miércoles, 20 de marzo de 2013
besos tetraédricos
Según Carnetdevol, Alexander Grahan Bell soñaba en su luna de miel con máquinas voladoras con teléfonos conectados, y contaba a su esposa Marian que su próximo proyecto, después del teléfono, sería una de estas máquinas. En 1902 inventó la cometa tetraédrica, sobre la base de una de las estructuras más estables de la naturaleza. Y en 1903, besó a su esposa tras el enrejado tecnológico con ternura y complicidad, ofreciendo al mundo esta hermosa obra de arte (me refiero a la escena fotografiada, muy superior a cualquiera de sus inventos).
A la izquierda: patente de la cometa tetraédrica de Bell de 1904, firmada como Gustave R. Thompson.
Otros intentos posteriores.
martes, 19 de marzo de 2013
último día
Hoy vamos al edificio Barolo, a intentar verlo por dentro. Es un edificio basado en la lectura de La Divina Comedia. El conserje parece desconocer lo de las visitas guiadas, pero enseguida organiza una cuando aceptamos el precio. Llama a un peruano que lleva el mantenimiento y nos monta en el ascensor (no los han cambiado desde su construcción) hasta el piso 14. Pasillos blancos con puertas de cristal. Lámparas chulas. Montamos en otro ascensor hasta el 18, ahora es más pequeño y circular, de una chapa esmaltada rojiza. Y luego escaleras de caracol cada vez más estrechas hasta una habitación circular con balcones semicirculares. Estamos en lo alto de la torre. Las vistas son espectaculares: la desembocadura del río de la Plata, los rascapisos de Puerto Madero, el pasaje que visitamos ayer con sus cuatro torres, aquí el Congreso y su verde plaza, todos sus edificios famosos… Alfonso disfruta como un enano, Isabel no puede salir con su vértigo. En el suelo hay viejas máquinas de escribir, alguna calculadora y lámparas extrañas del año de la polca. Subimos un poco más, agachando las cabezas, y estamos ¡en el faro!. Una habitación de cristal con un foco circular. Da un poco de yuyu estar a esa altura como en el aire, Isabel ni aparece. Ahora bajamos hasta el 14 por las escaleras rodeando el ascensor y en él hasta el tercero. Allí nos explica el mecánico que si arriba estaba el cielo, esto es el purgatorio y el infierno con sus terribles monstruos. También por donde iban los ascensores particulares y secretos del
señor Barolo. Es una completa locura. Salimos por el pasaje observados por dragones, serpientes y pajarracos con lámparas colgantes sujetas de la boca.Mientras Beni e Isabel van de librerías, echamos una partida en los Treinta y Seis Billares. Ahora hay menos gente y hacemos menos el ridículo. Alfonso adelanta diez puntos el marcador para pasar desapercibidos. La mesa recién limpia, nos dan la tiza y nos ponen un mesita con una de a litro y unos manises. ¡Un placer perdido en Madrid! Jugar tranquilamente al billar con una cerveza. Ahora todo se consume rápidamente. Perdemos todo lo que de tranquilo podía tener la ciudad.
Quedamos en el Tortoni, un famoso café ya convertido en visita turística. A esta hora no hay mucha gente y se está bien, demasiado movimiento. Vamos a Defensa a comer a un sitio popular. Nos pasamos antes por la Farmacia de la Estrella, farmacia de estantes de madera donde nos pesamos en su antigua báscula. A Isabel alguien le pisa la plataforma para que pese más, debe ser
una vieja broma. Veo que he adelgazado unos ocho kilos desde que salí y eso
que en Argentina he vuelto a engordar.
Comemos más carne y nos vamos a ver el partido al barrio. Las chicas se van a Florida y manosean libros mientras el Real Madrid ya ha metido un chicharrito. El segundo tiempo es un desastre, Kaká juega mal, y ellos empatan. Nos tomamos unos cubatas y yo me empiezo a entristecer. Alfonso piensa que es por la derrota pero es porque esto se ha convertido en un domingo por la tarde y me tengo que ir al internado. Soy un niño triste, se me puso eso de la barriga y ya tengo ganas de salir y meterme en el matadero. Pillamos un taxi al aeropuerto. Aunque las gestiones son sencillas y no hay colas, yo lo veo todo
feo, todo impuesto por algún comerciante sin gusto.
El avión no es muy grande, pero tiene los asientos pequeños y repretados. Al lado me toca un señor que tiene una parálisis en un brazo y todo el mundo lo traquetea sin piedad: le tiran el café encima y las azafatas no le hacen ni caso. No tiene sensibilidad en un brazo y se pasa el viaje pegándome codazos e
invadiendo mi sillón sin darse cuenta. Creo que sufro más por él, pero sufra por él o por mí, no pego ojo y el viaje se me hace pesado. Cuando aterrizamos tocan las palmas como si fuera un espectáculo (no he visto que aplaudan a los fontaneros cuando cortan la gotera, ni a un carpintero cuando acaba
una silla). Hace un frío del copón. Ya estoy aquí con vosotros, así que seguid vosotros con la historia.
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cuadernistas VII
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Todo el mundo debe tener siempre
dos libros con él,
uno para leer y otro para escribir.
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lunes, 18 de marzo de 2013
cumpleaños

¡Me mataaaste!
dicen cuando no tienen la respuesta a tu pregunta. Y es que son pacíficos y todo lo solucionarían con la palabra adecuada. Pensamos que creen saberlo todo, no es así, es sólo una obligación moral, el juego máximo de la convivencia. Mientras nosotros vamos a pillar al vecino, como un contrario, ellos buscan los puntos comunes. Quizás esto sea lo correcto en una sociedad donde la gente tiene tan distintas procedencias. A nosotros nos aburre. Los uniforma, los hace iguales entre ellos.
Hoy hacemos una excursión en el 39, ese autobús marrón que pasa por Constitución (otra estación impresionante). Nos bajamos en el Alto Palermo y paseamos hasta los parques de abajo: el botánico, el zoo, el Jardín Japonés. Guardo las hojas de la pita, la araucaria, el olmo del Japón, el liquidámbar, el ciprés cano.
Hace un calor húmedo tremendo y arrastro el sueño que me robaron los guiris esta noche. Comemos en el Malba, que es el museo de arte contemporáneo latinoamericano que hoy está cerrado, pero abre su restaurante pinturero atestado de pijos del más alto nivel. Comemos cosas simples, yo un revuelto de huevo con champiñón, pero lo que parece un aperitivo para salir del paso se convierte en una comida rica y agradable. Nos acercamos a ver la terrible enormidad feisma que es la Biblioteca Nacional, un búnker gigante, un transformer de hormigón. Esperamos que levante aún más la cabeza, desentierre el resto del cuerpo escondido en el montículo y se largue con pasos ruidosos a su planeta. Agotados por el calor, nos volvemos al barrio y nos echamos a la siesta.
Cuando vuelven Isabel y Alfonso seguimos dormidos. Traen el miércoles: el cumpleaños de Alfonso adelantado, para celebrarlo con nosotros. Alfonso ha preparado dos alternativas, nos decantamos por la carnaza: La Cabrera, grillado & bar, Cabrera 5099, Palermo Viejo.Hay una cola considerable, fundamentalmente guiris vestidos para la ocasión, que la camarera entretiene sacándoles champán.
Afortunadamente no tenemos que hacer la cola de forma presencial: la camarera nos llama mientras nos bebemos unos vinos en el bar de al lado.
Comemos mollejas, tira americana y el ojo de buey regados con un malbec de 2008 de la bodega de El Esteco, delicioso, creciéndose en el tiempo: Ciclos. El ojo de buey viene un poco pasado y lo echamos para atrás sin el más mínimo problema. La mesa está bien y no estamos demasiado apretados para lo pequeño que es el local (las mesas de al lado están tan juntas que los comensales de una y otra se hacen amigos, necesariamente). Las guarniciones están muy ricas pero el meollo del asunto es la carne que está extraordinaria, sabrosísima; aunque la conclusión que circula por la mesa es que no es necesario (incluso que no compensa) ir a un sitio tan famoso (con las incomodidades y desproporción de precio que supone) para comer buena carne en Buenos Aires. Es difícil asegurar que este ojo esté mejor que el que probamos ayer, y el sitio era más distendido.Nos aprovechamos de la zona para beber cubatas. Isabel descubre que cuando preguntamos si tienen ginebra y nos dicen que no, en realidad si la tienen, sólo que usan la palabra Gin. Nos despachan pues un gintonic y otro con sprite, y a Isabel un jotabé. Y mientras hablamos otra vez de nuestro viaje
(pesados) nos llegan las tres y hay que irse a acostar.
Esto se está acabando, se hace evidente mientras el fresco de la noche veraniega entra por la ventana del taxi y al otro lado hermosos edificios poco iluminados van quedándose atrás. Se está acabando: la distancia de las voces, las sombras, el cansancio de las palabras, lo irreal de las cosas... los trazos inequívocos del final de un sueño.
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domingo, 17 de marzo de 2013
rebeldes sirios en aleppo, domingo 26 de agosto de 2012
Este mismo día, las fuerzas gubernamentales recuperaron el suburbio de Damasco de Daraya del control de los rebeldes, tres días antes y desde entonces, produjeron una matanza de entre 300 y 600 personas.
Fuente: Marc Deveraux
receta para la tarde de los domingos
Se hace una lumbre y la miramos crecer mientras oímos la lluvia. Cogemos ajos tiernos de la huerta y les robamos unos huevos a las gallinas. Quemamos las trébedes y las colocamos sobre el fuego y, encima, una pequeña sartén con aceite de oliva. Echamos los ajetes limpios de la capa exterior y todo lo verde, y partidos por la mitad a todo lo largo, excepto los más finos. Después echamos un trozo de guindilla seca picada y, por fin, se estrellan los huevos y se revuelven con los ajetes no demasiado sofritos. Se abre un tempranillo manchego y se echan unos buches mientras se pica en la sartén y se habla de cosas sin importancia. No falla nunca.
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buenos aires en lunes
Días de gloria y cierta miseria. El viejo esplendor perdido. Salas añejas, fachadas descascarilladas, viejas mesas de billar con incrustaciones de nácar, un neón con unos dados saliendo del cubilete, café que huele a otro tiempo, los viejos Peugeot 504 y los Falcon, las cúpulas de los bancos y los mendigos, la flor morada de los jacarandás, el Molino negro, la madera repintada, los judíos rancios, los relojes parados, las enormes plazas rebosantes de árboles y plantas. El obelisco que no se tiró, las obras que
nunca acaban, las fantasías que no se reparan, la sala que se demoró, el día equivocado.
Hoy iniciamos el paseo en el antiguo mercado de abastos. La fachada marca las distintas naves de su estructura, coronadas en bóvedas de cañón. La luz entra por los cristales incrustados en ellas y vitrales en las fachadas. Por fuera tiene un aspecto espectacular, algo religioso y fúnebre, como un gran mausoleo fascista que ocupa toda una cuadra. Por dentro está completamente destruido. Algún arquitecto sin escrúpulos ha ignorado la sobriedad del edificio y su tremendo espacio y lo ha tapado de forma hortera para convertirlo en un centro comercial feo y desordenado.
Paseamos por Corrientes, una calle comercial muy animada llena de rótulos publicitarios, abigarrada y popular como Bravo Murillo o la Avenida de la Albufera, con más gente y muchos más rótulos, y con un ambiente mucho más cultural y de ocio (teatros y librerías). Un descanso en el Gato Negro, antigua tienda de especias ahora cafetería-bistrot pequeña y acogedora, con ambiente Art-Nouveau. Llegamos hasta el Teatro San Martín, que lo están fumigando y sólo podemos ver su bonito hall de dos pisos. Es un complejo de varias salas y un centro cultural anexo con las paredes intervenidas que parece llevar varios años muerto y que seguirá así, según las recepcionistas, con la actual jefatura del gobierno.
Alfonso nos lleva al Pasaje Doctor Rodolfo Rivarola, con casas iguales y simétricas a ambas aceras, donde nos llama la atención una carpintería y una relojería judía donde el dueño ha intervenido el escaparate con un montón de relojes parados de bolsillo junto a un cartel donde dice arreglar todo tipode fantasías.
Nos acercamos al Congreso por la esquina del destartalado y ruinoso edificio de la Confitería del Molino, de la que sólo quedan el rótulo y las aspas. Nos acercamos al Centro Vasco Francés a ver el frontón y casi el vestuario (¿quieren ver hombres desnuuuudos? nos pregunta un camarero). Lo más
bonito son las estrechas gradas de tres pisos de madera pintada de verde pastel que le da un aspecto de teatro-corrala shakespeariana. Juegan con palas de madera y una pelota rápida. Allí comemos, en lo que parece un salón de baile muy refrigerado, un arroz con un conejo durísimo al que dieron de comer extrañas hierbas y debió morir de algo malo como el aburrimiento. Añoramos el de Panta que en gloria esté. El camarero comete el error de preguntarnos por él, ¡mejor sabe él la triste historia de ese conejo!¿por qué preguntar entonces?. El caso es que se va sin propina.
El café nos lo tomamos en la Asociación de Actores Argentinos entre lo que nosotros consideramos actores de segunda o tercera fila, sin ninguna pista, pero con la convicción de la certidumbre de la apreciación de Alfonso (que es muy leído) de que actor argentino es un pleonasmo.Nos acercamos al Barolo para cruzar su pasaje y enterarnos de las visitas guiadas y La Inmoviliaria. Investigamos sobre las 36 mesas de billar, gran parte de ellas en el sótano (impresionante) y nos acercamos a Florida, que va a tope. Allí vemos músicos y charlatanes, la Galería Güemes, muy bien
conservada, la librería Ateneo, la confitería Richmond (en el 468, con un elegante sótano estilo inglés con billares y mesas de ajedrez, quedamos para jugar otro día). La Sociedad Rural Argentina (un casino con un pequeño restaurante sólo para socios), el edificio cerrado de Harrods y el café Florida Garden. Finalmente terminamos en la Plaza de San Martín y nos acercamos a las oficinas de Iberia para confirmar el vuelo, cerradas.
Una cervecita de descanso en el Florida mientras las chicas alucinan con los efectos que produce su escalera volada. Y hala! Al barrio a cenar. Después de varios intentos fallidos y alguna huída, acabamos en La Parrilla del Plata con un camarero fantasma que nos secuestra durante tres horas. El sitio (una antigua carnicería que aún conserva los azulejos, los ganchos, un cartel del despiece y una vieja foto llena de carniceros) y la comida lo merecen. Volvemos al bife, ahora medallón y ojo, el cogollo. El vino es un Malbec con 10 meses de roble, Joffré e hijas, muy rico. El camarero, a un paso de la locura, nos promete un premio por el secuestro, una compensación. Resulta ser una grappa caliente que luego intenta mejorar con hielo. No nos quitamos la idea del argentino cantamañanas. El caso es que no hay mala intención, sino más bien un intento frustrado de agradar.Al final nada importa, puede el bullicio y alegría del sitio, y las pocas obligaciones que aquí tenemos. Nos vamos contentos a la piltra.
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