao, donde luego bajamos. Ambiente pesquero, un muelle de cemento donde descargan los barcos y más casitas de madera de muchos colores. También está el mercado, donde venden pescados ahumados, algas en bloques como quesos, y otras liadas, de esas que parecen serpientes.

De vuelta al puerto de Dalcahue, de dalcas, las barcas de los primeros pueblos, nos comemos un rico guiso de almejas, mejillones, carnes, papas y alguna longaniza que aquí llaman curanto, regado con una cerveza, en una de las cocinerías por un buen precio.

Llegamos a Castro hirviendo, atascado. Dejamos su coche al dependiente confiado que solo quiere saber dónde aparcamos (ni mira si hay golpes, ni si queda gasolina, ni si le hemos robado el volante). Cogemos un bus Cruz del Sur hacia Puerto Montt y nos quedamos fritos. Cae un café en la cafetería del ferry, por las ventanas termina la isla y empiezan los acantilados del continente.

Otra vez en la hermosa estación de Puerto Montt. Buscamos un hospedaje por la zona y damos un paseo por la costanera. Es enternecedora la pareja de enamorados gigantes que se cogen las manos mirando la ensenada. Los enanitos se fotografían sentándose a sus pies. Y, luego, observamos con tristeza, en un centro comercial, cómo los chilenos les dan su dinero a las grandes empresas de aquel país que llevó a Pinocho a lo alto para dar un tajo a la yugular de un Chile de largas alamedas que prometía.


martes, 10 de febrero de 2015

chiloé: iglesias, lagos y el furioso pacífico



Dormimos de maravilla arropados por dos mantas. A las tres suena el timbre y despierto en la casa de Bolaños. Nos pasean por Castro indicándonos un y otro sitio para rentar autos. Alguien que perdió su restaurante sushi en Concepción, en un incendio, nos acerca con su coche a un negocio ya sin autos disponibles. Finalmente, nos ofrece el suyo el dependiente de una tienda de repuestos de autos al que hemos preguntado, y a buen precio. Le damos la pasta y se acabó. No nos piden ningún documento, no saben ni de donde somos, ni como nos llamamos.

En general, los chilenos confían en los demás y eso nos gusta. Puede verse en que no tienen rejas en las ventanas, al menos aquí en Chiloé, hacen dedo y los cogen y no nos cobran en las casas hasta que nos vamos a ir, sin poner especial vigilancia, y dejando la vivienda a nuestra disposición. Mola.

Salimos hacia el sur por el puente de Gamboa, sobre el río Gamboa, donde se baña una fila de palafitos de colores enseñando sus piernas de madera. Bajamos hacia el mar a Vilupulli, donde una iglesia de madera pura pastorea unas ovejas de cabeza negra. Las barcas descansan en la playa y un millón de aves de todas las plumas andan de juerga. Volvemos a coger la carretera hacia el sur, que justamente es la Panamericana, la que cojiéramos en Quito y seguimos por el desierto de Perú. Esa carretera muere en el sur de la Isla grande de Chiloé.

Chonchi es un pueblo chulo lleno de artesanos de lana y madera. La iglesia es azulona con el hastial frontal más historiado, una arcada de columnas desiguales y la torre de lo más ortodoxo y amarilla, con su dado y dos cañas o tambores. Nos comemos unos bocatas delante mientras la dibujo y luego bajamos al paseo marítimo, sin palafitos que tapen la vista al mar, donde los chavales se bañan para un concurso de buceo. Se está bien bien.

De Chonchi giramos hacia el Oeste, al Parque Nacional de Chiloé orillando el lago Huillingo entre un espeso bosque de arrayanes, alerces (protegidos), cedros y no sé cuántos árboles más que la pareja del norte que se bañan qué lindo viaje de dónde son ustedes? tampoco saben. Huillingo tiene un muelle de madera con una de las más bellas vistas que hemos encontrado, por la gran cantidad de tonos de verdes que recoge. Es como un paraíso bañado por el lago. Más adelante está su iglesia de madera roja, con tres arcos y cuatro columnas blancas.

Seguimos por la zanja de asfalto que atraviesa el bosque. Ahora orillamos el lago Cucao, en los límites del Parque. Su pequeña iglesia descansa en un córner del campo de fútbol, que también es la plaza, y los bancos hacen de banquillos para locales y visitantes. En una de las porterías echan un higo cinco chavales. La luz? la pradera, las voces perdiéndose, el agua? qué hace este sitio tan agradable, tan apetecible? Cruzamos el puente hacia el Parque, pasan buses con los techos repletos de mochilas y llenos de estudiantes. Una empanada sobre un hule, en la terraza de madera sobre el lago de uno de los chilanques mejores y más baratos del mundo.

Seguimos hasta las dunas orillando extrañas montañas enmarañadas a lo afro. Alguna casita brilla de blanco. La iglesia de Chanquín con la bandera al viento. Atravesamos las dunas caminando. Barrones como un mal implante. Luego una gran extensión de arena con conchas triangulares (macas?) y algas como serpientes, pájaros meditabundos con el pico de flauta naranja, pasamontañas negro y chaqueta marrón sobre camisa blanca, y el rugido del océano. Una playa infinita sin principioo y fin, perdidos en las gotas pulverizadas que solo dejan ver las crestas de las montañas. Las olas rugen levantando espuma. Tremendo espectáculo. Lejos, las siluetas de unos extremeños armados con yelmo y espadas, agotados, flacos, locos.

De vuelta montamos a una pareja de estudiantes españoles en serio? qué tal la crisis? simpáticos, inocentes. Paramos en el Café del lago dejándonos acariciar por el sol que entra por los ventanales. Entre maderas cálidas y un café con pastas me pongo a dibujar. Mejor que una foto que lindo vieron? Y luego vuelta al norte parando en la iglesia de Nergón.

Cogemos a otro chaval y lo acercamos a su casa a tres kilómetros de Dalcahue, donde dice haber cabañas a 20.000 pesos, pero no las hay. Una señora nos mete en su casa sí por pocos pesos. Saludamos a la familia y una cama enorme y calentita nos llama insistentemente po.

lunes, 9 de febrero de 2015

en bus a chiloé



Cuando despertamos, está amaneciendo. El autobús circula entre un gran bosque de árboles muy juntos, finos y de troncos altos como alambres. Parecen eucaliptos. Y otros de más envergadura que diría son cedros. También hay alerces, y otros que desconozco. Son las siete y media y el vapor se levanta de las praderas amarillentas comidas al bosque para que las vacas pasten. Tiene un aspecto fantasmagórico. El azafato habla bajito, no sé si me pregunta o me contesta.

Puerto Montt tiene una bonita estación con el techo de madera en bóveda. Detrás de los grandes cristales está la bahía. Nos tomamos un café mientras sale el bus que va a Chiloé. Es un auténtico cacharro con el que vamos dando saltos. Paramos para entrar en el ferry, y todos nos subimos a la cubierta alta para ver cómo nos acercamos a la isla.Todos sacan sus cámaras y yo mi cuaderno.

Ya en la isla grande, veo lo primeros arrayanes con sus troncos naranjas. Se ven casas de madera de colores y tejados de latón por todas partes. En la carretera hay unas casetas de madera en las que paramos cuando hay alguien. Hay gran trasiego de monedas y paisanos que van de caseta en caseta y a los que espera un pick up. También se ven muchos campistas haciendo dedo.

Ancud es un pueblo del Lejano Oeste plantado en Galicia. Los porches se agradecen bajo la lluvia. Todo está cerrado, recordamos que es domingo. Damos una vuelta, nos tomamos un café y cogemos otro bus para Castro. La estación de madera está detrás de la Iglesia de San Francisco, de 1912, que asoma sus dos agujas de latón amarillo terminadas en unos capuchones lilas. Por dentro todo es de madera, como la maqueta de un mañoso metida en la máquina de aumentar. Al lado hay una especie de claustro de madera sin pintar en el que procesionan unos locos de morado al ritmo de acordeón y bombos. Lo más destacado es el demonio que intenta liquidarse San Jordi, un medio animal medio hombre verdoso y con cuernos con grandes incisivos, cuernos, bigote, extraños lagrimales, alas y ojos de mala leche.

La plaza, y todo el pueblo, está llena de hippies jovencitos chilenos, que duermen en tiendas de campaña, que cantan y la policía los molesta. Alguno nos invita a comer de su fogata.


Paseamos por la orilla contemplando barcos y hermosos palafitos. Hay casas muy antiguas con mucho encanto y otras de diseño pretenciosas. Muchas de ellas nos gustan, pero no nos gustaría vivir aquí, entre otras cosas cosas porque es difícil encontrar un bar o un cálido café donde sentarse tranquilamente. Felizmente encontramos un restaurante lleno de hombres con las mesas plagadas de litronas de cerveza, y sin tapa, ya se sabe, viendo en la tele al conjunto chilote en la liga de baloncesto.

El tiempo es raro: apreta el sol y al rato llueve. Decidimos pues descansar en la habitación de madera de nuestro hotel de madera, y esperar que mañana ya sea otro día.


domingo, 8 de febrero de 2015

el museo precolombino y el galindo



Paseamos por la mañana por Alameda, el Palacio de la Moneda, hasta el Museo Chileno de Arte Precolombino, con impresionantes piezas americanas desde México a Tierra de Fuego. Tanta magia tienen estas representaciones que no paro de dibujar obnubilado. Las clavas, las botellas, las máscaras, los animales, ese hombre disfrazado de mono cuya boca está dentro de la otra, esos gorditos omeyas que parecen luchadores de sumo, las caras cuadradas, las telas, los nudos, las palas chamánicas para vomitar, los gorros de cuatro puntas, la fantasmagórica impresión en el sótano de las figuras gigantes de los altares y las tumbas mapuches.

Quedamos en la Catedral, como un túnel enormele. Paseamos por parques hasta Bellavista, lleno de terrazas de bares, restaurantes, cafés y puestos de ricos helados. En el Galindo nos comemos una parrillada de impresión con morcillas (prietas?), longaniza, pollo, cerdo y ternera con ese saborcillo a humo y ascuas tan rico, y regadas con la cerveza artesana de la casa. No resulta nada pesado y somos capaces de comernos un helado en la calle de seguido.

Nos duchamos en casa y hacemos las maletas. Cuando aparecemos en el salón, Hugo ya ha preparado unos bocadillos, ciruelas lemu y dos botellas de agua. Desde que vivo con Gisela me he convertido en una madre, me dice más o menos. Pero mi madre no me preparaba estos bocatas.

Esperamos en la estación de autobuses. Cuando llega el nuestro y montamos, flipamos con los asientos. Cuando empieza la peli de Tom Cruise ya nos quedamos fritos. Después alguna luz cautiva y la sombra de un bosque en algún lugar. Y vuelta a la UVI.