Pequeño bar tradicional, en Lavapiés 42, del que apenas queda la barra, los espejos de las columnas y el uniforme del camarero de su glorioso pasado. Tiene también una pequeña cocina, aunque la tapa de la caña es la mínima loncha de un jamón, siempre mejor que una aceituna. El camarero nos ayuda a viajar en el tiempo. Como curiosidad, tiene un dibujo molón de personajes reales del bar en la fachada.
Lo hizo un pintor, me dicen.
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