viernes, 18 de abril de 2014

realismo mágico





Hace un siglo, la United Fruit fue una de las corporaciones más poderosas del mundo, un gran monstruo que traficaba plátanos por los miles de millones. La empresa tenía su sede en Boston, pero tenía colonias en toda América Central y América del Sur. Hubo una escuela en cada pueblo, un campo de golf y un club de peces gordos. Después de 1932, este mundo, conocido como Bananaland, fue dirigido por Samuel Zemurray, Sam el hombre del plátano, un enorme y colorido ruso que comenzó vendiendo plátanos pasados en los mercados de Mobile, Alabama, y terminó tan poderoso como un rey. En United Fruit, Zemurray era una especie de hombre de Estado corporativo con su propia cultura, su propia historia, incluso su propio mito de la creación. Un mundo como se ve desde el interior de la valla electrificada. Las calles más allá eran exóticas, extrañas, llenas de chabolas peligrosas y maleza trepadora.


En la ciudad del banano de Colombia Aracataca, un niño observaba los hábitos de los Yankees, su sentido exagerado de autoestima, la mentira de su mitología. Él era travieso y de pelo oscuro, uno de una multitud de niños quienes, a los gringos, no eran de mayor importancia que las cifras sobre el fondo de pantalla. Así que aquí tienes, como en una pantalla dividida, dos formas de vida: de este lado, Sam el hombre del plátano, que iva por todas partes en pantalones de color caqui, gritando órdenes, maldiciendo en cinco idiomas, para que los trenes llegaran a tiempo; en ese lado, en una casa destartalada en la carretera, Gabriel García Marquz, el niño que va a escribir las palabras que va a cambiar todo. Es una gran ironía: al final, el rey del banano y su todopoderoso compañía, con su dinero y su marina privada, serían derrotados, en gran parte, por un libro, "Cien años de soledad", que cuenta la historia de la ciudad fuera de la alambrada, que Márquez describe como "vallas metálicas que en los amaneceres de verano fresco eran negro con golondrinas carbonizados".

Márquez escribió una especie de Biblia, la historia de la United Fruit rehecha como la historia del faraón fue rehecha por los escribas de los ganadores. En la universidad, lo llaman "realismo mágico", pero, si usted sabe la historia, usted entiende que no es tan mágico, que la materia de los periódicos vuelve como experiencia vivida. Todo aparece en Marquez del hombre del plátano original ("cuando trajeron a la mesa del pelotón atigrado de plátanos que estaban acostumbrados a colgar en el comedor durante el almuerzo, tomó la primera pieza de fruta sin mucho entusiasmo ...") a la ciudad, ya que apareció después del colapso de la empresa ("en las calles pantanosas estaban los restos de muebles, esqueletos de animales cubiertos de lirios rojos, los últimos recuerdos de las hordas de los recién llegados que habían huido de la ciudad tan salvajemente como habían llegado ").

Rich Cohen


Igual que muchos escritores latinoamericanos, Gabriel García Márquez ha sido inextricablemente ligado a un estilo de la literatura conocida como "realismo mágico". La literatura de este tipo por lo general se caracteriza por elementos de la fantástica entretejida en la historia con un sentido inexpresivo de presentación. El término no deja de tener una gran cantidad de controversia y ha sido objeto de ataques por numerosas razones. Algunos afirman que es una resaca post-colonial, una categoría utilizada por los "blancos" para marginar a la ficción del "otro". Sin embargo, parece haber llegado para quedarse, y es más o menos inevitable que surja en cualquier discusión sobre García Márquez.



Entre la novela y el periodismo no creo que haya ninguna diferencia. Las fuentes son las mismas, el material es el mismo, los recursos y el lenguaje son los mismos.
En el periodismo un solo hecho que es falso perjudica toda la obra. Por el contrario, en la ficción un solo hecho que es verdad da legitimidad a toda la obra. Esa es la única diferencia, y radica en el compromiso del escritor.
-García Márquez


El escritor y periodista colombiano Gabriel García Márquez fallece en Ciudad de México a los 87 años. Obtuvo el Nobel en 1982 gracias a obras como 'Cien años de soledad'

casillas nocturnas



dibujinchis de crumb vestidos de gala





Taschen presenta estos días el segundo estuche en edición limitada de sus bocetos y garabatos, un cofre sensacional que se completa con una lámina firmada, numerada y autorizada por el autor. Mil trescientas cuarenta y cuatro páginas de migajas de genio por 750 euros, un peuvepé razonable si tenemos en cuenta que la primera referencia que editaron del artista, el fabuloso Robert Crumb's Sex Obsessions, marcaba lo mismo por doscientas cincuenta y ocho.

No dejan de ser libros pero, tanto en su preciosa confección como en su puesta en escena, traen un aroma de obra exclusiva que nos aproxima el arte original, una experiencia que toma fuerza en las ediciones llamadas de artista que produce IDW Publishing, lujosos volúmenes que reproducen clásicos contemporáneos de la historieta a su tamaño de confección original, dando luz a correcciones e imperfecciones, evocando la mano del dibujante, ofreciendo una humanidad que hasta el momento solo podía apreciarse en las planchas originales.

Desinteresado de la vida moderna y asqueado de las prebendas de la fama, Crumb ha delegado por defecto la gestión de su patrimonio en albaceas que le ahorrasen el trago de interactuar con personal gris marengo, y ha sido siempre Aline Kominsky, su esposa y colaboradora, quien le ha ido embarcando en operaciones de esta rentabilidad. Fue ella quien le convenció para participar en el documental que le dedicó su amigo Terry Zwigoff en los años noventa, extraordinaria película que supondría la primera piedra en la construcción del "artista", y fue Aline también quien le incitó a entregar a un coleccionista europeo un maletín lleno de dibujos a cambio de una casa de piedra centenaria en la campiña francesa.

Allí se mantiene ocupado dibujando, bien a salvo de EE.UU, meciéndose en sus viejos discos de pizarra y haciendo lo que hizo siempre, darnos por perdidos, tal vez intentando desentrañar el misterio, intentando localizar cuándo se dio el quiebro, mientras la adorable Aline alza su copa de Borgoña y ríe en el porche con risa de Damien Hirst, sabedora de que, como el más repugnante de los personajes de su marido, lo vamos a querer comprar todo.

Rubén Lardín  eldiario.es  01/04/2014

jueves, 17 de abril de 2014

últimas fotos de manila









último día en manila





Desayunamos viendo el parte metereológico de Australia en la tele. Recorremos las galerías de pintores locales que hay en el barrio y acabamos en el Parque Rizal. Hay un apartado para los niños con animales por los que entrar y salir y réplicas de animales prehistóricos. Una pareja pretende pasar el día en la boca de un hipopótamo.

Nos gusta el Museo del Pueblo Filipino. Vemos los dioses del pueblo ifugao y su cultura del arroz, los descubrimientos de Vicente Madrigal, las cajas de barro con forma humana, que dibujo, y algunos yelmos españoles.

Llegamos a Intramuros, compramos algunos regalos. En un pequeño parque juegan al ajedrez. Parque Rizal  está hasta arriba de gente echando la siesta y esa señora de rojo vendiendo esterillas. La inmensa embajada de Estados Unidos. El malecón. El Bulevar Roxas. La plaza de la Iglesia de Malate y el ice tea en la terraza. En remedios comemos frutos del mar.

Nos despedimos de todo y también del hotel. Después el aeropuerto. Facturación, formularios y colas. En el avión nos dormimos y todas esas imágenes que manteníamos tan vivas se van disolviendo. En Amsterdam ya no queda casi nada, ya somos ciudadanos de Europa.

tripones en el patio


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Todos los años crían en el patio una pareja de tórtolas turcas (streptopelia decaocto). La Antoñita distrae sus mañanas viendo como las adultas enseñan a volar a las crías. Este año no han hecho el nido en el árbol, sino en un sitio más accesible, por lo que he estado haciendo un seguimiento diario. El día quince de marzo cayó un tripón y murió. Es muy normal que caigan huevos y crías porque los nidos de las palomas están muy poco trabajados y las palomas levantan rápido el vuelo si ven peligro.

En marzo sale el lagarto, en abril acaba de salir, y en mayo corre como un caballo.

miércoles, 16 de abril de 2014

playas de nasugbu y vuelta a manila





El sol ilumina el porche, los cuadraditos de nácar, los pájaros marrones con el cuello blanco, nuestra amiga la camarera barriendo con una escoba de leña. Nos montamos en un bote que nos lleva a la costa de enfrente. En la playa venden langostas y atún. También collares y tabaco. En una barca viene la mujer de dulzura infinita con su niña, su marido trae pescado. Una blanquita se baña en bikini. Me acoplo en el sofá de un quiosco viendo como Beni se baña frente un ice tea granizado. Y aquí mismo comemos pasta. Empieza a llover y nos volvemos al hotel. Beni se arregla mientras me doy un chapuzón en la piscina hasta que mis dedos se quedan como tomates pasados.

Un coche del hotel nos lleva hasta la terminal de Nasugbu. Como el bus ya ha arrancado, aparca delante para que no se vaya sin nosotros. Es un bus de cinco asientos la fila, bien aprovechadito. El viaje resulta súper entretenido: las tiendas de bambú y madera con los carteles pintados a mano (especialmente bonitos aquellos educativos y moralizantes de las escuelas o los motores despiezados), los diferentes tipos de depósitos de agua, los carros sin ruedas tirados por búfalos, las muelas felices sonrientes y con bastón, los diferentes diseños de los jeepneys con mogollón de antenas, el paisaje verde lleno de palmeras y, finalmente, el lago Taal.

La entrada a Manila es dura. Mucho tráfico y miles de chabolas levantadas en el mar, de agua muy sucia. Son pueblos de cochambrosas casas de madera unidas por puentes de tablas. A la entrada del metro, la policía nos revisa las mochilas. En el hotel de Malate nos dan otra habitación. Insisto en ir a la calle Remedios a comernos alguno de aquellos bichos de los acuarios. Aquella caracola gigante troceada en salsa y lapo lapo con cangrejo.

Volvemos a la terraza del Big Mama's. Cantan canciones de Simon y Garkunkel. Minerva nos reconoce y nos pone dos ice tea, que pedimos mejore con licor, como hacían en Taal. La plaza está atómica. Paseamos por el malecón oyendo a los grupos en directo y la gente pasear como en los pueblos los domingos. Oímos el ámame tiernamente de Elvis y un joven Paul Anka en versión calypso suena como esos ecos que amenizan los recuerdos y también los sueños.






código tezcatlipoca















El Codex Fejérváry-Mayer es un código azteca de México central, uno de los pocos manuscritos precolombinos que sobrevivió a la conquista española. Un código típico calendario (onalamatl), incluyendo un calendario azteca mundo (tonalpohualli), ambos parte de una serie más amplia de códigos integrados en el llamado Grupo Borgia (códigos precolombinos de carácter religioso). Está hecho de pergamino de piel de venado y plegado en acordeón de veintitres páginas entre dos pastas de cubierta. Cada página mide 16,3 x 17,2 centímetros y el largo total es de 3,85 metros.

Se hizo conocido como Codex Fejérváry-Mayer por el coleccionista húngaro Gabriel Fejervaryju y el anticuario de Liverpool Joseph Mayer que le adquirió la pieza y la donó a su ciudad, pero la mayoría de los expertos coinciden en el nombre verdadero era probablemente Código Tezcatlipoca, el nombre de Dios del pueblo náhuatl. Actualmente se conserva en el Museo de Liverpool. Se cree que su origen está en la región poblano tlaxcalteca, en lo que hoy es Veracruz.