La dedicación a la enseñanza comporta establecer, con un cierto rigor, toda una serie de parámetros técnicos de modelado y acabado de las piezas. Personalmente, cuando estás frente a la gran cantidad de posibilidades plásticas que la cerámica ofrece, una tendencia interior te conduce a abrir una nueva hoja en blanco, a desprenderte y olvidar lo aprendido y repetidamente explicado. Nuevas maneras de trabajar determinan un lenguaje diferente, con el que podemos establecer las bases sobre las que desarrollar una obra en la que la materia pueda expresarse en estado puro.
No modelo las piezas, mi trabajo se basa en reunir las condiciones para que las formas aparezcan.
Todas las formas básicas iniciales son poliedros regulares o conjuntos de poliedros regulares, caras planas de ángulos rectos y perfiles definidos, donde quedan grabadas todas las alteraciones formales del caos del proceso posterior.
En un primer momento, la observación del comportamiento de la materia, según se modifique o no la densidad de la masa de barro, por la adición de diversos materiales y su comportamiento posterior durante el proceso de secado y cocción, determina la metodología de trabajo a seguir.
La acción constructiva de la forma, en un primer momento, puede ser tanto la de mezclar el material en la pasta (granulado de vidrio, copos, maíz, etc.) como la de sumergir el material dentro de la barbotina para que la absorba (esponja, papel, etc.). En una segunda fase constructiva se plantea el recubrimiento, o no, de las superficies del volumen base con barbotinas o planchas de la misma pasta o de distinta. Las distintas densidades, según el tipo y cantidad de material mezclado y el recubrimiento posterior, determinarán el comportamiento tanto durante el secado, principalmente por la resistencia física de la materia frente a la contracción del barro, como durante la cocción.
Finalmente, los acabados superficiales, aunque en general intento evitarlos, en algunas piezas pueden adquirir un gran protagonismo: acompañan y, en algunos casos, refuerzan la estructura de la forma. En general, son vidriados transparentes para iluminar y suavizar zonas o como soporte de los lustres metálicos; básicamente, estos son los recursos empleados.
En el límite suceden las cosas que me interesan.
Desde la vitrificación mínima, donde el barro ya no se deshace al contacto con el agua, hasta el paso a un estado de semifusión o fusión, donde la forma pierde el volumen tridimensional y busca estirarse en un intento de ocupación máxima de la superficie, junto con todas las fases intermedias de temperatura, se da el amplio margen evolutivo de las formas base hacia nuevos aspectos íntimos del juego entre materia y fuego. Dilataciones y contracciones por temperatura, pérdida de volumen por vitrificación, movimientos de la forma por fusión, desplazamientos de la materia sólida sobre fondos inestables… condiciones que recuerdan el origen y la evolución de la Tierra, recreaciones de testimonios del poder de la naturaleza a escala humana.
Sin duda, detrás de todo actúan unas determinadas leyes físicas y químicas inalterables que coordinan los procesos pero, aun así, la búsqueda de razones científicas no es el trabajo del buscador de formas; cuando no hay explicación aparece la magia. El horno, como factor último determinante del resultado final, es la fase menos visible: una caja cerrada donde los sentidos penetran ligeramente y con dificultad, una visión mínima del interior a través de la mirilla, una sonda que indica la temperatura de un solo punto, el ruido de la combustión, el olor de los gases efervescentes desprendidos de mil y una reacciones… son los únicos elementos de valoración, junto con una incierta experiencia que solo te prepara para la sorpresa. Un antes y un después sin retorno: esta es la idiosincrasia del proceso cerámico.
Cada una de las piezas es única e irrepetible, en el punto en que muestran físicamente la metamorfosis del barro, según una determinada densidad y volumen y en un preciso momento de tensión interna por la acción del fuego que, al desaparecer, deja el testimonio de la forma —nunca mejor dicho— congelada. Una pérdida definitiva de la plasticidad en favor de la dureza, en un camino sin retorno. En principio, esta es una característica común a toda la cerámica; la diferencia está en que, en mi trabajo, es el factor determinante conformador de la obra.
Para mí, todo lo que sale del horno forma parte de una única obra y no se puede separar entre piezas buenas o malas, antiguas o recientes. Muestro aquello que mantiene una estructura unitaria y una lectura más esclarecedora del proceso de transformación de la estructura del barro.
Mi trabajo no es una abstracción de la realidad, son realidades: obtener la máxima diversidad de comportamientos del barro y su consolidación en piezas que sean el reflejo de un instante, en el que lo anterior y lo posterior puedan intuirse como parte de un proceso.
Las formas no se crean, ya existen; el trabajo consiste en descubrirlas, en hacerlas aparecer…
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