Aún sonaban los estruendos de las bombas en mis oídos. Los camaradas bebíamos en aquel sótano infecto para lamernos las heridas. El espectáculo era grotesco. Siluetas negras con movimientos torpes, enfermizos, levantaban las jarras y las botellas olvidadas del mundo, y del acordeonista que tocaba en aquel pequeño escenario.
De repente ella se levantó, de una forma solemne, religiosa. Se diría que una luz iluminaba su cara de blanco escayola, sus labios rojos, su pelo oscuro recogido en la nuca. Pareciera que nunca hubiera vivido una batalla, que no hubiera existido aquella estúpida guerra.
Con pasos decididos machacó la madera de la escalera y se cuadró en el escenario. Levantó la cara con orgullo y empezó a cantar haciendo elipses desiguales con su labios rojos. Sin música. Las sombras bajaron las botellas y las jarras y, poco a poco, se fue haciendo el silencio hasta dejar limpia esa enérgica voz.
Un bebé escondido en lo más profundo despertó.
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