viernes, 27 de febrero de 2015

el estrecho de magallanes



Dejamos Puerto Natales en un bus comodísimo que nos lleva por la planicie esteparia durante tres horas casi en línea recta. Vegetación baja y amarillenta, matorrales, algún árbol que el fuerte viento inclina. Lagunas con flamencos rosas. En el aeropuerto se bajan todos aquellos viajeros que vuelven a Santiago. Algunos ya conocidos se despiden.

Punta Arenas es una ciudad grande y hermosa. De calles anchas y casas bajas, de ladrillo. Con mucha vegetación, especialmente cipreses de varios troncos unidos con el hermoso aspecto del cedro del Líbano y del que podan sus ramas más bajas, y de unos tamaños espectaculares. Antes tenían un letrerito con sus nombres, pero eso ya se acabó, me dicen en la Plaza de Armas, donde está la Casa de España y el enorme edificio neoclásico del negocio del insigne español, de Avilés, José Menéndez, el rey de la Patagonia, enriquecido con el negocio de la lana, pionero en la cría de ovejas y corderos traídos de las islas Malvinas (dicen los chilenos que el mejor cordero está aquí, en la estepa plana, comiendo una hierba llamada coirón). También tiene una calle principal y se conserva su casa original, que fue la primera construida de ladrillos, traídos en un vapor de Uruguay, de donde era su señora. Ahora Club de oficiales.

Vemos la aburrida iglesia. Sacamos dinero del Banco de Chile, que no cobra comisiones. Nos despedimos de la estatua de Don José, con gafas redondas, y subimos al mirador. Ahí está la ciudad de tejados de chapa ondulada entre el verde de los muchos árboles. La dibujo al abrigo del fuerte viento. Al fondo: el puerto, el mar, el Estrecho de Magallanes. Y más aún: las siluetas azuladas del la Tierra del Fuego. El fin del mundo.

El 21 de octubre de 1520, el portugués renegado Magallanes encontró por estos lares, la tierra que él mismo llamó Patagonia, una gran entrada del mar tras el cabo que llamó de las Once mil Vígenes. El 1 de noviembre entró al estrecho que llamó de Todos los Santos. Venía financiado por Carlos I y Cristobal de Haro para encontrar un paso a las Islas de las Especias (Molucas). A su paso encontró fuegos encendidos en la costa sur, y la llamó Tierra de los Fuegos.

Hasta la creación del Canal de Panamá, este estrecho era paso obligado para los viajeros a la costa del Pacífico, lo que lo convirtió en un muy importante puerto. Por aquí pasaron y se quedaron miles de emigrantes, especialmente con la fiebre del oro, creando grandes comunidades. Croatas, suizos e ingleses. Y jornaleros de Chiloé. También escoceses, irlandeses, españoles, alemanes.

Casas señoriales de los reyes de la lana. La iglesia anglicana junto al instituto inglés, con ese toque colonial. Bonitas casas forradas de chapas. Las avenidas de Colón y España. El Museo Regional.

Cuando el sol se esconde hace un frío quepaqué. Es tan fuerte que es imposible mirarlo y una nube puede conseguir pasar del calor al frío. Compramos la cena en el súper con una cerveza Austral, fabricada aquí y creada originalmente por un inmigrante alemán. Nuestra habitación es más bien un apartamento, con dos habitaciones y baño.También tiene frigo. La casa tiene un pequeño jardín.
Nos hacemos unos bocatas a la chilena. El embutido y las salchichillas combinan de maravilla con el aguacate maduro. La cerveza me deja un poco así y dejo este asunto.


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