jueves, 2 de marzo de 2017

dime que no es verdad


El jol estaba lleno de fumadores que bromeaban haciendo pausas para chupar sus cigarrillos y luego soltaban las palabras en el chorro de humo. Podían verse letras de imprenta volteándose y haciendo espirales en las fumarolas. Chocaban unas con otras formando palabras raras de sabe dios qué diccionarios. Matute se había hecho el amo con su larga nariz que nacía entre los carrillos que su risa había subido hasta los pómulos. El pelo gris. De golpe había envejecido, de la noche a la mañana.

La orquesta lo hacía bien, eran buenos para lo que por aquí se despacha. La animadora llevaba un minisor de raso encima de dos largas piernas. Ellos hacían bromas. Atrás, en la pantalla, la silueta negra de una chica bond se contorneaba al ritmo de aquella bachata. Apenas si bailaba gente. Pude ver a dos concejalas de sonrisa forzada intentando animar el cotarro. Algún disfraz, ninguna máscara. Era un fracaso. El pueblo estaba muerto.

Saqué de la cartuchera el cuaderno y la pluma atraído por la silueta de Nieves, que circunvalé dibujando a sus acompañantes con disimulo. Luego empecé con esa extraña bufanda peluda que coronaba su excelsa silueta negra. Quizá había alargado demasiado la nariz y desee dejarlo pronto.

Matu se acercó con el tique y le pregunté por su pelo. Me dijo que simplemente no se había tintado porque se iba a hacer un implante. ¿Con esa mata de pelo? le pregunté mientras la pluma le hacía las ondas. La coronilla, me dijo. A mí me gusta más el color que nos da la edad, le dije cogiendo un mechón de mi brillante peluca blanca. Contento del dibujo, dejó un tique para mí en la barra.

El primero me sabe a gloria, dije a Dan el alicantero, con dos teles paralelas apoyadas sobre su nariz, sacando la frase del archivo. Estaba tan cerca que podía ver sus poros exhalando alcohol, las grietas de sus labios, cada tronco del bosque de su barba. Usé el cubata para extender la tinta y dibujar la geografía menos pronunciada. Sacó una foto con el móvil y luego trajo a su novia para que la dibujara. Insistiendo más de la cuenta.

Tendrías que dedicarte a esto, me dijo, como si no le estuviera dedicando. Cobraríamos cada retrato a cincuenta pavos, la mitad para cada uno (parece que ya tenía representante, y asignada su comisión). El próximo cubata lo pago yo, dijo olvidando que, según nuestro reciente contrato, me tenía que abonar setenta y cinco pavos por su retrato, el de su novia y el de su cuñada.

Sol dijo que era mi amiga, y estaba bien dicho entre tanto desconocido. No sabía que yo hacía eso, que lo había guardado como un tesoro. Me gustó que me hablara con dulzura. Aquello sí que me supo a gloria entre tanto machote alcoholizado. Enseguida trajo a su hijo para que también lo inmortalizara, así, guapetón de labios gruesos, antes de que el tiempo lo eclipsara.

Clodo se empeñó en hacerme famoso, introducirme en la redes, incluso hablar de mí por el micro de la animadora. Su retrato lo lanzaría en feisbuc y tendría nosecuantos seguidores, tantos, que me estaba empezando a cansar. Él era un músico de fama al parecer. Me enseñó un video en su celular. Una masa de fervorosos jovenzuelos lo vitoreaban. Es curioso, normalmente quieren editarme un libro, aquí quieren hacerme un retratista de masas. Después me preguntó que quién era yo, que de dónde había salido, como si no llevara la cara al descubierto.

Creo que yo era el único que curraba esa noche. Llegaron los de la escalera, la de los tiques y su hermana, el muñeco y Efeerre, los camareros, Laura y Mariado, Roberto... Había cierta excitación en la cercanía, como en los trazos de las siluetas de las chicas que bailaban. El roce de su pelo al dibujar las ondas, el calor de sus mejillas al pasar la pluma, ese paseo por sus curvas. Una especie de voyeurismo místico. Una religión.

De golpe me sentí cansado, como el que vuelve de un largo viaje. Metí los archeles en su cartuchera y me fui silenciosamente, como un forastero.

miércoles, 1 de marzo de 2017

rostros antes de rostro pálido




                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                 Edward Sheriff Curtis (1868-1952), hijo de un reverendo de Ohio procedente de Canadá y de una mujer de Pennsylvania de origen inglés, se adentró y amó la naturaleza de Norteamérica siguiendo los viajes pastorales de su padre. Construyó una cámara de fotos siguiendo un manual y aprendió como ayudante en un pequeño estudio de Minnesota. A los 17 años, tuvo que mantener a su familia, a la muerte de su padre.

Se estableció en Seattle, entonces muy concurrida por los buscadores de oro que viajaban hacia Alaska, donde montó su propio estudio, obtuvo algunos premios y alcanzó cierta fama y, sobre todo, una buena situación económica.

En una excursión fotográfica, se topó con el etnólogo George Bird Grinnell y Clint Hart Merriam, de National Geographic, que lo contrató como fotógrafo oficial de una expedición científica a Alaska. En el largo viaje en barco, estudia Antropología. Al año siguiente, Grinnell lo invita a una reserva en Montana. Pudo fotografiar el campamento y los ritos sagrados de los Pies Negros.

Esta experiencia inspiró el proyecto de su vida: fotografiar todas las tribus existentes en el país, y recoger en una gran obra los testimonios de su cultura antes de que se perdieran para siempre. Pasó los veranos de 1901 a 1903 en el suroeste del país, con los navajos, los apaches y sobre todo con los hopis. Curtis contaba con la venta de las fotos que hacía entre los indios para financiar sus campañas, pero a pesar de su éxito comercial, los ingresos estaban lejos de cubrir los gastos. 

En 1906 conseguiría el mecenazgo del magnate John Pierpont Morgan. Hasta 1930 fue publicando veinte volúmenes de su obra The North American Indian. En 1908, cuando trabajaba en el volumen sobre los sioux, Curtis recogió testimonios sobre la batalla de Little Bighorn, en la que murieron el general Custer y sus tropas. Tanto la versión de los sioux como la de los exploradores crow que habían trabajado para el ejército, y las observaciones del mismo Curtis escritos en el campo de batalla, desmentían la leyenda oficial en el que Custer aparecía como un héroe. Sin embargo, al hacer público sus descubrimientos, se encontró con el rechazo de su viuda, del ejército, de la opinión pública e incluso del presidente Theodore Roosvelt, que había apadrinado su obra.

Finalmente, trabajó también para el cine, como operador de cámara y foto fija; pues su fotografía era de gran valor artístico, no solo científico.