domingo, 26 de junio de 2016

capri c'est fini






A las nueve aún no ha llegado la prima colazione, il primo pasto della giornata. Llamo al jefe que se hace el despistado, y nos trae los capuccini. Via Nilo. Una librería de ilustradores. Bajamos a los muelles y esperamos el barco de Capri, un catamarán gigante que deja un ancha estela de espuma.

Llegamos a Capri, una isla bonita con grandes cortados de piedra cubiertos de una capa verde, como una peluca rizada y enmarañada. Visitamos las playas de abajo, casi todas incómodas, de cantos, excepto alguna repleta de italianos morenos que comen albóndigas con tomate. Luego subimos hacia el castelo en el funicular, tras una cola. Todo está lleno de tiendas caras y unos extraños taxis con un toldo por capota. En vista del nivelillo, compramos la comida en un súper y nos vamos a la Marina Píccola, al sur de la isla, muy urbanizada, a zampar bresaola, mortadela, queso y unas birras, con vistas a los peñones gigantes, donde un castillo se camufla de verde. Pinos, palmeras, ailantos y adelfas. Buganvillas repletas de flores. Nos bañamos en una playa pública. Una dominicana nacida en Nueva York dice amar las islas a pesar de no saber nadar.

Vamos en minibus a la ciudad, como de otra época. La ladera de la Marina Grande está preciosa. Bajamos en bus a un barco más antiguo y pequeño, pero mucho más acogedor. Los italianos se parecen a nosotros. Quizás con facciones más brutas.

Simonetta nos invita a cenar por teléfono. Quedamos con ella en el puente del Teatro San Carlo. Nos lleva a casa, donde Enrico prepara la cena. Han estirado su cena y los niños se quedan con hambre. Son guapos, Tomasso y Marcelo. Simo me prohibe afotarlos (?). El pequeño se enrolla con Beni y le enseña la casa. Se respira un aire burgués, catalán, con esa respetuosa distancia. Enrico trabaja en la Universidad y se presentó a las elecciones por un partido independiente de izquierda. Simo nos guía por el laberinto de escaleras de su casa hasta esa terraza con hermosas vistas al puente en lo que fuera una zanja enorme para separar el barrio rico de los barrios españoles, según Tomasso. Simo no da crédito a la versión. Mientras hablamos, Marcelo trae sus vehículos hechos con el Lego. Nos recomiendan dos trattorías y el museo frente a Subterránea, con un cruce de calzadas griegas. También nos explican cómo llegar al más antiguo eucalipto de Europa y a la tumba de Virgilio, un poco más adelante, Parco Virgilio y la ciudad industrial abandonada.

En la parte superior de la casa, guardan un pequeño apartamento de un amigo, donde archiva sus cuadernos de viaje, su tesoro, aunque no vive aquí.

Volvemos a casa. El bar está cerrado y no podré tomar mi vaso de leche fría.

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