domingo, 19 de agosto de 2012

callejeando victoria

Duermo en la gloria. Mientras me afeito me aparecen imágenes de un sueño en que llevaba a David en el coche, delante del buga de Jesús, con Rocky, a un bar en medio del campo. Una señora nos dice que avisemos a los niños, que se retiren de donde están jugando porque anidan unos grandes pájaros que hacen unos agujeros peligrosos. David va atrás, y yo conduzco como si fuera su chofer.

Desayuno leche fría y salgo a  la calle victoriana, entre casas estilo Tudor, Gótico Revival y Queen Anne. Son bonitas por su sencillez, ladrillo visto y unos pocos adornos. Amanece nublado y la ciudad está preciosa. El Museo Marítimo tiene una torre con un faro y una portera voluntaria. Compro dos caracolas para Luis. Las tiendas cierran a la hora del té.

En el Royal British Columbia Museum un mamuth, todos esos bichos que viven bajo la alfombra del bosque aumentados y un diorama gigante del bosque con el oso pardo, el cuervo negro y el cinclus mexicanus bebiendo en el agua real que corre entre los cantos rodados. Otro diorama de las costas, con los leones de mar del norte, el pájaro de pico largo, las gaviotas, el impresionante ciervo rojo (elaphus) y el pequeño de Georgia, la marta, la garza negra de blancas manchas, el mapache norteamericano. Pero lo mejor es todo lo que se refiere a la cultura de los indios que habitaron estas costas hasta que el hombre blanco acabó con ellos, de la que dibujo algunos objetos.

Como junto a los barcos de pesca, en el puerto, en una calle formada por casas-barcos flotando sobre el agua. Recorro la costa. La playa está llena de troncos desbastados por el mar. En el agua, aparecen aletas de las orcas. Los barcos se acercan. Hay un horizonte blanquecino sobre el que se elevan las grandes montañas de Seattle. Paseo por la playa pisando maderos, hay un fuerte olor. Sigo una música country lejana hasta encontrar un grupo disfrazado bailando. Everybody! grita el cantante sobre las faldas al vuelo y los sombreros vaqueros. Las abuelitas se ponen un chándal para no resfriarse, dejando ver las botas blancas de chúpamelapunta. Lamentable para un viejo europeo como yo. Veo jugar al baseball, no entiendo nada. Vuelvo al centro. Me ducho en el albergue, mientras el personal lee o escribe.

La calle está divertida. Un bluesman toca la guitárra metálica, la armónica, una batería con triángulo y el violín. Lleva tres violines y unas veinte armónicas perfectamente alineadas. Y un plato que suena cuando echan monedas. Mas allá, alguien canta canciones oscenas que escandalizan a las jovencitas, que sonríen al pasar. Una de ellas lleva un bolso metálico que parece una caja de balas reciclada.

sábado, 18 de agosto de 2012

en barco a victoria

Amanece lloviendo. Sigo las indicaciones del portero para ir al muelle de los ferrys. Los autobuses tienen una plataforma en el parachoques delantero para dejar las bicis. Está muy bien para trayectos largos como está resultando éste. Logro coger el ferry de las diez y ahora me tomo un café con leche con una supermagdalena en una mesa del barco que navega hacia Victoria. Pasamos entre un grupo de pequeñas islas: Galiano, Mayne, Prevost, North Prender, Saltspring Portland Kanaka y Piers J., hasta llegar a la península de Saanich, a Swartz Bay, al sudoeste de la ciudad de Victoria. Agárrate una silla dice el padre de la familia mejicana. Todas las islas están repletas de árboles, con algunas casas de madera en la costa. Las nubes están más bajas que las cimas, sobre las que brilla el sol. Las islas se superponen, cuanto más lejos más azules y planas (recuerdo, de Veneno,  que los cangrejos de detrás deben estar doblemente bien amparados). La costa es rocosa, no veo playas.

Victoria resulta ser una ciudad con un centro histórico de pequeñas casas de ladrillo visto del siglo pasado. Con un bonito barrio chino lleno de tiendas repletas con mercancías amontonadas en la calle. Todos esos tubérculos liofilizados y ese fuerte olor. En el agua flotan los hidroaviones que van a Seattle. Visito el Parlamento (en la puerta una banda china toca el combosero combosero que se va) y el British Columbia Museum, donde me como un puré marrón con patatas fritas en una terraza rodeado de totems y una casa comunal de madera de las que hacían los indios en la costa. Esto que me he jalado y niente c'est la même chose. Tiritando. Me aprovisiono en un super para llevarme al albergue. Consigo una scooter de 50 cc por 20.000 pelas la semana, sin restricción de kilómetros y el depósito full. Compro una bolsa plana que se hincha para 10 litros y unas correas para sujetar la mochila. Existe la posibilidad de una excursión en grupo por la costa oeste, 3 días por 155 dólares, pero no me apetece un grupo en inglés. Iré a mi bola.

El hostel me gusta mucho. Mogollón de cocinas y frigos. Me asignan un estante. Un comedor con muebles de madera pintada, una sala de juegos con ping pong y una sala de estar donde la gente lee en cómodos sillones de orejas. Hay dormitorios masivos y familiares y una habitación a la entrada para dejar las bicis. El ambiente es muy acogedor.

El centro es muy turístico, con carruajes de caballos, carritos-bici, gaiteros disfrazados y otros espectáculos callejeros oficiales. El Museo de las Miniaturas resulta grotesco, la decoración victoriana cursi. Es la hora del atardecer y resulta agradable el paseo. Un chaval baja en un monociclo y un loro al hombro, un rasta toca el bongó y los jóvenes rebeldes tocan la guitarra acústica mientras los pijillos cogen sitio en los restaurantes románticos victorianos. Los postes indios resultan adornos extraños. Flashes. Un perro con una gorra con la bandera de Canadá y gafas de sol. Potante. Salgo del centro. Ni un alma, excepto alguna casa bonita de madera pintada.

Todos nos cenamos estos fideos chinos, y todos nos sonamos a la vez las narices. Un japo empieza con un rollo de estudiantes; pero yo ya me veo mayorcito. El portero controla. Me hago un cubata con Canada Dry Soda de gengibre. Me gusta. Esta bebida se vendía en el quiosco del campo de fútbol de Bolaños cuando yo era chinorri. El japo saca una calculadora y se pone a hacer números. Oigo unos dados. Termino de escribir en el último buche y me voy al sobre. Felices sueños.

viernes, 17 de agosto de 2012

doménica vancouver




Desayuno tomando el fresco en la terraza de la cafetería de la Biblioteca Pública, que parece un coliseo romano de ocho pisos, sin contar los sótanos, en cuyo interior hay un cubo de cristal. Hoy está cerrada, pero mantiene las mesas y me he traído un café con leche, que me tomo tranquilamente.

Echo la mañana en la Vancouver Art Gallery, donde veo una expo interesante de máscaras indias. Me encanta la de oso, pero, sobre todo, las pelis mudas de las costumbres indias. Son mágicas, te atrapan. Los totems son una especie de memoria familiar, una historia de antepasados que sólo ellos comprenden. También me gustan algunas ideas como la proyección de imágenes en movimiento sobre diez capas verticales de gasa separadas y la atmósfera que crea o una alfombra japonesa de alfileres con la punta hacia arriba. Resulta penoso ver un grupo de disfrazados de indio cantando sus canciones, con los pantalones cortos debajo del traje. De los pintores, me llaman la atención James Wilson Morrice, Emily Carr y el grupo de los siete. Dibujo un rato con los niños en esos colchones que han puesto en las salas por ser hoy el supersunday. En la vieja Europa, sería una profanación.
Pero lo mejor, sin duda, es el circo de Maria Fernanda Cardoso, la reina de las pulgas, el Cardoso Flea Circus. ¡Pasen y vean! La lucha sin cuartel de las pulgas mosqueteras, las pulgas trapecistas, la conquista del Everest, la pulga bala de cabeza dura,  Samson, la pulga forzuda que tira del tren. La pulga Alfredo, que se tira al dedal de agua desde un considerable altura, y falla. Pasen, pasen señores, las localidades se están agotando.

Salgo hambriento en busca de un japo, pero quedo atrapado en la trampa de un steak sandwich suculentamente fotografiado, que acompaño de una ensalada multicultural, una cerveza glaciar Kokanee y, luego, helado y café. Bastante barato.

Me acerco a la playa. De camino, visito el hostel, que me gusta bastante, y reservo para la vuelta y dos días en el de Victoria, la capital de Isla Vancouver. La playa está cerca. Hace fresco y no apetece bañarse, pero sí tomar el sol en los gruesos troncos tumbados que han puesto para el caso. Los valientes se bañan. Al fondo, grandes barcos mercantes atraviesan la bahía.

Me gusta esta ciudad tan abierta, tan joven, que parece haberse hecho para el disfrute de la gente. Se respira libertad. La playa y las calles tomadas, los comercios abiertos en que se venden cosas extrañas, cosas de segunda mano que alguien no necesita, pelos teñidos, peinados creativos, ropa autoconfeccionada, muebles desgastados... Compro una pluma y un rotulador caligráficos y me siento en el Spuntino delante de una pinta fresquita, una Lager Big, mirando a los jovencitos sentados en el suelo. Llego a Granville. El pub folk está abierto. Un grupo decadente con sombreros vaqueros canta canciones country. El público se parece a ellos, viejos cowboys entristecidos por el tiempo. Luego oigo blues en el club del hotel. Me tomo una sopa koreana liofilizada. Pica que rabia. El portero de hoy se enrolla. Me explica cómo ir al ferry en autobús, los horarios y el trayecto en un plano. Me dice que ni se me ocurra coger un taxi, pues me lobeará 50 pavos.

 

jueves, 16 de agosto de 2012

tanteando vancouver

Ana y Beni se van al aeropuerto. Cojo mi mochila y me voy paseando al Royal Hotel, un hotel austero con servicios comunes, cuatro por planta, pero con tele y lavabo en la habitación. Un edificio antiguo con el suelo de moqueta, como los ingleses pero sin tanto olor. Un sillón con los muelles jodidos y el espejo es la puerta de un pequeño armario donde, en las pelis, pasan cosas. Me doy una ducha y me afeito. Me quedo nuevo.

The Station tiene un hall inmenso para todos los transportes. Un edificio de ladrillo visto de principios de siglo, en la punta occidental de Granville. Aquí se pueden comprar los boletos de bus para 90 minutos o un día completo por 1,50 o 6 dólares. En la calle Water empieza la zona antigua, con un aspecto más europeo y tiendas caras. Galerías de arte, restaurantes, una impresionante tienda de juegos (the games people), músicos callejeros. Todo ha cambiado. Han desaparecido los pubs, los sex shops homo, los travestis, los bares de country y jazz, del principio de Granville. Alguien juega partidas de ajedrez simultáneas, a las que, quien quiera, puede añadirse, en la acera de adoquines rojos de Water St. Otro menda toca esa porra de madera que suena como un sintetizador. Farolas de hierro forjado con globos luminosos. Colas en bares y discotecas. En Carral St. aparece el hombre subido al tonel de Whisky Gassy Jack. Una tienda de puros habanos, exclusivamente, con una foto del Fidel revolucionario. El cristal de una joyería hecho añicos. Un grupo de chicas con aspecto latino y asiático pasean en sujetador negro. Hombres con alas, indios que vuelan. Demasiado turístico. Demasiado show. Frente al Hotel Vancouver, paso al fresco de una pequeña iglesia anglicana de piedra y madera con tejado de pizarra sobre su planta de cruz. Descanso.

En Littera Scripta Manet, librería de enormes dimensiones, me siento en un sofá y miro algunas revistas y periódicos. En Virgin, aún abierto, oigo con los cascos la lista de los más vendidos. Doy una vuelta por Robson. Mogollón de gente joven. Latinas reprietas. Música en los coches. Follón, voces, un golpe en la esquina. Papeleras llenas de toda la basura de plástico que generan los Starbucks Coffe, que van de ecologistas y enrollados. A los bajos del Hotel Sutton Place quiere pasar toda esa cola de rubias blanquitas de nariz respingona para ver a algún famoso. Los gorilas las aplacan y ellas chillan y se desesperan.

De vuelta al hotel, y ya cerca, veo una librería de usados con libros en español y algunos números de Bola 8, de Clowes. Desde la ventana veo la cola del Uptown Tavern, en los bajos del Hotel Dakota, sintiéndome como un detective de baja estofa en una peli con poco presupuesto.

miércoles, 15 de agosto de 2012

llegamos a vancouver

El tren sigue el curso de los ríos N. Thompson, Thompson, y Fraser, que desemboca junto a Vancouver en el Pacífico. La luna, aunque menguante, da mucha luz , y vemos masas de árboles y brillos en el agua fantasmales. Amaneciendo, seguimos atravesando la naturaleza más salvaje. Túneles, bosques de abetos y arces. Huele a aguarrás. Son las seis de la mañana y Beni abre un ojo. El sol ilumina las crestas de las montañas, que se hacen de oro. Va despacio, para el regodeo de viajeros.

Ana y Beni están desayunando café con leche y galletas en el bar. Es el único sitio donde mi hermana puede fumar. Controla sus cigarros porque aquí son carísimos (700 pesetas el paquete, que trae dos cajitas interiores de 12 y 13 cigarrillos). Trata de no sobrepasar el paquete. Mientras, atravesamos un pueblo de casas de madera. Un abuelo desayuna en bañador, en su cerca. Nos saluda sonriente moviendo la mano. A las siete y cuarto empiezan las granjas, con graneros antiguos de madera, grandes aspersores sobre campos de maíz y silos. Más y más maíz. Trenes de mercancías. Contamos uno de 108 vagones. El río lleno de troncos cortados, montañas de serrín. Serbales cuajados de bolitas rojas. Para en Port Coquitlam. Enseguida, Vancouver.

El hotel está muy bien. Nos duchamos rápido y nos vamos a ver los totem poles (postes totémicos indios) de Stanley Park. Nos acercamos al acuario, donde impresionan la orca asesina, la simpática foca peluda, que nada hacia atrás y pone su comida en la barriga mientras es feliz, la beluga albina, el octopusi (esas extrañas aperturas para respirar), el tiburón blanco, la anémona verde, y el cangrejo Fiddel, con una pinza como un guante de boxeo y que anda de lado. En un café italiano nos tomamos unas cervezas con empanada de pollo y verduras.

A las cinco de la tarde, en plena siesta, comemos en un mongol (717 Dehman St.) en que preparan la comida en una plancha circular donde la manejan con palos de churrero. La cosa consiste en una especie de alambre mejicano en que tú eliges los ingredientes y se los das al cocinero. Uno puede coger filetes finos de todo tipo de carne y todo tipo de verduras y echarlos a la plancha. Se hace enseguida, pues todo está picado como el alambre y se come con palillos. También le echan gengibre (nada recomendable), semillas de sésamo o piña en almíbar. Nos cuentan que los mongoles hacen esta comida desde hace 2.000 años. De postre, rodajas de naranja. Luego una galleta cuyo relleno es una frase filosófica.

El centro de Vancouver es movidito y con buen rollo, cosmopolita. Mucha gente joven. Japoneses, veraneantes del vecino Seattle, rubios con pendientes. Las tiendas se salen a la calle con ropa hippie y grunge. Mucha segunda mano. Reservo un hotel en Grenville St. por 8.000 pelas la noche. Vamos de terraza en terraza entre modesnos y punklis. Todos quieren gorronear tabaco, que es tan caro. Estos sitios abren las 24 horas del día, aunque cierran los servicios de noche para que la gente no se meta. En ésta, la de Spuntino,  la camarera tiene afeitada la cabeza, excepto una coleta central roja. En un lateral tiene un tatoo con una estrella de cuatro puntas. También lleva unas botas del Doctor Martin que de seguro le estarán cociendo los pies.
Las chicas se van mañana. Hacemos un rápido balance que puede resumirse en que muy bien.

martes, 14 de agosto de 2012

otra vez en tren hacia vancouver


Los vecinos, entre ellos uno de San Sebastián de los Reyes, nos despiertan muy temprano. Tenemos que colocar todos los trastos del maletero en las mochilas, pues hoy devolvemos el Plymouth Neon. Enciendo la barbacoa y caliento la leche en una lata de cerveza y hago tostadas a la brasa con el pan de molde.
Amanecemos con un extraño cielo con estrechas y largas nubes en formación horizontal, en paralelo, formando grandes arcos como para una bóveda gigante. Se van cerrando, visualmente, hacia el horizonte. Se agradece, pues estamos en un descampado del camping.
Nos duchamos en la laundry. Los chavales esperan a que su ropa se seque escribiendo diarios. Librillos como el mío en que sólo escriben.

Montamos otra vez en el transcanadiense plateado. En la ventana el Monte Rodson (3.9954 m.), un enorme glaciar cerca de Murtle Lake, y el Thompson River. Blue River es un pueblecito de cuatro casas alrededor de un granero de madera. Un incendio al otro lado del Thompson. Mucho humo y árboles calcinados. Los helicópteros atraviesan las columnas de humo. La pequeña estación de North. Lagos y rocas peladas. Luego empresas, refinerías. El tren lleva encendido su gran faro frontal, bordeando los lagos, iluminándolos. Es nuestro entretenimiento en estas grandes curvas, hasta que el sueño se apodera de nosotros.

lunes, 13 de agosto de 2012

vuelta a jasper

Despertar agradable después de un dulce, suave y arrastrado sueño donde no existía nada sólido, y mi casa era la cresta del espeso líquido de felicidad y relax. Son las seis de la mañana y salgo fuera, y me cargo en unos segundos un montón de violines. Putos gases. Hay luz, aunque el sol aún no ha salido.  Me vuelvo a dormir, aguanto hasta las ocho.

Todo está sereno con esta luz. Los árboles se empiezan a iluminar. Las casas de madera pintada de marrón en las paredes y blanco en puertas y ventanas. En los porches siguen durmiendo bicicletas y zapatillas. Hay una casa más para familias completas con bebés, junto a otra pequeñita que las familias usan como sauna. También un porche para fumar. La lumbre circular, en el centro del campamento, sigue encendida. Hay troncos para sentarse alrededor y, más alejadas, mesas con bancos para comer, leer o jugar al ajedrez. Una casita contiene todos los retretes. Y, más alejada, la casa del guardés, de aspecto nazi, que debe disfrutar de todo esto. Los niños tienen columpios y toboganes. La luz es de gas, el agua se saca de un pozo artesano. Estamos rodeados de bosque de grandes abetos, de cuyas copas se levantan picachos de piedra. Se prepara una familia que viaja en bicicleta. El padre lleva enganchado un carrito donde mete al bebé.

Camino de Jasper, pasamos los lagos Hector, Bow y Peyto otra vez. La gasolina sin plomo está a 68 pesetas el litro. Nos comemos unos potages en el camping Jonas Creek, ya pasados los glaciares. Paramos a ver los lagos Buck y Osprey, entre el bosque, ahora más bajo, con abetos, enebros, rosales silvestres... Nos cruzamos con muchas motos tipo goldwing. Parece lógico el uso de estos sofás si la velocidad está tan limitada.

Jasper. Un pueblo de aquellos del lejano oeste donde se comerciaba pieles con los indios iroqueses, sombreros de ala ancha y camisas de cuadros rojos y negros sobre caballos, nieve y abetos, alces, osos y la policía montada. Todo esto ya lo hemos visto en la tele. Unas pintas en la Taberna del Perro Muerto. Lavamos la ropa en el laundry, y nos duchamos. 200 pelas por diez minutos de placer. Compramos chuletones de buey y nos instalamos en el camping. Aquí también hay barbacoa con leña cortada en astillas, palos y troncos. Nos hacemos la carne a la brasa y calentamos el pan de molde. Es madera de chopo, arde rápido.
Todo se hace hermoso al atardecer. Las columnas de humo se van apagando y los vecinos se meten en su roulot. Nosotros nos quedamos hablando y bebiendo gin sprite con hielo en una mesa sin humo.

domingo, 12 de agosto de 2012

más lagos, bosques y una fogata en moosequito


Las chicas deciden dormir en la tienda de campaña, donde sólo caben dos. Yo me quedo a dormir en el Plymouth. En medio de la noche se oyen ruidos. Al rato, llaman a la ventanilla. Son ellas asustadas. Estarían más tranquilas en el coche. Me meto en la tienda. Mucho mejor. Duermo de un tirón hasta que la luz me hace sacar la cabeza en medio del bosque, donde las ardillas van a su aire.

Ya de viaje, paramos en los Túneles Espiral, unos túneles curvos construídos para que el ferrocarril pudieran subir la montaña según un sistema suizo. Visitamos el Lago Louise, en honor a una hija de la reina Victoria, que también da nombre al pico y el glaciar al fondo del lago, mirando hacia el Chateau (un hotel de lujo). Un señor a lo tirolés toca un gran cuerno para demostrar el eco del valle. Esto es tan rebonito como esas postales enmarcadas en algunas casas, ante las que uno se pregunta ¿dónde está eso, existe realmente?

Louise Lake
Comemos junto al Lago Moraine, en un merendero con mesas y bancos, retrete y agua caliente, mirando el magestuoso pico de Temple, de 3.543 metros de altura, y los picos helados Ten Peaks. Caen dos ricas ensaladas, un paté y una melona. Paseamos bordeando el lago, por el bosque, siempre acompañados por las ardillas listadas de rabo fino, hasta los rápidos. Hay senderos hechos de madera, con barandillas, para que la gente mayor, niños y discapacitados puedan visitar estos sitios alucinantes. Hay rampas y retretes en mitad del campo.
Moraine Lake


No queremos alejarnos más al sur, volvemos hacia Jasper. Paramos en el hostel Moosequito Creek,  a la orilla del río Bow. Está muy bien. Tiene cuatro limpísimas casonas de madera llenas de literas, una para tías, otra para tíos  (demasiado rígido) y otra de servicios (cocina, comedor, sala de estar, sauna). Nos apalancamos en un porche muy agradable. Por la noche hacen una hoguera circular en el exterior. Los clientes traen cosas de comer y las ponen en la lumbre. Nos invitan. Ya oscuro, nos dan unos almohadones y sábanas limpias y nos hacemos la piltra. Hasta mañana!

sábado, 11 de agosto de 2012

paseando por un glaciar y un sitio para dormir



Despertamos con agua helada y desayunamos en el albergue de Athabasca Falls. Seguimos el curso del río hasta su nacimiento. Pasamos por las Sunwapta Falls, un afluente del Athabasca. Y, por fin, el Athabasca Clacier. Un autobús nos sube la montaña y otro, ahora con seis ruedas tan grandes como las de un tractor, nos sube dos o tres kilómetros por el glaciar. Allí arriba nos bajan para darnos un paseo por la cima del mundo (esta parte del mundo jamás se desheló desde la Cuarta Glaciación) caminando sobre el hielo azul verdoso.
El todo terreno nos sube por la parte superior, donde el hielo está más compacto y no hay peligro de derrumbes. Sin ningún calzado especial, pero con mucho cuidado pues es como pisar rocas heladas, muy resbaladizas. Los pies cogen frío enseguida. El espectáculo es alucinante.

Nos llevan a una expo sobre los glaciares donde nos ponen una peli muy interesante rodada a día por segundo para ver el movimiento del glaciar, cosa imposible a simple vista. Los animales que viven aquí, como la perdiz gris que vimos ayer, con los sonidos que hacen. Y una maqueta del Columbia Icefield, que es una gran zona alrededor del monte Columbia (3.747m., el más alto de Alberta) que permanece siempre helada y con nieve (preciosas imágenes desde un helicóptero), de la que salen los glaciares en todas direcciones y sentidos.

Comemos en Mistaya Falls y luego vamos al hotel del Lago Louise. Está completo. Vamos al albergue de las Takakkaw Falls, frente a una inmensa catarata que cae de una pared cortada. Full. El hotel del Lago Esmeralda como último recurso, cueste lo que cueste. Es un grupo de casitas en una isla dentro del lago. Nos cogen las mochilas y nos llevan en un microbús. Luego nos piden el nombre de la reserva. No tenemos reserva. Está completo. Nos vuelven a montar en el microbús y nos dejan junto al coche. Bueno, hemos estado un ratito viendo el lago color esmeralda. Desesperación, en Field no vacancy.

Acabamos en un camping en el Yoho National Park, a la rivera del río Kicking Horse. Es un bosque alucinante de altísimos abetos con pequeños claros que sirven de plazas para los campistas. Un hueco para la tienda y el coche con una barbacoa, una mesa y bancos de madera y un grifo de agua potable. Al lado hay un comedor techado, una barbacoa y servicios con agua caliente. De vez en cuando, se cruza una ardilla. Se oyen cuervos y búhos por la noche. Todo está lleno de carteles con advertencias de no dejar comida fuera, pues serán el menú de los osos. También hay un porche con leña cortada en troncos para hacer fuego. Cargo las botellas de agua ante la atenta mirada de un ratón simpático, con pelo marrón rojizo y rabo grueso. Sus ojillos son como bolitas negras brillantes. Nos miramos el uno al otro. Me has mojado, dice, y se va entre las plantas.

 

parís 1932




SJ se pasea por Sevilla. Parece que Granada, Cádiz y Jerez han respondido. Valladolid, León. Alguien se fue de la lengua, pues la respuesta gubernamental ha sido rápida. Boss ha llamado a muchos clientes y los ha convencido. Detenidos en Madrid. También Varela que, finalmente, nos falló. Al final del día, muchas escaramuzas y mucha gente atrás para no ser expulsada. Finalmente, recibo un cable en clave comunicándome el encarcelamiento de SJ y su hijo. Expuse mi opinión sobre lo precipitado sin haber trabajado más el futuro y la opinión pública. Habrá más oportunidades.
Hago proselitismo con los abuelos alemanes y descanso en brazos de Anne, que renace cada noche en los tugurios de París. Me confiesa su embarazo. Mando a Karl a Madrid a una misión imposible. Hablo con el amigo Walter y pido la organización de Barcelona y las islas. Seremos felices.