miércoles, 23 de noviembre de 2022

la vida no vale nada


Estaba estudiando bajo la luz de un flexo. De la radio salió una canción alegre, feliz,  que atrajo toda mi atención. Tanto que subí la calle hasta la tienda de discos y busqué como loco a ese tal Pablo Milanés, que resultó ser un prietito cubano con gafas y pelo rizado a lo Maradona. Ya en casa, lo oí durante un buen rato, extasiado.
Ahora lo busco nuevamente en la estantería, y ahí aparece de nuevo, tintado de verde. Canta otra vez como en plena juventud, como si no hubiera pasado el tiempo, el implacable...
Descansa en paz Pablo. Tu voz sigue llenando el éter de recuerdos.


Te conocí rasgando
el pecho de la muerte un día.
Tú no sabías nada
y eras tú quien la llevaba
de la mano.

Y así tú seguirás,
sin reparar en tu ventaja:
que eres tú quien la lleva,
quien la doma y la amortaja,
caminando.

Eres un espacio que se vuelve
sin espina y que se pierde
en la alegría de volverse.
Pero ya tu voz se está quedando,
ya tu mano está grabando
todo un nombre con sus dientes.

Quién que no haya visto la tristeza
con sus cuatro mil cabezas
puede oírte con descanso.
Quién que no haya amado largamente
y convivido con lo extraño
de este tiempo sin remansos.

Te conocí pegado
a la pared del cielo un día.
Ibas llevando entonces
bajo el brazo una guajira
y caminando,
caminando.

Silvio Rodriguez, 1969

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