sábado, 24 de septiembre de 2016

narvik-oslo






El autobús salió a las cinco y media. Empieza a amanecer. Beni está cansada. El paisaje es hermoso. Rodeados de grandes montañas nevadas, recorremos el fiordo de Narvik, de donde nacen. Todo el mundo tiene su casita de madera y su muelle al fiordo, entre abedules de colores. Llegamos antes de las siete. No entiendo esta putada si el avión sale después de las doce. Trato de cambiar el avión a Oslo. El avión vuela bajo, vemos lagos y montañas, bosques, y también nubes. Desayunamos otra vez.

Oslo está lleno de hinchas que beben grandes jarras de cerveza en Karl Johans Gate, la calle principal. Cantan aquello de campeones. Parece que aquí existe la figura del gamberro. Nosotros descansamos en una terraza dominando el Palacio Real, donde unos soldaditos hacen malabares con los fuscos. Nos vuelven a sablear con la cerveza, pero qué poca importancia tiene hoy que Noruega ha ganado. Paseamos por las calles y el puerto y acabamos cenando albóndigas en un local chulo. Bjork, la cantante de Sugar Cubes, canta con unas lágrimas pegadas bajo los ojos mientras un oso de peluche ataca al cazador del bosque.

Hoy  vamos  más  despacio.

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