viernes, 15 de marzo de 2013

almansa 30 días





Sale a la calle el periódico local y mensual Almansa 30 días, gratuito. Con cabecera, portada y maquetación de la casa.

a30.es

con los madrileños en buenos aires


A pesar de acostarnos tarde, me levanto a mi hora como un reloj. Ducha, desayuno y paseo mientras Beni duerme como un lirón.

Voy al Parque Lezama a pasar la mañana. Casa de Esteban Luca, solar de French, taller del pintor Carlos Pallarols, pasaje de la Defensa, Museo de Arte Moderno (de obras, como todo), Fundación San Telmo, El británico y enfrente el Hipopótamo (con la escultura de un hipopótamo blanco) y el Parque. Se está muy a gusto, mientras un grupo de argentinos haciendo aerobic con reguetón y otro hace taichí. A las diez es el oficio en la iglesia ortodoxa rusa. Me meto y me apalanco discretamente atrás mientras dibujo al curón con sotana y barba sin bigote arrastrarse por el suelo en señal de reverencia y las jóvenes con velo responder cantando al soniquete de la voz misteriosa del otro lado.

Voy al hotel. Un cigarrito en el patio fresquito (hoy hace más calor). Después llegan los de Madrid y nos vamos a Boca. Les doy un buena vuelta. Casitas de uralita pintadas de colores, tanguistas y cientos de turistas comiendo. Recorremos el caminito y luego vemos el Proa, un trabajo impresionante de arquitectura que no contiene nada. Carnaza para los turistas que no sólo viven del tango. Volvemos en taxi y comemos en El Desnivel, un restaurante popular, que Isabel encontró en internet, con fama de buenas empanadillas. Una lengua a la vinagreta que no llega al nivel de la de Posadas y bife de lomo que no falla con una de a litro. Alfonso se pide vino y ellas agua. El café en uno de los que le gustan a Isabel, allí está un presentador de esos malos de programas del corazón de España.

Los llevo al Pasaje de San Lorenzo. Otra vez lo mismo: Viejo Almacén, Casa Mínima y el Zanjón de Granados. De aquí derechicos a la siesta, que a las 6 juega el Ral Madrí. Pregunto al portero donde podría verlo. Lo he despertado de la siesta, no está pa ruidos.

A la hora de la cena vamos a la Asociación Japonesa, en la calle Independencia 732, que tiene una clientela auténticamente japonesa y televisión japonesa por satélite. Es el comedor Nikkai, que recomiendan las críticas que Isabel consiguió por internet. Por los altoparlantes oímos a una niña japonesa con un chorro de voz apabullante. La sopa con tempura de verduras, el maki, el sushi y el sasimi están exquisitos, si bien aquí no hay atún, el salmón está especialmente rico así como el lenguado. Disfrutamos como enanos, especialmente después de tanta carne, a un precio razonable.

Bajamos por Chacabuco y visitamos el Teatro Margarita Xirgú, que es un centro catalá. Una sala pequeña semicircular con palcos muy bonita y recogida, una bombonera, y una cafetería agradable. En una chimenea, un San Jordi de bronce, que imita a los dioses griegos, acaba con el dragón sin apenas despeinarse.

La cosa se complica con el bocalibre, no anda el país sobrado de ginebra y, después de muchas vueltas, acabamos en un garito de música en vivo (aunque el artista parece estar muerto) que sólo puede despacharnos ron con Sprite. Charlamos entre aplausos y voces del amortajado brasas que, en su agonia, se queda la clara, la entrañable transparencia sin ninguna gracia de su pestosa presencia. Alfonso insiste en lo pesado del cadáver y canturrea lo que para él es una canción alegre, que es algo así como una canción irlandesa de borrachos bailantes. Entonces hablamos de la música que nos gusta y que no nos gusta sin otra cosa mejor que hacer.

jueves, 14 de marzo de 2013

el lado oscuro del papa

Caricatura de Carlos Latuff, de aquí

Porteño del barrio Flores, hincha de San Lorenzo –el equipo “santo” que ayer difundió orgulloso el carnet de socio del Papa–, Bergoglio nació el 17 de diciembre de 1936 en un hogar de inmigrantes italianos: su padre era empleado ferroviario y su madre ama de casa. Estudió para técnico químico, pero a los 21 años decidió entrar al seminario jesuita. Se ordenó sacerdote a los 33 años e inició una rápida y siempre ascendente carrera: apenas cuatro años después ya presidía la Compañía de Jesús en Argentina.

Durante aquella época sucedió el episodio por el que debió declarar como testigo ante la Justicia en 2010 y que aún hoy le vale las acusaciones de los organismos de derechos humanos. Hay testimonios que aseguran que Bergoglio les quitó protección a los sacerdotes jesuitas Orlando Yorio y Francisco Jalics, quienes hacían trabajo social en la villa de Flores y fueron secuestrados en mayo de 1976, al inicio de la dictadura. Fueron liberados cinco meses después, luego de sufrir la tortura de los interrogatorios de la ESMA. Esos testimonios sostienen que Bergoglio les había advertido que debían abandonar el trabajo social. Como los sacerdotes se negaron, les dijo que tenían que renunciar a la Compañía de Jesús, lo que fue interpretado como una luz verde por la represión.

En su declaración testimonial, Bergoglio negó haber quitado esa protección y aseguró que los sacerdotes decidieron ellos alejarse de la Compañía porque querían formar su propia congregación. Que luego incluso vio dos veces a Jorge Videla y dos veces a Emilio Massera para pedir por los sacerdotes. Yorio nunca se recuperó. Murió en Uruguay en el 2000 convencido de que Bergoglio no había hecho nada por salvarlos.

Los organismos de derechos humanos mostraron ayer su contrariedad por la llegada de Bergoglio al trono de San Pedro.


                                                          (Publicado hoy en Página 12, periódico argentino)



El poeta argentino exiliado a México Juan Gelman resumió su disgusto con el papa Francisco, a quien había acudido cuando éste era el obispo Bergoglio en busca de ayuda para encontrar a su hijo. El obispo le dijo que no podía hacer nada, “pero ante la justicia declaró otra cosa, que había hecho gestiones sin éxito”.

de nuevo en buenos aires





Tormentón por la noche que parece la fin del mundo. Mucha agua y alguien entrechocando piedras gigantes allá arriba. Sobrevivimos. Hago el desayuno a la mañana y los bocadillos para el bus. Sale el sol y me siento un rato bajo el eucalipto.

Nos despedimos de los dueños y deseamos mejoría para la conjuntivitis de la señora, que es muy evidente. El bus es un semicama como siempre, mejor: con más espacio entre los asientos. Se pone a llover fuerte y empiezan a caer goteras. Afortunadamente nosotros no nos mojamos aunque tenemos
que retirar los bolsos porque el suelo se está inundando. Hechos a todo, nos dormimos un buen rato, y luego miramos las vacas y los caballos a montones que no paran de comer hierba.

Terminal Retiro, 126, hotel Bolívar. Nuestra habitación está ocupada y nos dan una más pequeña (pero no más barata), no importa está en el patio y mañana nos dan la nuestra. Después de tanto bus tenemos ganas de pasear. Recorremos la parte del barrio donde está la plaza de Eva Perón, galerías, bares, la Iglesia de San Telmo. Finalmente nos apalancamos en el bar de la Plaza de Dorrego, el que usaba de decorado la pintora que me gustó en la calle Defensa. Está bastante machacado, todas las mesas y frisos escritos, las maderas levantadas; quizás eso lo hace agradable, pero no más barato. Estamos un buen rato, yo lo dibujo. Después vemos disponibilidad, precios y las habitaciones de un hotel que nos gusta en el barrio para Alfonso e Isabel. No es muy caro, tiene aire acondicionado, cafetería, desayuno buffet, nuevo y limpio… nos gusta para ellos, casi también para nosotros pues sale por poco más de cuarenta euros; pero yo prefiero pagar la mitad y sentirme como en casa.

Compramos una cerveza de a litro en un chino y nos sentamos en el patio de nuestro hotel. Enchufo la compu y escribo esta crónica. Cada vez más pequeñas porque cada vez hay menos sorpresas. Buenos Aires es ya como estar en nuestra casa. Vamos a Monserrat, un poquito al norte, pero resulta incómodo pasear con las aceras llenas de bolsas de basura y cayendo agua de los balcones. Finalmente acabamos en La Coruña, el choripán y la plaza de Dorrego, con las terrazas siempre llenas y el inmenso ombú de principios del siglo XIX, que ya dibujara la semana pasada. Hace calor y estamos cansados, así que a casita.

miércoles, 13 de marzo de 2013

santa teresita





A media noche tengo que poner la mosquitera, ya empezado. Aquí no hay moquiiiitos, no se apuuuren dijo el dueño charlatán argentino. De paso apago el frigo que hace un ruido terrible ( es un Zenith de los años sesenta). Nos despertamos a las ocho, está nublado. Espero que levaaante dice, pero ya está calado: no levanta ni pa Dios.

Mantengo una charlita con el dueño que arregla las plantas. Bueno él la mantiene conmigo, yo no puedo más que conducirla un poco. Mucha geente que se fue a trabajar a Buenos Aires y luego quedó allá en la Villa 31 (el barrio peligroso al lado de Retiro). Resién perdió Menen su mandato cuando iba a arrasarlo, ahora no entra ni la policía. El trabajo hay que buscarlo. Cuando yo lo perdí en Buenos Aires me fui hasta el confín de Argentina a buscarlo. Y después aquí. Llegué a las seis de la mañana y a las ocho ya estaba trabajando. Esa gente no vale una pinga. Te tiran de la cadenita en la terminal y ya se fueron corriendo a la 31. Bla bla, bla bla. No se cansan.

Beni se duerme otro ratito mientras yo preparo el desayuno y me voy a dar una vuelta. La carnicería El Ternero ya está a tope. Me llego hasta la plasha, ya hay gente bañándose. Subo al muelle. Están pescando con unas cañas gordas de bambú que acaban en una cuerda atada a una red semiesférica que llaman mediomundo. La cosa consiste en subirlas y bajarlas y ver que ha entrado con suerte. Buscan lisas y pejerreyes, pero sólo entran pequeñitos que también guardan. Un momento que acaba de caer un pejerrey blanco plata agitándose con sus ojillos negros. Cuentan que el agua está sucia porque el viento viene del Este, pero cualquiera se cree algo por aquí. Hay un brasas que no para de machacar que hay que tener mucha pasieeensia, el otro día pescaaando el sooolo, shegó un looco que quería mataaarme por un pez.. Pero hoy jueeega Argentiiina con Alemanía viste? Ahora se dice Maneg, no Munich… sí, juega Palermo pero en el baaanco… me mira para ver qué digo, pero yo me mantengo en el más absoluto silencio, no pienso entrar en esa tortura. Enseguida entra otro charlatán y los dos se auto complacen mientras hago mutis. Ellos siguen con la caña y la red, y la boquita dale que te pego.

He quedado con Beni en un bar y allí está. Sacamos los boletos para mañana y nos damos un largo paseo por la playa hasta que se pone a llover. Juegan al tejo, que tiene las mismas leyes que la petanca pero se juega con grandes fichas de madera. Cuando la lluvia apreta, nos sentamos en la terraza del porche de un bar y nos jalamos dos superpanchos con lluvia de papas fritas y una cerveza Quilmes de a litro. Las camareras adolescentes se interesan por mi cuaderno y quieren saber que he dibujado en mi estadía en su bar, pero sólo terminé una playa a medio hacer.

A las dos y media volvemos a casa. Compramos carne picada en el súper y unas lonchas de fiambre. El charcutero, muy joven, nos pregunta si en España se compra la carne tan a poquito aquí lo mínimo es un kilo. También está interesado por los precios de la carne allá. Cuando nos vamos nos dice que es la primera vez que sirve a un español como si fuera una proeza que contará a su novia.

Hago espaguetti con la carne picada, que es de ternera roja y está estupenda, y tomate. Y una ensalada de tomates con aceite de oliva. Después abrimos todas las ventanas para que entre el fresco y nos metemos dentro de la mosquitera a verlas venir y quedarnos fritos.

A la tarde Higuaín mete un chicharrito a Alemania pasándose al portero y cruzando el balón al palo contrario. Argentina feliz, Maradona feliz. Compro otros dos chuletones para la noche y una Brahma de litro. Se pone a llover. Nos metemos en el café El Atlántico mientras televisan otro partido, ahora de la liga argentina. No hago caso, sólo miro la calle a través del cristal y escribo la crónica. Se arruinó la playa. Mucho viento y lluvia. Un café con leche con medias lunas y una chocolatada pueden ser una buena solución. Después pasearemos por el centro, que hoy hay mucho movimiento.

martes, 12 de marzo de 2013

a la playa de santa teresita


Cuando salimos del hotel vemos unos barriles de cerveza cruzar de acera a acera entre los coches que circulan. Atraviesan la calle con una precisión superior a la de un peatón, justo en ese espacio entre coche y coche. Debe ser así de siempre como se descargan los camiones en Buenos Aires.

Cogemos el 126 a Retiro. La terminal está muy bien organizada, como un aeropuerto. Nivel 1: taxis y salidas, nivel dos: setenta plataformas para los buses de arribo y salida, y centro comercial. Nivel tres: oficinas de las compañías. Cada bloque de plataformas tiene una sala de espera con aire acondicionado y televisiones que funcionan con monedas. Una maravilla.

Autobús nuevo semicamas. En el camino me leo Sherlock Time de Breccia y Oesterheld (de 1951!, ya me hubiera gustado leer esto de niño y no el Pumby y la mierda de Wincherter Jim), aburrido con la planicie verde llena de vacas. Se arruina el aire acondicionado y nos bajamos a la otra planta, en la que se pueden abrir las ventanas.


Llegamos sin aire y con dos horas de retraso. Caminamos hacia el centro a la espera de encontrar una habitación. Llamamos a la primera casa anunciada. Noventa pesos por un apartamento con cama matrimonial, baño privado y cocina. Además tiene un pequeño patio con barbacoa y una pileta para lavar la ropa. Aquí mismo, más de lo que imaginábamos.

Dejamos los macutos y seguimos al centro. Casitas bajas y calles de arena y aceras de hierba y luego el asfalto. En una carnicería compramos dos chuletones de ternera roja por un euro. Luego el centro como los pueblos con playa: tiendas de ropa en oferta, de tonterías varias, cafeterías, cervecerías con terrazas y restaurantes. Detrás de una línea de arbustos hay una larga playa muy plana con un extraño paseo marítimo hecho de madera como si las subidas del agua fueran considerables. El agua no es transparente, es más bien marrón como el agua de un río movido. Hay mucha gente jugando en la playa y otra mucha bañándose aunque no hace tiempo para ello, ya que hace viento fresco.


Me compro un bañador de oferta (no sé en qué parte del viaje abandoné el que tenía) y nos sentamos en una terraza. Se está bien, nos gusta este ambientillo de playa tomándonos una cerveza y un jugo de plátano con leche, que está muy rico, viendo jugar al Boca de Riquelme.

Cuando empieza a anochecer volvemos a casa. En el súper compramos pan, tomates, pasta, sal, aceite… bueno, cosas para hacer cena. Y ya en casa, hago espaguetti y los chuletones, y una ensalada. Cenamos del copón aunque no sea un restaurante caro. La carne es cojonuda, a esto en Madrid le llaman buey. Nos sacamos las sillas al patio y tomamos el fresco bajo el eucalipto y el níspero mientras nos fumamos unos cigarrillos. Luego saco el cacharro y escribo con la cabeza un poco aturdida de tanta cerveza, que ya voy recuperando la barriguilla perdida. Y es que el turismo es un oficio con muchos riesgos.

el durillo en flor



El durillo del patio ha echado sus flores blancas en ramilletes, que los expertos llaman corimbos. Se le llama así por su dureza ante las heladas. Otros nombres son: laurentina, laurentino, barbadija, duraznillo, guiyombo y laurel salvaje. Es un arbusto de hoja perenne y ha llegado hasta los cuatro metros de altura (ahora está un poco podado). Antiguamente esta planta se utilizó para trabajos de cestería.

lunes, 11 de marzo de 2013

tercer día en buenos aires














Cogemos el 126 a Retiro, terminal de buses. Miramos posibilidades a la playa. Resultado: un bus semicama a Santa Teresita para mañana a las 10:45. Parece que esta playa no está tan masificada como Mar de Plata y, seguramente, los hoteles no sean tan caros.

Tratamos de ir en línea recta al barrio de La Recoleta, pero dos policías nos desaniman a cruzar un barrio chungo que hay detrás de la estación (la 31), peligroso es poco dicen. Así que volvemos hacia atrás y pasamos a ver la pequeña estación de Belgrano, de estructura metálica pintada de verde oscuro, y luego la aparatosa de Retiro, neoclásica-napoleónica, con dos vestíbulos pasadísimos y taquillas en curva forradas de cerámica esmaltada verdosa bronce oxidado. Nos asomamos al espectacular café que ya dibujara en el anterior viaje y a las vías. Plaza de San Martín en cuesta con el famoso edificio Kavanagh. Carril bici de Libertador, Museo Nacional Hispanoamericano y un poco hacia arriba y de golpe estamos en Serrano. Casas de lujo, calles limpias, boutiques caras con señoronas cotorreando (es una pocholada!), chachas de uniforme fregando las terrazas, hoteles de muchas estrellas, cafés puestos… otro Buenos Aires, pues el nuestro es sucio comparado a éste.

Nos sentamos bajo un ficus gigante en la plaza Alvear. Nos comemos unas manzanas y yogures. Dibujo este espectáculo natural. Subimos hasta el cementerio. En el Centro Cultural, vemos las mariposas en cautividad traídas de Misiones: la monarca y julia (naranjas), la viuda del Norte (negra con una cenefa roja) y el limoncillo verde. Nos vamos porque las condiciones en que están son las ideales para los mosquitos y ya hemos visto demasiados carteles contra el denge.

Paseo por el cementerio: grandes esculturas, caras de personalidades, ángeles desesperados y el reloj de arena con alas (tempus fugit). Calaveras de chapa oxidada con dos fémures cruzados, mujeres lánguidas, pesarosas, mausoleos, cruces mohosas, óxido y ruina. Los dioses griegos, cristo muerto, batallas en relieves, cañones, espadas, coronas de bronce, símbolos masones, candelabros de siete brazos. Salimos cansados de tanta simbología y tan poco sentido del humor. Un niño pregunta: y si abrimos la puerta ¿saldrá una calavera?. Con esta frase en el coco, voy a abrir una puerta de madera, y una voz dentro me grita ¡Nooo! y me doy un buen susto. Beni se troncha.

Fuera, nos comemos dos superpanchos cada uno, en promoción, con lluvia de papas y salsa con cebolla, pimiento y tomate. Me dejo el macuto y tenemos que volver. Llegamos hasta la plaza de Vicente López donde hay muchos árboles y columpios para bebés felices. De allí a la plaza Libertad, con un espectacular edificio modernista lleno de ángulos, pegado a la sinagoga y el Teatro Nacional Cervantes. En la plaza Lavalle, el Teatro Colón en obras, estatua de Adriano y La Corte Suprema. Enfrente justo han hecho una callecita de chavolas sobre el césped, donde duermen mendigos que se despiertan frente al espectacular edificio donde se les hará justicia. También está Lavalle petrificado, un impresionante gomero y un ceibo con muletas. De allí a la Plaza de la República con un obelisco de pega (tiene una ventanita arriba) donde por primera vez se levantó la bandera nacional. Abajo, alguien ha puesto un quiosco con un gran cartel: Ministerio de Queja.

Me dibujo la espectacular esquina con Florida (en el dibujo no es tan espectacular) y nos metemos al Café Colonial, en la avenida de Belgrano. Allí descansamos junto a un argentino con cara de amargado. A las ocho se ponen a barrer y nosotros seguimos Perú hasta San Telmo. Pintadas chulas, garajes antiguos bonitos, casas del XIX, ya estamos en el casco viejo.

Al llegar a Carlos Calvo alucinamos viendo como El Federal se ha convertido en “Splendid”, un bar moderno. De la noche a la mañana, un grupo de chavales están cambiando carteles, pintura… espero que nada más. Era un clásico del barrio. El otro día nos clavaron en él.

Llegamos un poco cansados. Beni se empiltra y yo me pongo a escribir en el patio. Le he cogido cariño a este hotel baratero, me gusta. Pedimos la tarjeta para reservarlo a la vuelta de la playa. Este barrio está bien, un poco Malasaña, teniendo en cuenta que los argentinos conservan mejor su pasado.

domingo, 10 de marzo de 2013

segundo día en buenos aires



Esta mañana toca pasear por el barrio, pues es domingo y esto se pone como el rastro, pero más tranquilo. Desayunamos en el bar de enfrente y nos metemos en el mercado callejero. Hay que ver la cantidad de trastos alucinantes que hay en el pasado de los bonaerenses. Aquí tienen un pasado más gringo por así decirlo: sus antiguos refrescos y publicidad, cochecitos menos romos, la Baby, la cámara de baquelita de los niños que nacieron al final de los cuarenta (nosotros tardamos mucho mas en tener cámara)… en resumen que se nota que no hubo ese corte y vuelta atrás que en España tuvimos con la Guerra Civil y el franquismo y se entrevé una infancia más feliz y para más niños. Es hermoso averiguar ese pasado de puesto en puesto, ilustrado alguna vez por el dueño. Paso mucha envidia, pero no hemos venido a Buenos Aires de compras.



La plaza de Dorrego, que ayer dejamos llena de terrazas, está ahora plagada de puestos de verdaderas antigüedades y también toda la calle Defensa, que paseamos hasta El Británico que, felizmente, sigue en pie, aunque lo lleva gente más joven. Nos bebemos allí una de a litro mientras lo dibujo. Hay mucha gente. Comemos en frente, en el restaurante “Del Establo”, casi todo es cerdo, así que pedimos lomo de ternera (que no falla) con una salsa de champi y papas en salsa de nata. El lomo impresionante.

Paseamos por el Parque de Lezama que fue el jardín de una casa particular. La casa es ahora el Museo Histórico Nacional, y en él se encuentran los increíbles campos de batalla del pintor Cándido López (por cierto: hay una película documental de 2005 sobre este tema). Allí también está la iglesia católica ortodoxa rusa, con sus cúpulas azul cian.


Bajamos atravesando el dique 1, la dársena sur y el casino para llegar a la Costanera Sur, donde hay un Parque Natural reserva de aves. Cuando llegamos todo el mundo sale con las bicis. Preguntamos. Parece ser que con la crecida del Paraná vienen los camalotes (plantas) con vívoras agarradas a ellos y es muy peligroso. Paseamos pues por el parque. La temperatura es primaveral. Al sol calorcito y a la sombra fresco. Las chicas están en bikini tomando el sol en el césped, como si fuera una piscina, y ellos en bañador jugando a las cartas y voceando como en un chiringuito de playa. Aquí la gente no se corta un pelo. Paseamos por el nuevo parque Virginia Bolton (una anarquista rosariana del siglo XIX) que ha nacido de la especulación. El proyecto de rehabilitar los viejos edificios de ladrillo oscuro de Puerto Madero, ha quedado en que estos se han convertido en la UCA (Pontificia Universidad Católica Argentina) y se han construído mogollón de edificios más con bares, comercios y viviendas, con lo que la parte más bonita, que aún mantiene las grandes grúas del puerto, no se visita porque es la universidad y los centros de ocio son completamente nuevos, horrorosos, mucho cristal y metal. También se ha salvado el antiguo molino de harina, pero creo que no tiene uso. Vamos al otro lado del dique y visitamos el nº2, el de la universidad, con sus viejas grúas, hasta el edificio de las aduanas.

Nefasto edificio de la Armada (edificio Libertador, para más inri). La Casa Rosada, anaranjada con el sol tan bajo, La Plaza de Mayo con pancartas y reivindicaciones de justicia y memoria. Cogemos la calle Defensa que está llena de artesanos, pintores y músicos, muy entretenida. Bonita calle adoquinada que llega hasta la Plaza de Dorrego, de donde partimos. Hablamos con una pintora que me gusta. Pinta siempre el Bar Dorrego, con distintos clientes y luces distintas, a veces escenifica situaciones inventadas. Me gusta que todo su mundo se encierre en un bar, un bar tan chulo.

Camisetas con figuras de fieltro cosido, bolsos pintados y cosidos a mano, pulseras hechas con tenedores de alpaca, muñecos de trapo y botones,… hay buenas ideas. También antigüedades y músicos que cantan suavesito, suavesito. Nos enganchamos con tremenda marcha de percusionistas brasileiros y todo el mundo bailando, tan fuerte que agarra. Plaza de Dorrego, El Café del Árbol con jazz en vivo y los puestos levantados. Lo que anoche fueran terrazas y esta mañana mercadillo, es ahora baile popular de tangos, enternecedor bajo las bombillas de colores. Bailan sobre tablas a Gardel, las cabezas siempre juntas y las mujeres contorsionándose y haciendo piruetas alrededor del abejarruco macho (poner voz de Félix Rodríguez de la Fuente), unas manos pegadas y las otras en la espalda de la pareja. Nadie lo baila igual pero sí parecen sentir lo mismo, como un arrebato por lo que se está perdiendo y no querer.

Dos choripanes para el cuerpo en la parrilla del exfutbolista. Luego una cerveza en Pedro Telmo, con el camarero sonado, ido. Las percusiones brasileras se oyen por las calles lejanas. Un camarero se enfada porque no le dejo propina, y es que me ha cobrado una de medio litro al precio de las grandes, que le den. Nos acercamos al hotel en la esquina unas chicas bailan. Nosotros ya hemos tenido suficiente ración. Aunque despacio, llevamos todo el día paseando y va siendo hora de tener una charlita con el catre.

sábado, 9 de marzo de 2013

a buenos aires



Los argentinos, por esta parte, ya han perdido toda posible mezcla con indios, como pasa en Misiones, y son todos una amalgama rara de europeos. Les gusta hablar alto y carecen de eso que nosotros llamamos humildad. Aquí no hay turismo, sólo nacional, así que nosotros también somos argentinos raros con otra tonada. Si en Posadas pudimos ver su sentido del humor (el cobrador del bus que al recibir todas mis monedas me dijo que la compañía no aceptaba moneda paraguaya o la de la librería que al no darle monedas sueltas porque aún no las conozco me dijo pues aquí tiene unas cuantas piezas más). Sigue habiendo gente muy agradable pero notamos una diferencia.


El caso es que esta mañana nos lían y enredan de mala manera y no hay forma de coger un colectivo a la terminal. Pillamos un remis y, más tarde, un bus muy cómodo a Buenos Aires. Todo el camino es sobre las tierras anegadas del Río Paraná. Bastante crecido, tanto que las casas están medio cubiertas, las vacas metidas en el agua hasta la barriga, y los caballos, ¡y la gente!. Algunas casas de madera están levantadas como palafitos y hay muchas garzas picoteando entre las vacas. La carretera está elevada unos dos metros y, en dos tramos largos, sobre puentes colgantes.

Llegamos a Buenos Aires, nos sentimos bien como quien llega a casa. Cogemos el 146, aquí hay que llevar moneda suelta para el bus, pues el boleto lo expende una máquina. Plaza del Correo, Parque Colón, La Casa Rosada, y Plaza de Mayo, donde las madres con pañuelos preguntaban por sus hijos desaparecidos. Paramos en la calle Bolívar, en el mercado de San Telmo, a una cuadra de la plaza. Nos gusta este barrio de calles adoquinadas y bares viejos, un tanto destartalados, recuerda un poco a la zona de Cascorro y Latina. Cogemos un hotel en un edificio neoclásico: el Hotel Bolívar. La escalera sube por un torreón circular y tiene un patio fresquito. Nos dan una habitación grande un poco desconchada, pero limpia, que da al patio. Mientras Beni descansa yo me siento en el patio.La temperatura es muy agradable: 27 grados.


¡Había olvidado lo bonito que es Buenos Aires! Siempre he usado el tópico de lo parecido que es a Madrid olvidando qué es mucho más interesante (ellos dicen que se parece a París). Sólo en la calle Perú veo bastantes murales chulos, tiendas antiguas, cafés preciosos, librerías de usados, restaurantes de principios del siglo XX como el Querandí, bares pulquerías como El Federal -del estilo del Británico-, galerías alternativas, el exconvento de los franciscanos con sus túneles de los siglos XVII y XVII, teatros clásicos, salas de baile -Museum, de estructura de hierro remachado-, plazas circulares como la de Roca con el Palacio Legislativo al lado -con su torre de reloj-, y la gran peatonal de Florida, con grupos de música, artesanos tirados en el suelo y bailadores de tangos: un paseo impresionante de una hora.


Luego paseo con Beni. Nos colamos al claustro de los franciscanos donde hacen una representación de guiñol de su Revolución de Mayo. Vemos las actuaciones callejeras en Florida y acabamos en el bar El Federal comiendo ensalada. Estaba equivocado: se parece al Británico sólo estéticamente (la estética de las antiguas pulquerías, que eran tiendas y bares a la vez), pero el ambiente es pijo y es más caro. Después vamos a la Plaza de San Telmo por Umberto I, el ambiente es cojonudo. En la plaza nos sentamos en una terraza mientras vemos a una senegalesa bailando. Esta plaza es la leche. Todo lleno terrazas con música en vivo (algún cantaor flamenco) y hippies tocando el bongó en las aceras. Nos bebemos una jarra de a litro con unas bolsitas de maní y me dibujo el panorama. A las doce nos vamos (clavada) felices de vivir a una cuadra y no tener que precisar movilidad. De paso vemos el La Coruña o el Pedro Telmo, tan bonitos o más que los otros pero con ambiente del Palentino. Alfonsito, esto te va a gustar!