lunes, 23 de marzo de 2015

lukas en sewell






Renzo Pecchenino Raggi, caricaturista y humorista gráfico que firmaba como Lukas, nació en 1934 en Ottone, Italia, y se trasladó a Chile con sus padres cuando tenía poco más de un año. Estudió arquitectura en la Universidad Católica de Valparaíso, que abandonó al morir su padre. Empezó como caricaturista en 1958, en el diario La Unión, de esta misma ciudad. Llegó a publicar en diarios y revistas como El Mercurio, La Estrella, La Segunda, O'Cruceiro de Brasil o Squire.

También colaboró con la revista El Teniente, del campamento minero de la mina del mismo nombre, llamado Sewell, haciendo bromas con su estructura empinada y sus calles llenas de escaleras, ya que está en la precordillera andina, muy cerca de donde ocurrió aquel accidente aéreo que inspiró la película ¡Viven!, de 1993. Esta población tuvo los servicios más adelantados de Chile durante su época habitada. La construcción de la carretera de Sewell a Rancagua supuso su fin. La mina sigue en funcionamiento.                                                                                                                                           En mi reciente visita a Valparaíso, pude visitar su alucinante estudio con vistas al puerto, en el cerro Concepción. Allí pude ver algunos de sus originales y pude disfrutar de su increíble mano. Mi interés por estos chistes se debe al hecho de que el poblado en cuestión está casi desaparecido, pues solo ha quedado un quince por ciento de lo construido en su apogeo.

Imágenes escaneadas del libro Sewell, la ciudad de las estrellas de la mano de Lukas. Fundación Sewell

domingo, 22 de marzo de 2015

un seiscientos en sentido contrario

Cuando llegué a Madrid, hace cientos de años, descubrí un mundo clandestino que aunque funcionaba en la oscuridad, para mí era la luz en el real, oscuro y tétrico. Aprendí a leer entre líneas en la prensa y a escribir en aquellos periódicos murales con nombres falsos.

Entonces la música se pasaba de unos a otros en cintas cassettes y los libros nos llegaban desgastados. Gracias a un libro que compré en París, de Xavier Domingo, titulado El dinero del Opus es nuestro, que contenía graciosas y grotescas escenas eróticas, me llegaron algunas cintas con un asqueroso sonido de tanta generación de grabaciones y de tan malos aparatos.

Recuerdo una de Francisco Curto, una grabación clandestina de un juicio a etarras en que los reos acababan cantando el Eusko gudariak y otra de un grupo llamado Desde Santurce a Bilbao Blues Band con canciones que nos hicieron reír a todos y que, por tanto, oíamos con frecuencia. Esta cinta amenizó los patios plagados del Ramiro en las huelgas del 75, mientras el colegio nos traía a aquel supergrupo que cantaba lo de viva la gente, la hay donde quiera que vas moviendo sus brazos de un lado a otro.

Una de aquellas voces distorsionadas, ha muerto. Yo era un seguidor que veía sus programas y leía sus historias de Madrid en el periódico. Bailé aquello de mi amor entero por la hija de Rainiero. Me caía bien. Es justo decirlo.

Un recuerdo también al grupo de estudiantes Los Gigantes, que hacían una versión de la Cantata de Santa María de Iquique en que los estudiantes hacían huelga en el campus de la Universidad Autónoma y el rector, Gratiniano Nieto Dimisión, metía a la policía hasta en las aulas.

sábado, 21 de marzo de 2015

chencho







Lo más admirable de él es la forma en que amaba la vida. 
Fue un hombre pacífico que usaba la cabeza, un extraño filósofo que había perdido la boína. Sabía divertirse, pero sobre todo sabía divertir a los demás, con ese enorme sentido del humor.

Bailaba solo, bebía solo y fumaba solo. No necesitaba a nadie para divertirse, para saborear hasta el final los placeres de la vida.
Era tan popular que en carnaval los chavales se disfrazaban de él, pero solo lograban imitar su traje.

Los que de alguna manera hemos rozado su vida, nos sentimos profundamente agradecidos y sentimos su muerte sinceramente, esperando que algún día aparezca en este pueblo un nuevo Chencho. O algo que se parezca.

jueves, 19 de marzo de 2015

otra vez a santiago


Desayunamos mientras Lisa duerme. Cogemos un colectivo hasta el paradero trece y medio y enseguida un Pullman, el de los asientos duros, nos lleva a Santiago. Arreglamos los asuntos del avión en la calle Huérfanos, cruzando una calle Ahumada llena de gente y de terrazas de ejecutivos que miran descarados a la camarera jamona con las tetas levantadas que contrataron ad hoc. Se molestan cuando les hago una foto.

Vamos en metro a Plaza de Italia y nos adentramos en el barrio Bellavista, entre terrazas paseamos hasta la casa que Pablo Neruda hizo a su amor secreto Matilde Urrutia, con la que luego viviría los últimos años de su vida. Me pongo a dibujar los cacharritos que coleccionaba por amor a los objetos que rodearon su vida, y un guardia me chafa pidiéndome que lo deje. Termino de verla enfadado con la Fundación y con Neruda que los apartó del mundo para él solo ¿Por qué si en Internet pueden encontrarse cientos de fotos de sus casas?

Flipo con esa máquina que en el baño Matilde usaba para alimentar su presunción, pero especialmente con las fotos del velatorio de Neruda en el saloncito de la casa semidestruída y que ella organizó para que todos vieran el allanamiento de los militares de Pinocho. Para que vieran en qué habían convertido el país.

Subimos en el funicular, de principios del sigo XX, al cerro San Cristóbal con unas vistas espectaculares de todo Santiago, rodeado de montañas. Ya abajo, bebemos cerveza de oferta en una terraza. Algunos bares están colapsados de universitarios. Compramos algunos regalos en las tiendas de artesanos y nos vamos a casa de Gisela y Hugo.

El metro está tan lleno que tenemos que ir paseando. Luego, cenamos con ellos en una terraza de la avenida Bulnes, con el fresquito de una de sus fuentes y la agradable compañía de los perros callejeros que aquí alimentan con las sobras.

Paseamos de vuelta con las últimas palabras chilenas que el fresquito de la noche se lleva definitivamente po. A un perro sin movilidad, en las patas traseras, le han adaptado la estructura de un carrito de la compra, como una silla de ruedas, y va caminando con las de delante. Ya en la cama, empieza esa alarma que tortura al vecindario y que responde, según nos cuenta Hugo, a toda esa espantosa cultura que Pinocho y sus amigos de Chicago fueron posando en los chilenos.

miércoles, 18 de marzo de 2015

tres casas mirando al pacífico


Dormimos bien con las mantas a pesar del frío que hace por la noche. Cogemos el 101, que atraviesa Quilpué, Viña del Mar, su hermosa costanera llena de palmeras y, finalmente, el anfiteatro de colores que es Valparaíso. Paramos frente al Mercado del Cardonal, plagado de gente entre frutas y verduras, que rebosa las calles adyacentes y pillamos un bus en la terminal cercana, que nos lleva a Isla Negra.

Bajamos una calle de tierra hasta la casa de Pablo Neruda, en una costa impresionante llena de rocas grises que se tornan negras cuando el agua las moja. Es esta costa lo que más nos impresiona, pues la casa, en una primera vista, es un tanto hortera y caprichosa con esas ruedas por debajo y unas campanas en unos palos cruzados.

Resulta luego ser un laberinto curioso de madera lleno de colecciones y maravillosas vistas al Pacífico, que lo justifica todo y va conformando una idea de barco varado propio de alguien que ama el mar pero que no ha nacido en la costa. Más cónsul que poeta sufriente, aparece un Neruda tras la puerta de un armario mientras sus amigos se beben el fondo del mueble bar en vedreado de colores. Rincones para ser felices con las vistas de los rompientes entre camas y sillones de barco, copas en veladores de bistró parisino, mascarones de proa con una interacción poética, caprichosa y demás historias para contar. Como un tren, la casa se extiende de vagón en vagón en una estación costera.

Cuando trato de dibujar una colección de diablos alados, que me encanta (como esa de botellas de mujeres desnudas), tras una de las puertas, un segurata me lo impide y me indica que solo puedo dibujar desde fuera. Pero es en la calle, donde la casa nos entusiasma, ese jardín de alohes y demás plantas carnosas que tapizan las rocas de una bellísima costa. Justo, pienso, lo que Neruda y todos nosotros podemos llegar a amar.

En una parada que imita grotescamente alguna zona de la casa, un autobús nos lleva a Valparaíso. Donde vemos la casa estudio de otro glorioso chileno: el dibujante humorístico y caricaturista Lukas, en pleno cerro Concepción justo enfrente de la subida del ascensor de este nombre y que está averiado. Subimos las escaleras sin fin hasta este mirador coronado por una hermosa palmera canaria.

Sería de desear que, en vez de tanta fotocopia, pudiéramos ver más originales, pero lo que hay es muy bueno. Llama la atención el estudio del dibujante con unas vistas estupendas al puerto y que toda la planta baja la hayan convertido en un café.

En un colectivo angustiosamente veloz llegamos a La Sebastiana, casa de Pablo Neruda en Valparaíso, cerrada. Vemos el exterior, que sigue sus gustos marítimos, con formas curvas de paredes pintadas y grandes ventanales como cabinas de mando de un barco. Y, claro, hermosas vistas. Bajamos leyendo poemas de Lorca, hasta el Puro Café, un café con murales y muebles hermosos y cómodos, donde nos clavan.

Ya en casa de Bety, nos esperan con la barbacoa encendida, es una pila de lavar con una reja encima, con gruesos trozos de carne que Cristian vuelve. Bety se ha puesto sus mejores galas, con colores nerudianos, y han abierto una botella de Carmenérè para despedirnos. A la cena se añade su vecina Luz Marina, más Neruda en la cena. Comemos, reímos y brindamos con vasos transparentes. Y yo los dibujo sin trabas, para llevármelos conmigo.

martes, 17 de marzo de 2015

cerros de valparaíso






Hoy nos aventuramos solos por Valparaíso. Buscamos el ascensor Concepción para subir al mirador de la casa de Lukas, pero está averiado y tenemos que hacerlo por el de Reina Victoria. Recorremos las calles que dejamos de lado ayer y, finalmente subimos a aquel restaurante que intuimos debía tener buenas vistas por la altura y que se levanta justo entre los cerros Alegre y Concepción, junto al Hotel ArtDecó. Allí comemos despacio, para dibujar sus vistas.

Bajamos y subimos entre casas de colores para llegar a la cárcel, que hoy es un centro cultural en el Cerro Cárcel. Más vistas y el sosiego de grandes espacios y planos en una ciudad tan comprimida. Al lado está el Cerro Panteón, donde pueden visitarse su decadentes cementerios llenos de viejas tumbas con ángeles caídos, descabezados y desmembrados, y lápidas agrietadas por donde avanzan las plantas. La puerta simula un templo griego que la lluvia ha perforado, dejando ver su falsedad de escayola. Un cementerio acoge a los muertos ilustres, en panteones, y el otro, a los muertos comunes y a los disidentes, o sea: los emigrantes europeos protestantes. La vegetación se cuela por los huecos de las lápidas apretadas y escaleras ensalzan el caos. Los gremios se codean en su panteones.

Más casas de calamina pintada con murales, músicos por las calles y perros dormidos al sol. El viejo Bar Cinzano está lleno de espejos y barcos colgados de las paredes. El antiguo Bar Inglés tiene fotos en blanco y negro en su friso de madera noble. Parece un vagón de tren con el suelo de madera.

Atravesamos otra vez el edificio amarillo, con las vigas verdes, del mercado de frutas y verduras, tan apretado como toda la ciudad. Compramos plátanos, palta y durazno para la casa. Luego, buscamos el ascensor paras subir el Cerro Barón, que resulta también averiado, desde hace mucho a juzgar por su estado. Más escaleras y calles estrechas. En el Cerro Los Lecheros, la caseta del ascensor se ve preciosa, recién pintada de amarillo. Al lado, en el número 14, un letrero dice que Pablo Neruda escribió en esa casa parte del Canto General. Nos sentamos en un banco del mirador Diego Portales. El sol se va apagando y las luces de los espectadores de este gran anfiteatro se van encendiendo hasta lo alto de los cerros. Cuando casi solo hay siluetas y luces, nos bajamos hasta la costanera y cogemos el 101 hasta la Plaza Oasis de Belloto. Ayudamos a Cristian a recortar corazones y flores para el Día de la Felicidad, mientras Bety nos prepara la carne que compramos con una guarnición de pasta.

lunes, 16 de marzo de 2015

lisa en valparaiso




Hugo el memorioso nos cuenta historias antes de cocinarlas, antes de escribir un hermoso libro y llenarlo de espuma de algas y ceviche de sueños marinados.

Cogemos un turbús a Quilpue, al barrio de Belloto, donde vive Elizabeth, que nos espera en el paradero trece y medio, y luego nos monta en el 101 hasta la plaza Oasis. Allí tiene una casita de ladrillo y madera con un pequeño jardín y un par de gatos. Una casa de colores tan alegres como ella. Me manda al cerro a dibujar mientras habla con Beni, que no durmió muy bien por el estómago.

Cuando baja un poco el calor, nos montamos en el 101 y nos va contando. Las mujeres que van en auto a todas partes son muy flojas, dice. Ella compra quesos gigantes y los trocea para venderlos envasados. Llena una bolsa con dos apartados de porexpán y se va en bus a vender. Mientras los envasa, me pregunta: ¿tú crees que con esto podré reunir plata para ir a España?

Atravesamos Quilpue, Viña del Mar por su hermosa costanera. Mirad el reloj de flores, el Sheraton en la playa. De seguido aparece Valparaiso, miles de casas de colores sentadas en un teatro griego con el escenario en el mar, en el puerto que la hizo grande y caótica, pues era parada obligada después del paso por el Estrecho de Magallanes. Aparte de los cerros que conforman las localidades más altas y alejadas, está llena de pequeños cerros que ondulan la ciudad y sirven de miradores.

Paramos en la Plaza Sotomayor, con el monumento a los héroes del 21 de mayo, visualmente entre las torres modernistas de la aduana y la estación, que forman una puerta para entrar desde el mar. La estación mantiene su estructura y una cafetería en su hall semicircular. Bonita. El edificio racionalista de Correos, ahora Museo de Bellas Artes.

Los cerros tienen ascensores para subir por cien pesos (unos 14 céntimos). Subimos por el del Peral para visitar los cerros Alegre y Concepción. En el cerro Alegre vivió Lisa durante muchos años y abajo de la cuesta tuvo su padre una peluquería. La visita se hace muy especial: en esta casa vivió Enzo, en está los hermanos tal, la iglesia anglicana, los catorce escalones, donde pololeábamos de jóvenes, el Museo Baburizza, el Paseo Yugoslavo, Beethoven, Miramar, Atkinson, aquí había un saloncito de té, aquí una panadería, oh que pasó con esta casa? Hace quince años que no vuelve por aquí y está viendo cómo el turismo está cambiando de dueños a las casas y convirtiendo todo en hostales y cafés caros.

Ya sin luz, pasamos a descansar a un café menos puesto, que resulta ser de la hermana de su amigo Raúl. ¿Gué fue del uno, y qué fue del otro? Y éste se separó y tuvo dos niñitos ¿quieren crema? Se acaba de marchar ¿no viste?

Este es el bar típico de Valparaíso, nos dice frente al cartelón de cinzano, y no todo eso que habéis visto arriba. Y este también, nos dice en el añejo Bar Inglés, en cuyo cartel pintado a mano aclara que el rótulo original fue robado.

domingo, 15 de marzo de 2015

por santiago voy, ligerito



Coches, colectivos, taxis, buses, metro con ruedas de goma. Partículas que se agarran a la nariz, a la garganta. Gente y gente por las peatonales de La Moneda. Ciegos tirando de los carrillos, puestos, puestos, puestos. Cantantes y carabineros, se acabó el carnaval, se acabó el general. Departamentos con albercas, limpiabotas con ofertas, el pito del ciego, los niños del rap, la bachata dominicana, tarjetas con cuotas, agua con sabor, tanto gótico que creí en el Socialismo infeliz se me está acabando la paciencia y sale jugo de la guitarra por La Alameda Allende saluda y los perros cojitos sin nadie a quien ladrar. 

Huesitos con mote, poleras del Ché con un puro en la boca y la ese de supermán y ponchos rayados bailando en las esquinas llenas de cajeros haciendo sonar las espuelas. Los fármacos de Alcobrand, los audífonos a un luca, una colección de pinos perfumados en el retrovisor del colectivo, pañuelos ecuatorianos, maníiii trequalllluca, un perro dormido bajo el quiosco de empanadas de queso en papeles amarillos, pendraialucaa, esculturas rayadas a lo selknam, helados en el semáforo, parejas sobre el césped, el ají ataca a punto sobre un franciscano aplaudido y una casa de torturas con nombres en los adoquines tranquilos que suenan a noria y a pesadilla jugando a las damas bajo un sol aterrador. Un sueño que se va en las cuotas cuando pisas el botón verde. Que se estruja en el metro donde las niñas cansadas de uniforme se duermen. Y ya no dejan el asiento a la viejita los jóvenes del selular.

Y usted ingeniero ¿dónde trabaja?

Unas gotas de café para el mendigo del Starbucks Company.

Entonces mi hermano Juan apoya su brazo sobre mi hombro y me dice que lo he hecho mal.
Rematadamente mal.


viernes, 13 de marzo de 2015

buses, rancagua, santiago




Desayunamos con la tele prendida. El tema son las pensiones. Los chilenos reciben, en realidad y en general, un 25% del sueldo, lo que supone una ridiculez, y un drama en los sueldos más bajos. Solo si has cotizado 40 años puedes tener un porcentaje digno, y no siempre. Esto se debe a que mucha gente se cambia al seguro privado, que suele ser una estafa. El sistema anterior era como el nuestro, pero parece que la dictadura obligó a cambiarse al sistema actual, en el que no se cumple lo que se prometió, y ahora añoran ese sistema antiguo. Es tan complicado que la gente ignora sus posibilidades o no entiende nada directamente.

Vemos por la calle gente mayor a la cordobesa, ataviados con traje de rayas gris: chaqueta curra corta con botones en las mangas y pantalón compañero de cintura alta y pata estrecha; botas camperas negras y gorro cordobés de ala ancha pero de paja. Como en todas las ciudades, los perros acompañan a la gente discretamente, sin ladrar y sin ningún gesto agresivo. Es increíble como los perros sueltos, que aquí llaman asilvestrados, resultan bastante mas educados que nuestros perros adiestrados y domésticos.

Los buses los cogemos con facilidad, pues un voceador te vende los boletos del que esta saliendo. Los viajes son cómodos, pero resulta insoportable tanta charla a pleno pulmón por celular y tan poco interesante (conversar con la fiscal mi neña haz eso pedido a presio ventajoso que lindo esta todo no es sierto? les quiero chau). Como una oficina rodante y huyendo siempre de la confrontación.

Atravesamos el valle con parcelas de maíz y viñas emparradas con las hojas ya rojas y violetas, enmarcadas en cuadros de verticales álamos negros Algunas se extienden como un sombrajo, imposible vendimiarlas con máquina.

Rancagua es una ciudad grande y fea con muchísima actividad. Hablamos con los de la Fundación Sewell, para visitar el antiguo campamento minero. Solo es posible los sábados, y en un tour con guía que parte de Rancagua o Santiago. Hacemos la reserva desde Santiago y pensamos invitar a Hugo y Gisela para que nos acompañen. Como es una propiedad industrial, la mina sigue en activo, solo tienen autorización dos agencias turísticas, y hay que ir guiados.

Cuando llegamos a Santiago, Hugo y Gisela se han ido fuera. Nos conectamos por whatsapp desde un verdadero templo del café en el reino del nescafé y la leche en polvo: la cafetería confitería Torres. En uno de sus veladores montamos el cuartel general. Cogemos una habitación matrimonial con baño en el Hostal Providencia, cerca de la Plaza de Italia, con ordenadores, teléfonos, futbolín, cocinas, comedores, bar, patios para fumar y mucho guiri mochilero. Nos invitan a unos pisco sour con mango y limón y nos prometen una actuación musical.

Finalmente hablamos con Gisela y Hugo, que se apuntan a la excursión. La actuación prometida se alargó demasiado gracias al pisco. Yo ando resfriado y moqueando y me apreto una pastilla que me deja totalmente dormido.

Fundación Sewell: (5672) 2225678
Agencia VTS: (5672) 2952692 www.vts.cl


jueves, 12 de marzo de 2015

día de viaje con buen final

Bajamos corriendo dormidos y sin lavarnos las escaleras de los árboles, y es de potra que cogemos el bus a Chillán en la puerta de la cerca del mirador. El desayuno va en el bolso, de los cual nos alegramos, pues de haberlo comido y a la velocidad vertiginosa con que baja las cuestas el conductor, aprovechando el carril izquierdo, de seguro ya habríamos vaciado. Son cerros y cerros al borde del Pacífico repoblados de pinos abetos y eucaliptos para le industria maderera. La camioneta para cada minuto a coger a la gente de las casas del campo. ¿A qué tan aprisa si tenemos que esperan en Cobquecura y Quirihue?

De Chillán pillamos un TourBus comodísimo hasta San Fernando. Se empiezan a ver viñas, algunas con bolsas en la parte inferior de las cepas y otras con las hojas violetas. También maíz. En San Fernando un colectivo nos lleva de la ruta 5 hasta la terminal, y allí cogemos el definitivo a Santa Cruz, en pleno Valle de Colchagua, la zona vitivinícola más importante de Chile (y la del mundo, según un jurado internacional en 2005, la primera vez que se premiaba así una zona no europea). Aquí trajeron las cepas los españoles y, cuando los hacendados se forraron con la minería, trajeron cepas francesas de cabernet sauvignon, chardonnay, merlot y carménère. El hecho de que aquí no exista la filoxera (insecto que entró en España en 1870 y se propagó como plaga destruyendo la vid - esto justifica tantas medidas para no introducir ni plantas ni semillas en el país), hace posible ver cepas de más de cien años en perfectas condiciones de producción.

Nos encontramos una ciudad de casas de una o dos plantas como mucho, con mucho polvo y pocos árboles y una enredadera de cables imposibles de descifrar. Viviendas feas de ladrillo, y perros por las calles. La Fiesta de la Vendimia acabó el lunes, ahora pueden estar ustedes tranquilos ¿no es sierto? nos dice el dueño del hostal, que también arrienda bicicletas.

Paseamos por la tarde ignorando las excursiones a las bodegas (Beni no bebe vino y por ese precio podría llevarme un catálogo). Hace mucho calor por estos lares, ellos dicen que no es normal. Vemos algunas casas neo coloniales como la iglesia y el internado de varones, pero nada del otro jueves. En la plaza una casita de reloj enseña sus mecanismos por la ventana.

Al atardecer encontramos nuestra recompensa en la Plaza de Armas, en un banco, rodeados de palmeras de abanico, araucarias, pinos abetos y tilos. Se está bien y fresquito, viendo a la gente y a los perros pasear. Dejamos que la noche la inunde y las farolas hagan sombras extrañas. Es verano y esto es justo lo que recrea.