jueves, 6 de septiembre de 2012

chapas de cervezas sin alcohol de munich

Mi hermano Carlos me trae estas chapas de Munich. Me cuenta que las cervezas con se tiran de grifo y es casi imposible conseguir chapas. También que la copa de medio litro es lo mínimo que se despacha, siendo lo más común la jarra de litro. Se venden en locales y quioscos de las grandes cerveceras, que suelen ponerse en comederos públicos u otros sitios donde se sirve comida. El origen de estas cerveceras es monacal. Munich en italiano es Monaco, es decir: monje.
¡Gracias Carlos!

Clausthaler Classic Premium: Cerveza de baja graduación alcohólica (0,5) de Frankfurt,  fabricada por Binding-Brauerei AG y llamada Premium en el Reino Unido. De sabor fresco y abundante cuerpo.

Warsteiner Premium Fresh: Se fabrica a las afueras de Warstein, en el parque natural del bosque Arnsberg en la Renania del Norte-Westfalia siguiendo el proceso de la Warsteiner Premium Verum, la más popular de Warsteiner, y luego extrayendo su alcohol.

HB (Hofbräu): Cerveza lager de la cervecera Hofbräu München, fundada por Guillermo V, Duque de Baviera. Hay impresas sobre metal plateado y dorado.

Löwenbräu Alkoholfrei: La cerveza sin alcohol del león de la cerveza, cervecera fundada en torno a 1383. En 1893 era la mayor fábrica de cerveza de Munich, donde aún mantiene su antiguo edificio. Después de muchas fusiones, la empresa actual se denomina Anheuser-Busch InBev, dueños, además, de las marcas Spaten, Franziskaner y Beck.

Schlossgold Alkoholfreies: Cerveza de bajo contenido alcohólico elaborada a partir de malta, lúpulo y agua, por Feldschösschen (Calsberg) en Rheinfelden, Suiza. Castillo de Oro es la número uno en Austria. De bajo aroma y ligero sabor y paladar. Sin cabeza.

Paulaner Alkoholfrei: Elaborada por Paulaner Brauerei en Munich, Baviera. De bajo contenido alcohólico. Bello color naranja con un contenido medio de carbono. Sabor a trigo y lúpulo con notas aromáticas de pan y levadura. Cabeza fuerte y estable.

mumbai en lunes








Llueve a mares, como todas las noches. Nos alegramos que lo haga, limpia la ciudad de mierda y aplaca ese fuerte olor a orín que hay por las calles. Son casi 14 millones y no hay sitio para ellos. La gente vive en la calle. Los taxistas duermen en los taxis, los techos de las marquesinas están llenos, los soportales plagados, cualquier negocio con carrillo duerme con su dueño. Se oyen los cuervos, que picotean los animales muertos, y alguien que pregona. Me asomo, una sombra lleva una carretilla de madera con dos maletones en ambos extremos.

Desayunamos en el Olympia dos cafés con leche con bollos y zumo de mango. El chaval sigue en el suelo limpiando. Dan ganas de atar el trapo a un palo y construir una fregona, aunque creo que los camareros y clientes no aguantarían un cambio tan radical.

Hoy cierran los museos. Nos vamos al Mercado de Colaba, en la punta sur, supongo que el más turístico. Nos recuerda Marruecos y El Cairo. Mujeres en sari limpiando cacerolas. Un fuerte olor del pescado. Colores. Llegamos hasta las chabolas de los pescadores. Vuelta atrás. Edificios horrendos de arquitectos caros para consulados y bancos con muros y policías. Nos venden de todo. Quieren limpiarnos los oídos y leernos la mano, y yo les señalo una guiri como cliente del año. Él no trabaja con madames, sólo con hombres y parejas. Una niña nos pide dinero, le doy una bolsa de panchitos. Nos presenta a su hermana pequeña. Aún más guapa y lista que ella.

Pasamos a la Jahangir Art Gallery, un edificio curvo de hormigón con un parasol ondulado en la entrada, de los 50. En su bonito café, Samovar, de mesas plegables con vistas al jardín del Palacio Museo Príncipe de Gales, comemos rollitos de pollo con soda Kinley. Un taxi nos lleva a Chowpatty Beach, una playa popular, mágica, espiritual, religiosa. Con muchos quioscos para cenar sobre la arena y mucha gente meditando frente al mar. Los santones rezan junto a una cacerolilla de metal. Se alquilan esterillas grandes, donde se sientan familias y grupos. El acuario tiene la fachada pintada en azules con formas geométricas entre las que se distinguen dos ballenas. Cenamos en un vegetariano unas masala dosa de queso con salsas picantes a elegir. Muy ricas. Está lleno de niños trabajando con muy mal rollo. Limpian suelos y mesas, quitan los platos usados. Se agrupan indefensos, tristes. La cocina es una porquería. Beni dice que está llena de bichos. Vemos unos guiñoles que parecen marionetas, que molan, que escenifican los cuentos de Panchatantra; y una de esas pelis de sus dioses con ese aspecto de salidos de una estampa tan logrado. Hoy aparece Hanuman, el dios mono, a las órdenes de Ramachandra, su mujer Sita y su hermano Laksman. Es una historia de héroes a lo griego, a lo Marvel, pero como un dulce sueño, yo alucino.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

mumbai a primera vista






Me despierto con la luz y los quejidos de las gaviotas. Llueve sobre los mercantes en el mar gris, sucio. Salgo al malecón, paseo hasta la Puerta de la India. Es un arco del triunfo de tres ojos construido por los ingleses en 1924. Hay muchas mujeres y familias sentadas alrededor. Me piden dinero en inglés y español. Le suelto el típico España tacaña y se rien. Hago fotos a un barbero afeitando a alguien en medio de la calle, ambos sentados en el suelo bajo unos carteles muy chulos. Me dice que me afeita y le digo que mañana. Me pide dinero por la foto y le digo que me afeito mañana. Una tienda de antigüedades tiene unas figuras de madera carcomida. Un santón muy delgado y con sólo un taparrabos blanco me pone una pulsera de tela, que mancha de amarillo, y unas estrellas esféricas de azúcar en la mano mientras recita una letanía. Me hace una mancha de color azafrán entre las cejas y me hace comer las estrellas. Me infunde demasiado respeto como para no dejarme hacer, y uno no sabe cual es la posición más honesta. Pasa una bandada impresionante de pájaros verde chillón. En un taxi pone: El amor es un dulce veneno. El hotel es bonito, decadente. Blanco, con tejadillos rojos sobre las ventanas. Holy man me dicen señalando mi entrecejo. Beni sigue dormida. En la tele ponen películas antiguas alucinantes, en colores rosados y azules pálidos. Sus dioses vuelan por las nubes y reposan en el Edén. Tienen arcos con flechas mágicas. De golpe se arrancan por Antonio Molina.

Desayunamos en el Olympia Coffee, que en el cartel escriben Olyampia, con puertas de cristal abiertas a la calle, mesas redondas de caoba oscura y extrañas sillas historiadas. Los camareros llevan gorrito musulmán. Un niño friega el suelo constantemente con un trapo viejo y sucio. Beben un líquido color café directamente de un platillo.  Nos tomamos un café con leche y magdalenas. Los camareros jóvenes, con un traje azul de pantalón, se ríen de mis dibujos mientras limpian la mesa.

En la calle, un señor de blanco le señala mis orejas a Beni. Sin darnos cuenta, ha sacado un alambre y me lo mete en el oído. No queremos, no, no. Mucha gente se ha teñido el pelo color naranja. La Estación Victoria es como una catedral neogótica victoriana con elementos indios tradicionales, una pasada. Hay gente por todas partes, mucha tumbada en el suelo. Luego, llegamos a Churchgate atravesando los campos de criquet y rugby, y vamos hacia el sureste hasta cansarnos. Es una zona sucia de casitas de pescadores y barquitas tapadas con carteles de propaganda. Marañas de redes y niños bañándose con camisetas del Barça y el Valencia. Otros juegan con cristaleras (canicas). Un santón me restriega 50 rupias bendiciéndolas, se pone agresivo y cojo sus delgados brazos (¡qué sensación sus huesos!). Va maquillado y tiene el pelo recogido y largos pendientes. Sólo lleva un taparrabos amarillo. Cuando la cosa se pone fea, para un coche y lo separan de mí.

Volvemos a la Puerta de la India y al Olympia. Hay un camarero simpático con una barba como la de Bin Laden. Nos explica los diferentes platos de pollo. Comen con las manos. Marean el arroz pastoso y luego se lo comen en pegotes. Después del té con leche me compro un cigarro suelto.

Vamos en taxi hasta Back Bay, completamente llena de gente sentada en el malecón tomando la brisa. Bonitos edificios modernistas. Ambiente juvenil, cafés, bares y chicos presumiendo de moto. El edificio del Museo Príncipe de Gales y la National Gallery. Entramos en el Café Mondegar, lleno de dibujos a la inglesa y chavales pijos bebiendo Foster's y viendo un partido en la tele. Un puto sandwich cuesta lo que la comida del Olympia. Me tomo una cerveza india, Amberro, que cuesta una sexta parte del precio de las de importación. Son graciosas las lámparas, pero mucho más esos ceniceros como balones de fútbol.

de memoria

Beni y yo paseamos por Madrid. Gastamos mucho tiempo en averiguar de qué conocemos a cierta gente con la que nos cruzamos. Esa chica, tan familiar, ha sido cliente de Beni, luego la hicimos novia de un amigo, pero enseguida le pusimos un mandil negro y acabó siendo camarera de un restaurante japonés que, al final, era otro. Si la hubiera dibujado, me acordaría de ella; pero se me olvidó hacerlo.

lunes, 3 de septiembre de 2012

bares de tenerife

Café Ébano. Santa Cruz
 Exterior del Café Ébano. Santa Cruz
Chiriguito Pipo. Puerto de Santa Cruz
Bar Cosmopolita. Santa Cruz
Terraza en la Plaza del Adelantado. San Cristobal de la Laguna
Bar restaurante Costa Norte. Playa Jardín de Puerto de la Cruz

viaje a bombay y a goa



Hemos decidido hacer un viaje de introducción a la India visitando su cara más amable: Goa y sus playas. Nos cuentan que este estado tiene una buena renta per cápita y, por tanto, tiene una numerosa clase media. Fue colonia portuguesa, hay católicos y alguna gente mayor habla portugués. Aunque será más caro, nos resultará más fácil.

Salimos muy temprano de casa, en taxi. La taxista adormilada y gordita nos pone en quince minutos en la puerta de la terminal uno.

En París, nos esperan con un cartel, pues hay que ir a toda leche, pues no llegamos, al avión de Bombay. Pasar aduanas, abrirlo todo y enseñar los chorizos. Nos acompañan hasta el aparato. Después de la tensión, un viaje plácido. Tranquilos y a gusto.

Llueve sobre Bombay, cuyo nombre local es Mumbai, desde 1995 de forma oficial. La ciudad más poblada de la India, la segunda del mundo. Mucha humedad y un fuerte olor que recuerda a Cuba. Cogemos un taxi, como un Fiat 1500 comprimido y redondeado. Un poco de contorsionimo para entrar. La cabeza me da en un espejo instalado en el techo (para dar amplitud). Tiene montado un pequeño altar junto a varios ventiladores pequeños y una banda llena de ranuras para los audiocasetes. Lleva un aparato de música con ecualizador. Cuando la pone, todo se llena de luces.

Las calles están llenas de gente que baila al ritmo de bombos y platillos pequeños de dedo, bajo el agua. Se han puesto unos polvos rojos que ahora les chorrean por la cara y el cuerpo como si fuera sangre. El taxista trata de esquivar la multitud, o eso finge. No nos libramos y ya es la una de la mañana, y aún no tenemos hotel. Unos bueyes tiran de un carro pintado de muchos colores, los bueyes llevan pintados los cuernos. En el carro, un montón de bebés liados con tela blanca con las manos pegadas al cuerpo. La multitud levanta los brazos. Bandas de tela rojas y amarillas. El taxista nos dice que es la fiesta de Ganesh Chaturthi, el cumpleaños de Ganesha, el dios elefante de la sabiduría, la prosperidad y el bien. Trata de pasar los camiones atiborrados de gente. Es una locura. Hay chabolas de dos pisos con escaleras de mano. Muchas luces y taxis. Tiendas hechas de plástico. Mucha gente duerme en la calle. Beni desea volver a Madrid. Le digo que lo piense con la luz del día, después de haber dormido en una buena cama.

Afortunadamente, el hotel que hemos elegido, el Shelleys, con vistas al mar, está abierto. Nos dan una habitación limpia y bonita. Baño, aire acondicionado, nevera y tele. El botones nos sube la maleta. Lleva un uniforme con falda verde y va descalzo. Sale un poco caro; pero esto hay que salvarlo.

domingo, 2 de septiembre de 2012

vuelta a casa




Volamos sobre una plancha de nubes que apenas dejan ver el Atlántico y sus pequeños pliegues. Al fondo, montañas de cúmulos.

Tardamos casi nueve horas en llegar a Londres. Otras siete horas esperando para coger el de casa. Paso las barreras. Me bebo una pinta en un pub. La gente es diferente. Especialmente molestas su gran tocha y esa sonrisa irónica que los guarda de algo, no se qué. La policía pasea sus ametralladoras entre la gente que sale de las tiendas. Trajes. No es nada acogedora. Me habré de acostumbrar.

volando voy


Sueño que hacemos una ruta turística por el bosque. Alguien cambió los botes señalizadores de los matorrales y pasamos siempre por el mismo sitio. Saludamos a la misma gente que hace lo mismo, como un bucle.

Cabeza loca le digo al azafato cuando vuelvo para recoger este cuaderno ¡que ya había olvidado en el mostrador! mientras él se me insinúa y me mete mano para que guarde muy bien los billetes in the pocket. Quince dólares de tasas. Leo en la mejor butaca del aeropuerto, junto a la gran escultura de la ostrería Jade, la miserable vida de Reinaldo. La última Island lager. Sólo me piden el pasaporte los de British Airways. No problem.

Cuando salimos el cielo está ya rojo. El avión gira hacia el Este. Atravesamos la cuadrícula de luces de Vancouver, respetando los huecos del agua que atraviensan los puentes, ahora de luz. Luego, kilómetros y kilómetros de inmensas montañas con los picos nevados, como una alfombra arrugada sobre la que ha caído harina. Nubes dehilachadas y al fondo la niebla. Los grandes lagos se pierden en la oscuridad y sólo quedan las crestas blancas. A veces un sólo pico nevado en el abismo oscuro con una extraña luz roja. A las once nos hacen cerrar las ventanillas, se acabó el espectáculo, nos acercamos peligrosa y rápidamente a la mañana siguiente.

sábado, 1 de septiembre de 2012

caucheros del putumayo en madrid



Maldita sea la hora que el hombre blanco conoció el tapotarana de los ritos omagua. Allí empezó la maldición sobre los indígenas amazónicos. Y se haría insoportable con el esplendor del demonio, del barón del caucho Julio César Arana y sus expoliaciones esclavistas de tortura y horror. Este empresario peruano se enriqueció con el negocio del caucho a fuerza de sudor y sangre gratuitos de niños y adultos indígenas bajo el cepo, el látigo y el falso préstamo impagable (método que se sigue usando en Bolivia, por los grandes hacendados de Santa Cruz). 30.000 peruanos murieron bajo su codicia en la selva del Putumayo. Fue denunciado en su tiempo por el periodista peruano Benjamín Saldaña Roca y por Walter Hardenburg en su libro El paraíso del diablo, que escandalizó a los países más civilizados.

Entre agosto y octubre de 1912, fue a visitar las caucherías una comisión de cónsules (de  Estados Unidos, Inglaterra y Perú) acompañados del fotógrafo portugués Silvino Santos, pariente de Julio César. Allí los esperaron los adocenados indios en formación y taparrabos, que danzaron felices para los inspectores blancos, después de una suculenta comida. Todo estaba preparado. Nadie adivinó en esas caras, ni en los rifles. Julio César, padre y esposo ejemplar, sería senador por el departamento de Loreto de 1922 a 1926. Y, parece que, murió pobre en un barrio de Lima. Toda la desgracia del mundo junta, sigue siendo poca, para toda la que mereció.

Algunas de las fotos que entonces se hicieron, es posible ahora verlas en el Museo de Antropología (frente a la estación de Atocha, en Madrid), gracias a la colaboración de Percy Vilchez, que las ha recopilado y publicado en su libro Época del caucho: retratos del horror. Naturalmente, veremos la imagen más amable, la del lado del codicioso y asesino disfrazado de santo (en el dibujo de arriba, con grandes bigotes y sombrero). Mañana es el último día. De 09:00 a 15:00 horas.

 Libros sobre el tema:  Diario de un misionero de Maynas, de Manuel Uriarte. La Jangada, de Julio Verne. El paraíso del diablo, de Walter Handerburg. Las cuestiones del Putumayo, de Julio César Arana. La vorágine, de José Eustasio Rivera. El sueño del Celta, de Mario Vargas Llosa. El insomnio perezoso, de Miguel Donaire, Época del caucho: retratos del horror, de Percy Vilchez.

El mundo sigue:
Venezuela dice que no hay evidencias de una matanza de indígenas
Testigos aseguran que 80 indígenas yanomami murieron en un ataque de mineros ilegales
Indígenas yanomami en la selva en Demini (Brasil). / FIONA WATSON (SURVIVAL)


El Gobierno de Venezuela ha asegurado hoy que "no se encontró evidencia" de la supuesta 
matanza, el pasado 5 de julio, de decenas de indígenas yanomami al sureste del Estado Amazonas venezolano por parte de mineros ilegales brasileños —garimpeiros—.

Tres testigos relataron entonces que un helicóptero disparó e hizo explotar la choza circular —el shabono— donde vivían alrededor de 80 indígenas yanomami de la comunidad Irotatheri, en una zona fronteriza con Brasil en la que mineros ilegales explotan desde hace al menos tres años dos minas de oro. Lo denunció la organización indígena Horonami, pero ni las autoridades venezolanas ni las organizaciones indígenas habían logrado hasta entonces verificar lo sucedido. El Ejecutivo de Hugo Chávez ha anunciado este sábado que la responsable del Ministerio de Pueblos Indígenas, Nicia Maldonado, y otras autoridades estaban ya sobre el terreno. Después, Maldonado ha comunicado que "no se encontró evidencia de ninguna muerte o no se encontró evidencia de casa o shabono incendiada en estas comunidades señaladas como escenario de este supuesto crimen".

El ministro del Interior Tareck el Aissami señaló el viernes, por su parte, que no se había encontrado ninguna "situación de violencia" en las siete comunidades visitadas, pero precisó que quedaban dos comunidades más alejadas todavía por verificar.

Esta sería la matanza más cruenta de indígenas de la etnia yanomami del Amazonas, pero no la primera. En 2008 murieron cinco indígenas en la comunidad de Momoi, intoxicados por el mercurio que se utilizan losgarimpeiros para la explotación del oro, que ha contaminado extensas los suelos y los ríos de la zona. En 1993, 16 fueron asesinados por mineros ilegales brasileños en la población de Haximú.

Venezuela suscribió el pasado mes de marzo un acuerdo ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos por el que se compromete a garantizar la integridad del pueblo yanomami, además de hacer justicia en el caso de la masacre de Haximú.

un papel manchado


Cuando entro al despacho del cónsul, está oyendo mi voz en la cinta del contestador. Antes tenía secretaria, ahora está solo. Tiene mala facha, las uñas sucias, y todo está desordenado. Se pega hora y media buscando una carta que redactó su secretaria para una familia en un caso como el mio, para copiarla. No la encuentra y hace una de cuatro líneas y varias tachaduras de tippex en la que dice: Agosto 31.98. Don Tal y tal, español, sujeto en tránsito de Vancouver a Madrid, vía Londres, este viajero ha perdido sus documentos, ayúdenle para que llegue a su destino. Firmado J.A. Cónsul de España.
-Esto puede dárselo a cualquiera, no acredita mi identidad. ¿Por qué no pone una de estas fotos y pone mi número de D.N.I: y un sello del Consulado encima?
-Ayudará.

Voy a la playa por última vez. ¿A qué esa morriña cuando se acaban los días del sitio donde estamos, acaso la percepción de que no volveremos nunca? Gente, soletón. Como algo, me baño, me ducho. Hago un dibujo rápido, sin pretensiones, que me recuerde esta playa. Unas chicas se duchan vestidas. Paso el tiempo leyendo Antes que anochezca de Reinaldo Arenas, que he comprado para las esperas del aeropuerto.

Vuelvo al divertido Spuntino. No sé si despedirme o si seguiré por aquí más días. Vuelvo al Hotel St. James. Han hecho la cama. Desde que duermo sobre un colchón he perdido la llave de los sueños.