martes, 20 de septiembre de 2016

estocolmo



Amanece sobre el Báltico, con el barco mirando al norte. Son las seis en España y Suecia. Desayunamos plácidamente. Los arenques llevan una pasta rosa salada. Después del café, tomo macedonia de frutas con yogur y un zumo de frutas. Por los ventanales no paran de pasar islas y más islas que no son sino unas rocas con una moña de árboles verdes, amarillos y rojos, y entre ellos casitas de madera pintadas de colores y algunos mástiles de barco. El nuestro tiene una decoración chula, con mucha madera. Estamos llegando a Estocolmo. Ahí fuera el edificio de correos y una aguja de bronce brillante que se ilumina con este cálido soletón.

Islas edificadas, muchos árboles y agua. Una hermosa ciudad. Visitamos el puerto y paramos en una brasserie a comer canelones rellenos de carne y queso fundido. Se oye hablar en francés. Luego unos dulces suecos en el café con leche, como hacen los jóvenes en esta fría tarde de domingo. Me fumo un cigarro. Casi nadie fuma, pero tampoco nadie me llama la atención. Fumar sale carísimo.

Paseamos hasta agotarnos. Ridarholmen, la isla del Parlamento, el Museo Municipal, el Nacional, el Skansen. Muchas tiendas de diseño. Muebles, cocinas, lámparas, aparatos... todo tiene su tienda. Incluso en la isla de Skepps Holmen hay un pequeño museo de arquitectura, del que compro el catálogo, con proyectos, maquetas y fotos de edificios acabados. Me llaman la atención las barandillas de balcones y escaleras y las iglesias de madera inspiradas en el estilo lapón. También las casas particulares de diseño tan simple.

Junto al Ayuntamiento y la Estación Central está nuestro hotel. El sol se pone y tinta la ciudad de un amarillento rojizo. Los edificios y las agujas empiezan a brillar, así como las tres coronas del edificio del Ayuntamiento, que son el símbolo de la ciudad.

El capitán Kirk trata de controlar la nave interestelar mientras el profesor Spock toca una especie de lira. Los subtítulos están llenos de vocales con diéresis, un punto hueco u otros signos extraños. Nosotros nos ponemos a fabricar zetas.

domingo, 18 de septiembre de 2016

paseando por helsinki







Me despierta la luz que entra por la ventana. Me levanto y me asomo al cristal. Un sol espléndido ilumina Helsinki. Ahora todo se ve de otra forma. Las cúpulas y la ciudad tranquila y vacía me recuerdan a Sofía. Los tranvías y los mástiles para las banderas.

Desayunamos con unos pescados ahumados y marinados con eneldo. Puesto que no hay un guía cagaprisas, decidimos pasear por el centro.

Impresionante la estación art nouveau Helsingin päärautatieasema, con cuatro grandes hombres con esferas de cristal en las manos a ambos lados de la puerta. Los tejados son de cobre reverdecido, así como el reloj de la torre. Paseamos por dentro y tomamos un café en la impresionante cafetería.

Todo está lleno de arces que un otoño madrugador ha pintado de rojo y amarillo. Bebemos agua en un bar muy bonito metido en una casa, subiendo una escalera. Las casas más bonitas son las modernistas, también hay otras con aspecto socialista. Acabamos en la Plaza del Senado, con una estatua de Alejandro II de Rusia y una escalinata hasta la catedral evangélico-luterana, un edificio blanco, simple, limpio, con forma de cruz griega, cuyos brazos acaban en cuatro frontispicios apoyados en una columnata de estilo neoclásico. Coronan una cúpula central de bronce verdoso y otras cuatro pequeñas en las esquinas. Está muy alta y se ve desde toda la ciudad. Dentro es circular y está limpia, sin imágenes.

Paseamos hacia el puerto, siguiendo el hermoso edificio de ladrillos rojos y cúpulas verdes que es la catedral ortodoxa de Uspenski, del quedarse dormida de la virgen, pues los ortodoxos creen que la virgen no murió, sino que solo se quedó dormida. Enfrente, los edificios rojos del puerto.

Aquí hay un mercado callejero donde te ofrecen a probar. Compramos una lata de huevas con un esturión azul dibujado en la tapa y unas galletitas de pan con las que nos la comemos mirando al agua y los barcos. También cae una empanada con jurel, un cangrejo supersabroso y unas piezas de fruta. Todo regado con cerveza.

A las cuatro y media llegamos a nuestro barco, un rascacielos flotante de cristal. El camarote está muy bien, en el noveno piso con vistas (una ventana muy grande) al Mar Báltico, cuatro camas, baño con ducha y retrete, televisión y teléfono. Paseamos, la gente anda despistada. Algunos listillos ya se metieron a la piscina caliente o al jacuzzi. Nosotros pillamos una cervezas sin y nos sentamos en unos sillones en la cubierta acristalada. Arces y castaños cogen colores amarillos, marrones, rojos y oro. Enfrente está las bonitas islas de Saarenkari y Luoto, a la izquierda el puerto con las dos catedrales detrás.

El sol nos adormece, tras estos cristales que nos separan del frío. En esta plácida debilidad pasan islas con moñas verdes y embarcaderos y barquitos pequeños. Se asoman y nos saludamos despacio, con las manos y una sonrisa. El sol las dora y quema el agua, silueteando los barquitos de vela. Bebo una cerveza Leningrad Cowboys, el mismo nombre que el de esos rockeros finlandeses con el flequillo afilado.

Nos acostamos. Las estrellas nos acompañan. El propio barco ilumina las olas que crea. Sábanas blancas y un edredón. Nos besamos mientras el barco se desliza. Después se hace el negro.

sábado, 17 de septiembre de 2016

madrid-copenhagen-helsinki













Avión hacia Copenhagen y allí otro hacia Helsinki. El avión que cogemos en Madrid es muy cómodo, con mucho espacio entre los asientos. Es pequeño, yo estoy en la ventana y Beni en el pasillo. Nos dan un periódico, un aperitivo y comida con un cabernet savignon francés bastante aceptable, café y un cognac francés con marca de coche, y que me presta bastante bien. ¿Cómo puedes beberte eso con el pestazo que echa? dice Beni.

En el aeropuerto he comprado una petaca de whisky, creo que estos nórdicos son muy estrictos. Mientras Beni duerme, todo se ha llenado de nubes. En dos horas y media estamos en Copenhagen. Allí solo vemos su aeropuerto super racional y super limpio, con los suelos de madera. Cogemos otro avión que nos lleva a Helsinki. Nos ponen cena.

En Helsinki (verde, bosques, nubes, agua, el sol rojo en el horizonte) no nos espera nadie. Cogemos un taxi comunitario por noventa marcos finlandeses, unas dos mil pesetas. La noche es silenciosa y llena de árboles. El hotel (SAS Royal) es de lujo. Los muebles son simples y funcionales. En la decoración predomina la madera. Nuestra habitación está decorada como si hubiéramos llegado a la India. Da a una hermosa plaza.

Las calles están llenas de jovencitos rubios por la noche que hacen cola en los garitos para bailar. Se nos están helando las orejas. Para nosotros, en la cultura del todo nuevo, todo tiene un look rancio, un diseño de los cincuenta y cuarenta, cafés decadentes, madera con un viejo olor, tranvías. Pasamos por un parque de arces lleno de tumbas y una librería de libros antiguos con hermosas portadas ilustradas. Se ven muchas bicicletas y quioscos de perritos calientes y hamburguesas.

viernes, 16 de septiembre de 2016

a madrid


Por la noche me tumbo en la piscina boca arriba y miro las estrellas y la misma luna que aparece por tu ventana, por la que cruzan los trenes castañeando los dientes, y la niebla te cubre como un edredón blanco.

Pablo y su novia Concha hacen turismo por la provincia: La Solana, El Cristo, Villanueva. Nos llevan a la estación y se quedan en Ciudad Real. Luis espera su casa de madera. Mi madre está mal. Anita lleva una pierna escayolada.

El viaje en el tren es rápido y cómodo. Juan Carlos nos dispensa los billetes. Nos dice que ya tiene un muchacho de tres meses que se llama como él.

Pasamos por el verde de Malagón y los Montes de Toledo, el castillo de Orgaz. En Atocha nos separamos. Beni se lleva las maletas y yo pago a la agencia de viajes. No me dan ninguna información, solo un bono de viaje.

Compro una pluma en la Gran Vía. La Plaza de Callao es ahora un descampado con un cuadro gigante que anuncia la peli Intruso.

Subo Carretas. El cine se vende como local comercial. En Aquí compro carretes. En Benavente están de obras. A Tirso han bajado sus putas. Está lleno de policías.

Mañana salimos hacia Helsinki.

jueves, 15 de septiembre de 2016

preparativos



















Utilizo una página del diario para anotar cosas interesantes para el viaje. Información sobre los países, banderas, capitales... siguiendo el método en que cogía los apuntes en la facultad, es decir: que la información sea un esquema en que a primera vista sepa donde está cada apartado.

No solo tiene la utilidad de una guía, también sirve de rodaje. Nuestra cabeza ya está viajando. El gusanillo empieza a moverse.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

un corto viaje a escandinavia en 1993



En 1993 apenas si tuvimos vacaciones. Cogimos una oferta de viaje a Escandinavia de una semana con transportes hoteles y guías, por 137.000 pesetas por persona, unos 825 euros.

No estábamos acostumbrados a los viajes organizados, por lo que temíamos un poco al resultado. Pero el temor era infundado, pues el grupo de turistas solo lo formábamos mi mujer y yo. En algunos sitios, como Kiruna, tuvimos dos guías en español para nosotros dos y la opción de elegir excursiones. En otros, como Narvik, el guía no apareció.

En general fue un viaje cómodo, entretenido e instructivo, a pesar del montón de sitios que visitamos. Tres países: Finlandia, Suecia y Noruega. Viajamos en avión hasta Helsinki, en crucero de Helsinki a Estocolmo, en avión hasta Kiruna, en el Círculo Polar Ártico, en un tren de los años cincuenta hasta Narvik, con parada en un parque nacional, en avión de Narvik a Oslo y, finalmente, en avión de Oslo a Madrid.

En el viaje me llevé mi pluma caligráfica, un caja de lápices acuarelables y mi cuaderno diario de gran tamaño que usaba por entonces. Ese tamaño dificultaba mucho las anotaciones en plena calle y casi solo lo usaba en hoteles y cafeterías. Yo entonces no tenía mucha práctica (¡hace ya 23 años!) y escribía más que dibujaba. Pero algo se hizo. Puede ser un ejemplo de cómo empezar (aunque yo desaconsejo usar grandes formatos de cuaderno), cómo ir metiendo unos pocos dibujos sencillos entre el texto.

¡Buen viaje!

martes, 13 de septiembre de 2016

un patio de la calle del pintor antonio lópez

Este patio aún mantiene parte del empedrado y las piedras para las ruedas del carro, ya muy desgastadas. Los primeros carros tenían las ruedas de madera, recogida por una circunferencia de hierro que era la superficie que tocaba el suelo. Cuando iban cargados, con el peso, podían destrozar el pavimento, por lo que se ponían en el suelo dos filas de piedras de basalto sobre las que pisar.

lunes, 12 de septiembre de 2016

falsa ingravidez

En general, creemos que los astronautas flotan en el interior de la Estación Espacial Internacional (a la que me referiré como la ISS, por sus siglas en inglés) porque en el espacio no hay gravedad. La ingravidez no es el equivalente a la sensación de ingravidez. Y los astronautas experimentan mucho de lo segundo, pero nada de lo primero. Si el espacio no estuviera “lleno” de gravedad (de planetas, satélites, estrellas, agujeros negros…), nada se mantendría unido: la Luna no daría vueltas a nuestro alrededor, ni nosotros alrededor del sol, ni existirían siquiera las galaxias.                                                            
Alejarte unos cuantos kilómetros del planeta no va a librarte del efecto de su campo gravitatorio: los satélites más cercanos siguen experimentando una fracción considerable de la fuerza gravitatoria que sentimos en la superficie terrestre. Incluso a 400 kilómetros de distancia, la Tierra tira de la Estación Espacial Internacional (y de sus tripulantes) con el 90% de la fuerza que sentimos en la superficie. Pero los 7.66 km/s a los que se desplaza la ISS son los justos y necesarios para que la estación espacial caiga al mismo ritmo al que el suelo se aleja a medida que la superficie terrestre se curva bajo ella. Cualquier objeto que orbita alrededor de otro está experimentando, en realidad, una caída infinita.

Eso mismo es lo que les ocurre a los tripulantes de la ISS, que están siendo atraídos constantemente por la fuerza gravitatoria terrestre sin ninguna fuerza externa que los sujete. La sensación es de una caída libre permanente, vaya, no es que estén en un estado de ingravidez (entendido como la ausencia de una fuerza gravitatoria).