lunes, 19 de agosto de 2013

paseando por la costa


Desayuno en el hotel esperando que se levanten. Vamos al Cabo de Peñas, donde ellas desayunan mientras paseo hasta la cruz. Hay un bote donde la gente mete papeles doblados con leyendas. Vive alguien en la casa adosada al faro. Una señora de amarillo cuelga la ropa en la parte trasera. La costa brilla como un espejo. La plataforma del cabo es plana y cubierta de flores de unas plantas duras con pinchos, como para aguantar los fuertes vientos. Los acantilados producen vértigo de lo altos que son. La niebla apenas si deja ver las playas de Verdicio. Vuelvo pisando este suelo apelmazado al restaurante del cabo.

Vamos a la Playa de Tenrrero, de arena fina y con una gran duna en el centro. Siguiendo un sendero al Oeste, subimos a un prao donde está la caseta de socorristas y una bandera roja. La gente se baña desnuda. Siguiendo el sendero, llegamos a San Martín de Podes, un pueblo con unas cuantas casas dispersas. Bajamos hasta el río y seguimos su curso por un camino entre huertos y el rumor del agua. Barcas boca abajo cubiertas de hierba. La segunda casa a la derecha, nos dicen.  En la plaza entramos al edificio con una torre de tres pisos. Esto es Molín del Puerto. Dentro hay un bar decorado con rocas de mar y tablas pintadas. Detrás de la barra enfrían las botellas de vino y sidra en un canal desviado del río. Una terraza y el embarcadero de Lampero con barcas volando. Cuevas con puertas y ventanas para los aperos de la pesca. Parece que hubiéramos atravesado esa cascada que nos separa del mundo. Una familia se baña con zapatillas, tomando el sol en las rocas. En la terraza nos comemos una llapas en salsa, un sargo y una lubina, y de postre unas tartas de queso que aquí llaman flan de cabrales. Todo de maravilla.

En la siesta nos dicen que Candás es guapo, y aquí estamos. Un hotel espantoso casi se carga el dicho. Se vende como la mejor vista del Cantábrico, hay que joderse. Visitamos las terrazas de los bares con sardinas, navajas, croquetas de marisco, mejillones... En la parte baja del rompeolas se sienta la tercera edad, por arriba pasea la gente entre las largas cañas de los pescadores que ahora sacan un pez de más de un kilo de hermosos colores. Huele a mar, a algas. Los pescadores cuentan a los chavalillos cómo pescaron un pulpo de más de dos kilos en aquellas piedras del fondo. La gente va arreglada con sus polos, como recién salidos de misa. Nos sentamos en una terraza resguardada del viento. Comemos pipas Facundo, de Palencia. En el envase han relegado vilmente aquello que dijo el toro al morir.

A las diez nos volvemos al hotel, con una parada en la cafetería del camping de Bayugues. Me gustan sus lámparas oxidadas, pero nada su olor a aceite rancio ni las voces de los clientes.

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