jueves, 26 de febrero de 2015

media sandía en el lago pehoé






El Parque Nacional Torres del Paine fue creado en 1959 y ocupa una superficie de más de 227.000 hectáres. Entre la estepa y el matorral preandino, destaca la cordillera Paine, y dentro de ella las Torres o cuernos, una formación de tres agujas de granito, de un color marrón en contraste con el resto negruzco azulado, que llegan a una altura de 3.050 metros, la montaña más alta del parque.

Recorremos sus lagos, ríos, cascadas, siempre con la presencia del macizo: el Cerro Paine con su cumbre cubierta de un manto de nieve perpetua de más de cien metros de grosor, los Cuernos del Paine con el Cerro Fortaleza y el Monte Almirante Nieto. Paseamos por la orilla oriental del Lago Grey y vemos su glaciar. Hay que agarrarse para que el viento no te lleve, me hace difícil dibujar. Visitamos el Lago Sarmiento, la Laguna Verde, el Lago Toro, los ríos Soriano, Grey y Paine. En una terraza a orillas del Lago Pehoé nos hacemos unos bocatas de queso y jamón cocido con palta y luego nos apretamos media sandía. Caminando hacia una cascada, vemos un grupo de armadillos, el peludo ciego dicen, un extraño animal con anillas peludas, cabeza triangular y patas pequeñitas que se enrollan haciéndose una pelota. Resultan ser unos simpáticos animalillos a los que no molestan la presencia de humanos. También vemos águilas, guanacos y ñandús, algo parecido a un avestruz, pero sin esa fama de huir de los problemas.

También visitamos una cueva glaciar donde se encontraron huesos fósiles del milondón darwini, un perezoso extinguido hace 10.000 años. Allí pueden verse los restos arqueológicos encontrados por un ovejero: un trozo de piel peluda y otro de fémur.

Al volver, visitamos el puerto pesquero y la costanera. Tomamos un té frente al lago, canal o lo que sea que vieran aquellos cansados guerreros. Los cisnes de cuello negro, un pingüimo varado. Subimos Bulnes con sus casas de colores, sus negocios. En casa, encendemos la calefacción. Un viento fuerte parece que levantará el tejado. Nos acurrucamos bajo las mantas.

puerto natales




A las seis y algo se repite el juego de las nubes, sus siluetas negras alargadas repretándose en el horizonte y luego se van coloreando de rojo. Muy lejos de este desierto, están las montañas. Los Andes se levantan sobre la llanura como un perfil topográfico. La estepa. En la charcas, flamencos. De lejos las tres torres del Paine (que dibujo en mi asiento del bus).

En la aduana fingimos entrar y salir andando, pues no estamos en la lista cerrada del bus. No obstante, resulta cómoda y rápida, para la cantidad de gente que viene del concierto de El Calafate, y ni nos miran las mochilas. A las once estamos en Puerto Natales. Una ciudad extensa con casas bonitas de madera y latón. Además del punto del puerto, el faro, los barcos de colores, el muelle. Los cisnes de cuello negro. Las piedras erráticas, traídas por los hielos glaciares, como echadas con el cubilete.

Este pueblo vivió de la minería de Río Turbio, un pueblo fronterizo argentino, que acabamos de cruzar. Aún se recuerda alguna huelga fuerte. Pero aquello acabó, y también su industria de la lana. Hoy viven fundamentalmente del turismo. De las Torres del Paine.

Nos marean con la oficina de Navimag y no podemos cerrarlo hoy. Pero sí comernos el mitológico cordero de La Última Esperanza. Los calamares no desmerecen, jamás he probado unos, chopitos para nosotros, con tanto sabor. El cordero no decepciona. Se ve gente de posibles por las mesas. Comemos bien, con un cabernet sauvignon.

Cuando, en 1558, un grupo de españoles agotados y desesperados de buscar sin éxito aquel estrecho que Magallanes osó cruzar evitando el Cabo de Hornos, encontraron este canal que ahora pasa por Natales, lo llamaron La última Esperanza. Si les hubieran sacado este cordero, seguro que no hubieran seguido. Pero no fue así y lo encontraron el año siguiente.

Hace frío y viento. Compro una sudadera calentita en  Ropa americana, una tienda de segunda mano, que supla mi pérdida del plumas. Beni va a la pelu con Bety. Después paseamos por el pueblo e invitamos a unos capuccinos en un bar agradable de guiris, con sofás para sentarse.

Bety por fin se abre y nos cuenta la historia de su marido, al que dejó por alcohólico y, posteriormente, violento maltratador. No necesito a nadie, dice, tengo a mi madre y a mi hijo que son las personas que más quiero. Y así parece, pues es una mujer alegre, habladora, juerguista (pero seria, dice). Nos invita a su casa de Valparaíso para la vuelta a Santiago, a lo que accedemos. Le pido la petaca para la lágrima del café. Yo le llamo carajillo, ella irlandés. Nos promete encontrarnos un buen queso chileno. Nos da a probar su mermelada de ruibarbo.

Subimos alegres Bulnes y luego Krugger, y en la puerta de su tía nos despedimos con dos besos, a la española. La habitación está fría, nos encienden una estufa.

martes, 24 de febrero de 2015

salir de el calafate



Despierto en la noche. Bombillas amarillentas.  Montan en el autobús, que resopla. Alguien hace siluetas chinas con las nubes y las estira horizontalmente. La luz las va enrojeciendo y descubriendo un paisaje completamente diferente: desérico, si árboles. Campos amarillentos abiertos sin apenas lomas ni árboles. Arbustos secos. Grupos de guanacos, algún ñandú. El lago Cardiel. Las montañas aparecen y crecen. Para la llegada al lago Viedma ya son grandes y hermosas, y al girar  para el Chaltén se ve el glaciar Viedma blanco callendo al lago lechoso. Allí, al fondo, está la imponente mole del Fitz Roy. Del bus salen agerridos mochileros que inmediatamente cogen el camino hacia el totem. Nosotros estamos cansados y faltos de días, perdonamos el paseo y seguimos en el bus hasta El Calafate. Aquí se quedan Franziska y su cuaderno diario y Koki, el japo despeinado. Despedidas.

Calafate vive un mes de fiestas y está a tope de turismo nacional y chileno. Para colmo hoy canta y gratis en su plaza el famoso bachatero Romeo Santos, y está todo a tope de jóvenes, los hoteles y hosterías llenos, los cajeros sin un peso, las calles repletas, las plazas de buses ocupadas. Esto es aún peor que Bariloche. Solo coseguimos una habitación por 1.300 pesos argentinos y una promesa de un autobús adicional para el miércoles.

Dos señoras chilenas buscan con quien compartir taxi al glaciar Perito Moreno. Nos apuntamos  y nos olvidamos de historias. El glaciar, con una pared de ochenta metros de altura, es de una belleza pasmosa, salvaje, tiene un color fortísimo azul y a la vez transparente y algunas suciedades de barro que le restan una miaja de elegancia. Lo que más me llama la atención es lo cerca que está el muro de tierra, dividiendo en dos el lago donde vierte, y por tanto lo cerca que puede verse. De vez en cuando, se oye un estruendo provocado por trozos de hielo que se derrumban contra el agua y empiezan a flotar, alejándose. Busco todas las perspectivas, dibujo sin éxito, descanso agotado y lo dejo por fin para tomarme un café. Hacemos unas migas más o menos correctas con las señoras y logran meternos en su bus de vuelta a Puerto Natales por un ridículo precio. Esto ocurre a las dos de la mañana, luego de habernos comido una parrillada con vino y haber oído al bachatero. Todo el mundo enloquece, pero nosotros solo somos capaces de sentir frío y sueño.



a argentina por chile chico



En la mañana el galló cantó dos veces. Un predicador platica con la doña, hablan de Dios y de perdonar las ofensas. Los guasos ponen las monturas y los herrajes a los caballos, luego se ponen los sombreros de ala ancha, el poncho, las botas de caña alta y las espuelas. Son caballos de pura sangre chilena, descendientes de los españoles (aunque más bajitos). Arriba de Puerto Montt los caballos son para la pura competición, aquí los usamos para el campo y la competición.

Paseo siguiendo el río Tranquilo unos cuantos kilómetros. Me acerco al salto. Allí está acampada Martina. Junto a un Renault 12 ranchera, calienta en el fuego el agüita para el mate, que me ofrece, y su carpa. La cara arrugada y quemada, imposible saber su edad.

Visitamos la media luna para la competición regional de rodeo. Los guasos entran por grupos a caballo y corren a atajar la vaca y pararla contra la pared. Según lo hacen, se llevan puntos positivos, cero o puntos negativos. Cuando se hace en la cadera son cuatro puntos, la máxima puntuación. Las vacas entran por un callejón hasta el apiñadero donde les abren las puertas, una a cada lado, y los dos guasos las arrinconan contra la pared. La quincha es un acolchado en un saliente de la valla, y también están la grada y la caseta del jurado.

Al lado está el cementerio, que es una maqueta abandonada de un pueblito donde una diminuta iglesia y las casitas que la rodean son los panteones. Resquebrajados, mohosos, descascarillados, podridos.

Por fin llega el microbús para Chile Chico. Hay poco local y entramos muchos turistas. El corte deja en tierra a las dos chicas de Bilbao y su compañero, que entran en otro bus. Aquí está de nuevo Masato y los pijillos de Australia y Nueva Zelanda. Y los japos Lena, Koki y Ryo tocando la guitarra sentado en la acera. Y la austriaca Franziska, que lleva un año viajando. Lena y Ryo van hacia el Norte.

Aunque las piernas no caben entre los asientos, el viaje es flipante, rodeando por el sur el Lago General Carrera. El conductor se enrolla y nos hace una paradita en un lugar donde vemos todo el Campo de Hielo Norte blanco y azul con sus picos y glaciares al otro lado del lago. Casi todos oyen música en sus móviles. Franziska lee. Koki se quedó frito hecho un guiñapo y ahora luce sus pelos electrificados.

En Chile Chico, no hay vehículos para seguir. Un buen hombre nos quiere llevar a todos y las mochilas, y a su hijo, por 5000 pesos chilenos; pero su coche es muy pequeño y no cabemos. Los japos se van a dedo, dice Masato. Nos deja en la línea que separa los dos países. Es buena hora, paseamos otros tres kilómetros hasta la aduana argentina, y después, otro kilómetro hasta Los Antiguos. Allí vemos a los japos, que llegaron a dedo, y nos saludamos otra vez.

Una vez arreglados los asuntos, un bus para Chaltén que sale a la una de la madrugada, vamos a un restaurante bueno para celebrarlo. Los japos se ponen hasta arriba de carne con una tremenda parrillada doble, ante el asombro de Franzisca, que es vegetariana y se está comiendo una guarnición de calabaza. Beni y yo compartimos entraña y un risoto de cordero. Todo está muy rico. Pedimos cabernet savignon y echamos una risas. Lo inmortalizo en un dibujo, rápido para no perder bocado.

El bus  a Calafate va casi vacío. cada pasajero ocupa dos asientos semicama. Después de las últimas luces de este pequeño pueblo, nos internamos en el oscuro sueño.

domingo, 22 de febrero de 2015

tranquilos en puerto tranquilo


Llueve toda la noche y sigue por la mañana. El contacto para la ruta a Bahía Expoladores nos llama a la casa por teléfono. No puede hacerse el viaje en estas condiciones, está cerrado, me dice refiriéndose a las nubes, no verán nada. Penita pena. Hubiera sido un homenaje a Juani y Sergio, que nos ayudaron en la preparación del viaje y a quien tanto les gustó.

Paseamos por la playa, compramos en el súper, nos conectamos a Internet en la cafetería Los Pinos, un sitio muy agradable, junto a la estufa de leña y luego comemos la colación, caldillo de mariscos, rico, y osobuco, con unas patatas con piel muy ricas. La carne cocida en vino, de poca calidad.

Rebajamos con un paseo rodeando el lago para ver otras perspectivas. Se arregló el día y el sol aprieta. Mientras Beni se echa a la siesta, me bebo una cerveza artesana rubia llamada Caiquen, de Villa Cerro Castillo, en el bar Ruca Manque. Me entretengo dibujándolo y a dos parientes que resultan ser Yerty y Jose, de Olmué, Valparaíso. Él es fotógrafo y hace fotos del dibujo y luego de ellos conmigo. El dueño también se muestra interesado y me pide una foto del dibujo.
- Te la cambio por otra cerveza.

Accede. Me bebo la negra de la misma marca, pero la chapa es la misma y lisa. De golpe me sacan un perolo con un montón de chapas (¡oh, ese sonido!) que resultan no ser tantas, pues están muy repetidas. ¡Qué buen rollo!

Vuelvo a casa tan contento. Beni me espera para dar una vuelta. Como quiera que la cosa se ha puesto fría, nos tomamos un café con leche con tarta de membrillo delante de una estufa de leña. Esperando días más productivos en Argentina.

sábado, 21 de febrero de 2015

el lago general carrera y sus cuevas de mármol


Soltando lastre: dos pinceles, tres rotuladores, un frasco de tinta china, una brújula averiada, dos tornillos de cámara de fotos, unas mallas, dos camisetas, unos gallumbos, unos calcetines, una sudadera de forro polar, un plumas, unos cuantos kilos. En realidad no notamos la pérdida, vamos más ligeros.

La carretera Austral muestra su mejor cara en este tramo del camino. Primero en campos amarillentos con rodillos de heno empaquetado. Paisajes abiertos que me dejan dibujar los picachos del fondo. Seguimos los cursos de los ríos. Impresionante la parada frente a Cerro Castillo, una mole de 2.700 metros que acaba en un grupo de agujas de basalto gris fuerte azulado y que rodean, en la parte meridional, tres glaciares antárticos. Nos vamos demorando, pues auxiliamos un colectivo que pochó y llevamos al conductor con mono y rueda. Seguimos el río Ibáñez que forma una explanada verde preciosa, donde serpentea el río. Huele a azufre, quizás por la erupción volcánica del Hudson, y se hacen bromas sobre el posible origen humano. Troncos muertos. Seguimos el Murta hasta Bahía Murta, y después el Lago General Carrera, el más grande de Sudamérica después del Maracaibo. Impresionante, precioso.

Buscando cómo salir a Chile Chico, entramos en la misma historia: hasta el domingo no hay bus y tenemos que quedarnos dos días. Además, el bus es subvencionado, por lo que tienen preferencia los locales. Nos ponen en la lista de turistas. Somos segunda y tercero, posiblemente podamos salir pasado mañana a las dos de la tarde. Nos apuntamos con un japo al bote que va a las cuevas de mármol.

Masato es un chicarrón nipón de metro noventa que juega al rugby. Los ojos rasgados, pómulos salientes, cejas finas sobre un montante. Labios gruesos. Se ha afeitado el pelo dejándose una parcelita arriba, de la que sale una coleta pequeña que vuelve a sí misma en círculo. A pesar de su ceño fruncido. es el menda más simpático del mundo. Habla perfectamente español, que aprendió en Guatemala, y lleva tres años viajando, descontando las vueltas a su país. Viaja con mochila y carpa (así llaman aquí a la tienda de campaña). Habla maravillas de Irán, muy seguro, gente bonita. Viaja en buses. Conoce gran parte de Sudamérica y Asia, también España. Come en los quioscos de la calle, por eso le gustan tanto los países asiáticos y México y dice que aquí la comida es aburrida, siempre lo mismo, dice, empanadas. Le propongo que coma las colaciones, que también tienen buen precio: poroto, curanto, caldillo de congrio, cochayullo en salsa, carbonara.

Atravesamos el lago hacia el norte. Hermoso paisaje de fondo, pero no podemos disfrutar de la tranquilidad por el ruido del motor (es más tranquilo el bosque, donde solo oímos los gorgoritos de los pájaros y somos incapaces de percibir todo el infrasonido de la putrefacción, todo ese movimiento de animales diminutos en los troncos caídos, debajo de la alfombra de hojas muertas). Después entramos en las cuevas que el agua ha comido al mármol, un mármol blando de unos 320 millones de años, construyendo columnas caprichosas. Para el turismo, les han llamado capillas, iglesias y catedrales, según su tamaño. Las dibujo desde el bote mientras Masato se puso loco con su enorme cámara. Beni está disfrutando, de las cuevas, del lago, del paisaje, del día. Entiende el paso por la Carretera Austral.

Comemos cenamos carbonara, que es un guiso de papas, arroz, cebolla, pollo deshilado, cilantro y zapallo, y un sandwich de pan redondo de carne rica con palta, que es como llaman al aguacate. Beni no aguanta tanto cilantro y se come el sandwich. A mí el guiso me sienta de maravilla. Me comería una repetición, aquí no se pone mucha cantidad, pero te la cobran.

El hospedaje está un poco duro. Finalmente nos cruzamos con una señora que nos mete en su casa. Una casa ilegal, pero bien preparada. Damos una vuelta, intentamos cerrar una excursión para mañana a la Bahía Exploradores, un transporte al mirador. Todo está complicado. El hijo de la Doña de la casa nos llama a alguien, quedamos para mañana.

Paseamos por la costanera del lago. Acabamos en la cervecería Río Tranquilo, donde nos ofrecen café con leche y una pinta de cerveza artesana Arica roja. El local está bien. Me entretengo dibujándolo, se está a gusto. Cuando volvemos a casa, se pone a llover. Llegaron un montón de jovencillas a la casa huyendo de la lluvia, se distribuyen por la casa como pueden, hay colchones por el suelo. Esos ojos de Tío Gilito de la doña resplandecen. Contra lo esperado, no hay guitarras, ni juerga. Nos quedamos fritos.

viernes, 20 de febrero de 2015

la peluquera de coyhaique



Nos levantamos de noche para pillar el bus de Coyhaique. Algunos campistas ya esperan sobre el césped porque no llevan boletos y lo van a intentar. Aquí el turismo es fundamentalmente de mochileros chilenos que montan la tienda en cualquier campo. A veces vienen a un hospedaje barato y nos cuentan. Quieren ducharse. Es demasiado temprano para los perros y nos acompaña un gato.

Despertamos en una parada. Una mujer mayor y con pañuelo a la cabeza iluminó el bus con una linterna. Nos volvemos a dormir hasta Puyuguapi, en pleno Parque Nacional Queulat. Cuando las luces definen las siluetas de las altas montañas, descubrimos un gran lago blanco, de plata, a sus pies. En realidad es agua salada, una entrada del Pacífico, el Canal Puyuhuapi, que separa del continente la Isla Magdalena, toda ella parque nacional. Lo vemos durante mucho tiempo, hasta que los colores se definen por fin y tienen una tristeza especial. Sobre él, salta el agua que viene de las montañas y se lanza por los cortados.

Nos separamos del agua, adentrándonos en el bosque como un barco abriéndose paso entre los cipreses y abetos, en la espesura salvaje. Seguimos el curso de los ríos para salvar las montañas: Cisnes, Simpson, Correoso, Arroyo Corto. A veces rodeados de praderas con granjas y a veces pasando por angostos desfiladeros y quebradas. Paramos en Mañiguales, al borde de la Reserva. Aprovecho para dibujar a los viajeros, Después todo se vuelve amarillo, estériles montañas de pizarra. El niño de al lado está deseando llegar. Se le ilumina la cara cuando, desde arriba, se ve la ciudad, chiquita, allí al fondo. Esto parece un gallinero. Las santiagueras de al lado no paran de chaspar. No se cansan.

Bajamos hasta la hondonada del viejo conocido río Simpson que seguimos desde que entramos a Chile.
La Terminal de autobuses es pequeña, compramos los últimos boletos de mañana para Puerto Río Tranquilo. Pillamos un buen alojamiento cerca, en el centro.

Coyhaique es una ciudad con semáforos y grandes comercios. Para ver calles chulas con casitas de madera, hay que retirarse un poco, a la parte del mirador, donde se inició la ciudad. En la plaza hay una feria Mapuche donde venden su artesanía. Hay pancartas pidiendo la libertad de sus presos, banderas, comida, vestimenta. Las mujeres llevan ese tocado con círculos brillantes. Les compro una camiseta que grita newén mapuche, fuerza mapuche.

Vamos al mirador a saludar a río Simpson y su hermoso valle, y luego a la cabañita de Pachamama. De vuelta al centro, paramos en una peluquería para varones. La señora Marien corta el pelo a los caballeros desde muy niña, al poco de alcanzar las cercas para subir a  los frutales. De los juegos de chiquita por las calles se metió de aprendiz de este oficio. Me ofrece el viejo sillón de metal y cuero y me cubre con una telita que se abrocha al cuello. Huele a niñez, a polvos de talco, con los que me embadurna el cuello, a floïd, el genuino, a alcohol y jabón. Sus manos me tocan levemente las orejas y me recorta las cejas; pero no me hace levantarme hasta que me moja el pelo con un vaporizador (sierre los ojitos, recordaba de Perú, y los cerré) y me repeina con raya.

Comemos de maravilla unas picadas a buen precio en Mamma Gaucha, en pasaje Horn, detrás de esos ventanales tan grandes por donde pasa todo el pueblo. La cerveza Tropera, generosa, está rica, con sabor a artesanal. El carpaccio con queso rico y también el ceviche, aunque le falta picante.

Por la tarde damos un paseo por la plaza pentagonal, y patagónica, de la que salen once calles. Al final de una de ellas hay un mástil metálico de 25 metros sin uso, que puso Sebastián Piñera, el mayor empresario de Chile (del cual cuentan miles de historias truculentas). Aquí se hace la fiesta de los campesinos, de los gauchos de este lado de la frontera. Un cantante, un acordeonista y un guitarrero amenizan la velada. Parejas de jóvenes emboinados con chalecos y anchos bombachos bailan con chicas de vestidos lisos largos en capa. Os parecerá una costumbre argentina, pero aquí se considera como nuestra, es nuestra tradición, Mañana veréis los mejores acordeonistas y guitarreros de Aysén en contrapuntos, donde uno contesta a otro y el otro al uno. Es divertido.

Pero no podrá ser. Los viajeros siguen su rumbo hacia el Sur.


jueves, 19 de febrero de 2015

un pueblo patagónico



Siempre hay alguien cortando leña. Me asomo a la ventana y veo una inmensa pared de piedra sobre la que los árboles parecen de enanitos, que apenas se siluetean en una nube.
Éste es un pueblo pequeño, antes ni existía en los mapas. Todos iguales, de casas de madera pintada de colores y tejados de chapa. jardín con gallinas, corderos, algún chivo, perros. Cuadrícula de pueblo nuevo. calles anchas de tierra muchas de ellas. Una plaza grande ajardinada. Un espacio para los rodeos. Rodeados de montañas. Bonitos, muy agradables de pasear, siempre con algún perro.

Subimos a la montaña de la pared. Camino empinado. Grandes helechos, cipreses, michays, robles, arrayanes, maquis... hay un mirador donde puede verse el cruce de los ríos Palena y Rosselot y una vista aérea del pueblo. Arriba del todo, el camino se corta y tenemos que volver. Nos tomamos unos ricos jugos en la Casita de té, con sus grandes ventanales y la estufa encendida, mientras los demás comen.

Por la tarde, paseamos por el pueblo en compañía de un nuevo perro negro con el rabo peludo acabado en una mancha blanca, como las patas. Paseamos juntos viendo hermosas casas. Me llaman la atención las construcciones de esa especie de talleres muy simples de madera, que a veces usan de cochera, y todo el tinglado de los rodeos. En el campo de fútbol una pareja hace footing con unos cuantos perros detrás.

Los perros aquí viven más libremente. Aunque tengan dueño (más bien padrino) viven a su aire, nunca están atados, libres por las calles. A veces, alguien abre la puerta del pick up y el perro se cuela. Otros viajan en los remolques. Y también cuidan el jardín, hasta que aparece un plan más interesante.

Mientras paseamos, Beni, el perrillo y yo, voy apuntando cosas interesantes como esas gallinas sin cresta y papada, y sin plumas en la cola, o esas casas para los pajarillos de barro que ponen en el jardín, o las plantas de ruda o hinojo, o ese horrendo cartel que aún indica: Carretera Austral Augusto Pinochet, de las que luego preguntaré a Juan Carlos en la cena. Parece argentino de lo que sabe. Su mujer espera y espera a que la llamen para operarse de la cadera, pues sufre una fuerte artrosis. Con Edriena hablamos largo y tendido frente a la chimenea sobre el país hasta que nos traen el bistec con cebolla y ajo y la cerveza patagónica Finisterra, y cenamos deprisa pues mañana sale el bus a las cinco. Y nos desean buen viaje y nos despedimos (un solo beso), y nosotros les deseamos una buena operación y salud para ellos y para su negocio po.

miércoles, 18 de febrero de 2015

la carretera austral hasta la junta


Nos despierta la rapaz marrón. Paseamos por el pueblo con los dos perros de la casa. Hago dibujos de las casas chulas, la iglesia de madera, alguna curiosidad. Comemos temprano, para coger el micro, en el comedor de Dany, que siempre sonríe.

Hay un boleto más que asientos en el micro, y asientan a un chico en una maleta. Las mochilas las suben a la vaca y otras van en el pasillo. Un papá jovencito pide a la familia que se despida con las manos para digitalizar el momento. El interior es de juguete, no me caben las piernas. La carretera está súper seca, todos los vehículos levantan una nube de polvo, que entra por la ventanilla. Lo peor viene cuando uno de esos grandes camiones se cruza.

Pasamos por praderas con granjas de vacas y ovejas cercadas y ese muro de álamos gigantes que corta el viento. Las vallas se hacen con maderos y, a veces con troncos gruesos. Hay trozos de alfalto y otras de chinatos. Seguimos el cauce de los ríos, el lago Yelcho, pasamos puentes, botamos y, finalmente, llegamos a La Villa de Santa Lucía, que es un pueblo parecido a Futaleufú, pero más desorganizado, más trastolero.

El bus se acaba de ir. La misma historia en todos los pueblecitos de esta zona: solo hay un bus diario y, ahora en verano, ya están ocupadas todas las plazas, entonces hay que quedarse otro día o dos. Así se avanza muy poco. Decidimos hacer una hora de dedo y, si no nos cogen, dormir en el pueblo.

Tremendo fracaso. Nos dicen que las chicas jóvenes tienen siempre éxito; pero ¿quién va a coger a este viejo barbudo? La señora de al lado dice que va a llamar para que la busquen, le propongo pagar la nafta a medias. Hasta las seis y media no puedo localizar a nadie, nos dice. Aguantamos, pero no localiza. Buscamos hospedaje. Lo hay en la casa desde donde sale el bus. Este bus no adelanta boletos, se va quien antes llega. La casa muestra su enrejado de madera, lo demás se diría cartón y chapa.

Viene la señora, que hacía dedo junto a nosotros, con un trato hecho para ir a La Junta con un micro, a medias. Aunque al precio es el de una noche de hostal, aceptamos. Más bosque austral, ríos empedrados, rápidos, puentes, el río Palena. Esta parte de la carretera no es tan dura. Se pone a llover.

Compramos los boletos para pasado mañana, para mañana está todo completo, dice la de la agencia Tierra. Nos indica una casa barata. No es un hospedaje, la señora nos mete a una habitación junto a un baño. Abajo están calentitos con un fogón que sirve de calefa y cocina.

Vamos con la señora a la fiesta. En un salón juegan niños con cara de indios a juegos universales con globos y al son de mi gitarrín. Dibujo a la señora, a su hija y a su nieta. Hay jóvenes con boina y niños con la cara quemada por el sol. Se ríen inocentemente.

Cenamos en un restaurante con WiFi cerca de casa, Rayén, que significa flor en mapuche. Es tarde. Nos ponen unas milanesas con unas ricas papas cocidas con una salsa que pica que rabia jodé, y tenemos que administrar en minúsculas cantidades. Me bebo una cerveza artesanal regional rica, pero con la chapa lisa.El dueño me da una clase sobre las cervezas industriales y las artesanales y de cómo en esta región están ricas gracias al agua.

Estamos solos con los dueños, que quieren irse a la piltra, y no nos podemos entretener. Nos vamos a casa. Allí llegó una jovencita de Barcelona que viaja a dedo y con tienda de campaña, y vino a la casa pues lleva varios días sin ducharse. Estudia Psicología en Santiago y vive en la Plaza de Brasil. Le hablamos del Chancho 6  y ella de los lindos lugares que nos deparan. Pero mucho mejor que todo esto, es ahora una buena cama.

martes, 17 de febrero de 2015

futaleufú




Temprano desayunamos con los más madrugadores del hostel. Tostadas, café con leche, zumo de naranja y yogur de polvos. Los compañeros viajeros comentan que por aquí ya no se celebra el carnaval. En la terminal cogemos un destartalado colectivo que va temblando y desmembrándose por un camino de chinas. Es uno de esos buses antiguos que llevan el motor junto al conductor. A veces, el polvo nos adelanta y se ve por el pasillo. Complicado dibujar.

Los viajeros más interesantes son los llamados gauchos o paisanos, de sombrero de ala ancha de fieltro negro, chaleco de lana, mangas anchas de camisa y pantalones metidos en las botas camperas, y la madre india con la cara llena de arrugas y su hija de una excepcional belleza. Dibujo al gaucho de al lado, con bigote caído y pelo largo lacio.

Avanzamos por praderas amarillas cercadas para los caballos y vacas y encajonadas entre altas montañas con las faldas verdes y los picos pelados con neveros blancos. Picos duros como dientes de sierra. Paramos en la aduana, en La Balsa, un sitio llamado así porque el río se atravesaba en una balsa sin otro sistema de locomoción que la propia corriente. Escrupulosos hasta el ridículo con las plantas, la policía chilena no me deja pasar un pequeño palo redondeado por el agua del lago Menéndez.

Seguimos el curso del río Futaleufú para salvar las montañas, y acabamos en la pequeña población de este nombre. Un pueblito de casas bajas de madera de colores rodeado de montañas, famosa por la fuerza de su río, solo apto para expertos en rafting y pescadores de trucha con mosca. Se respira tranquilidad. Compramos en Correos el boleto para mañana viajar a La Villa (Villa Santa Lucía), nuestro primer contacto con la Carretera Austral.

Encontramos una habitación por buen precio en casa Ebenezer, donde la señora alberga algún empleado del hospital en construcción. No lo acabarán, alguien se llevó la plata, nos dice mientras escribimos nuestros nombres en el libro. Un hospedado llega a comer y le pone una lentejas que huelen que alimentan y mantienen una conversación sobre la Biblia y Dios
(-Mire, mi papá es testigo de Jehová desde hace ya más de 20 años y no comulgo con sus ideas, yo pienso que es un libro simbólico que no hay que seguirlo al pie de la letra. 
-Pero Dios nos dice: no añadirás una sola palabra....Dios no quiere que se veneren imágenes.
-Tampoco soy católico. Sé que el catolicismo para ustedes es la gran prostituta)
de la que yo solo estoy interesado en ese plato por el que Esaú vendió su primogenitú y que me ha despertado la gusa.

Comemos en el restaurante Dany un rico guiso de poroto (pintas) con calabaza, zanahoria, tallarines y longaniza. Después damos unas vueltas por el pueblo tomando el sol. Son casitas bajas con cerca, huerta y gallinas, y todas tienen al menos un perro. El paisaje que nos rodea tan flipante, tanto verde y tanto sol, es una combinación que hace sentirnos muy bien. Llegamos hasta la Laguna Espejo y volvemos a casa a lavar una poca ropa y colgarla al sol.

Cuando salimos de paseo, los perros de la casa nos acompañan. En una tienda preciosa de madera vieja azulada y tejado de chapa, compramos cigarrillos. Huele a pan recién hecho. Unas chicas nos recomiendan un restaurtante en un callejón: El Rincón de Mamá, en un segundo piso abuhardillado. Comemos salmón con cebolla y huevos fritos (a lo pobre) que debe ser quizás el mejor que haya probado nunca y una carne regular y menos con una cerveza local llamada Escudum.

En la plaza canta una rondalla. La luz de las calles es tenue, amarilla. Algún establecimiento enciende un foco al pasar. Otro ilumina las obras del hospital, que ocupan una manzana entera, y tres ambulancias dormidas desde el día de la foto. Pero lo mejor está allí arriba, donde las estrellas brillan mucho más que las bombillas de los de aquí abajo.