martes, 20 de noviembre de 2018

lunes, 19 de noviembre de 2018

acrocorinto y mucha agua


La situación geográfica de Corinto, paso obligado al Peloponeso, supuso en el pasado riqueza y también muchos conflictos. Saqueada en varias ocasiones, fue reconstruida por Julio César (fue el mayor distrito romano de Grecia), por lo que la mayoría de sus restos son romanos. De los griegos, solo queda el templo dórico de Apolo, del siglo V ac. Se encuentran a unos cuatro kilómetros de la ciudad moderna. Tienen dos partes: la ciudad alta o Acrocorinto y la ciudad baja, donde se encuentra el templo de Apolo. Usaron monedas ya en el siglo VII ac. Pueden verse algunas con el caballo alado Pegaso en el anverso (pues fue domado aquí por Belerofonte, las hemos visto en el museo de Micenas). También organizaban festivales con juegos deportivos, los llamados ístmicos. San Pablo, ciudadano judío y romano que hablaba arameo y griego, la visitó en el año 52. Sus cartas a los corintios, en las que critica su vida licenciosa, se añadieron a los textos de los apóstoles en el Nuevo Testamento.

A pesar del día nublo y el mar picado, nos lanzamos hacia el antiguo Corinto. Subimos primero a Acrocorinto, una fortaleza construída en tres fases: La primera, bizantina; la segunda, franca y la tercera, otomana. La subida supone atravesar cada una de las puertas de cada muralla, las vistas desde arriba son espectaculares. Pero sucede que hoy no hay demasiada visibilidad y, para colmo, que se pone a llover a cántaros. La tinta del cuaderno empieza a chorrear y a humedecerse todo él. Nos metemos en una pequeña iglesia bizantina y hago algún dibujo desde la puerta, rodeado de santos mirando desde las paredes. Como la cosa no amaina, bajamos peligrosamente hasta el coche y, empapados, nos vamos al hotel, mientras que Apolo se ducha en lo que queda de su templo con la ayuda de un Poseidón enfotinado.

Nos secamos y visitamos el Museo Folclórico, todo lleno de vestidos antiguos de esos de enagua, viso y refajo, muy lejos de las minifaldas de los soldados romanos o las gasas de las mil prostitutas del templo de Afrodita, que tanto disgustasen a San Pablo. Es todo más bien roña que joroña con un aire entre otomano balcánico. He visto cosas parecidas en Bulgaria hace muchos años.

Sin posibilidad de actividades al aire libre, nos metemos a comer unos ricos judiones y medio pollo a la brasa y después alargamos el café, con su vaso de agua, horas y horas en un café pijo que además es pastelería y tienen el baklavá con pistachos de tradición otomana (hojaldre con pistachos y sirope de miel) con que el Pasha de Oiannina contribuía a su propia felicidad. Las señoronas repintadas y los camareros/eras estirados miran de reojo el cuaderno. Cuando se asoman, los tapo con el codo. Y así me divierto, jugando al gato y al ratón, al Rasca y Pica, dentro de esta pecera.

Nos acostamos temprano, que mañana queremos ver el canal, y tenemos que llegar a Atenas a buena hora, para devolver el coche. Esto se está acabando. La lluvia empercudirá el final.

domingo, 18 de noviembre de 2018

micenas y corinto


El espectáculo del desayuno es la bruma, que ha borrado los decorados del fondo. El mar está en calma. Los últimos barcos se pierden con el café capuccino caliente. Hoy iremos a la antigua ciudad de Micenas. Fundada aproximadamente en el 3000 ac, fue poblada en el 2000 por pueblos del Épiro y los Balcanes, que asilimaron la cultura del sitio y llegaron a crear una de las primeras civilizaciones de Europa, junto a la minoica de Creta; aunque cuando se dice micénico se refiere al final del Bronce, del 1700 al 1100. Su mayor gloria fue del 1350 al 1200, en que acaba su hegemonía y es invadida y destruida por los dorios, o los pueblos del mar, según otras versiones, formados irremediablemente por los movimientos migratorios violentos de la época. Estamos hablando de una civilización avanzada en plena Edad de Bronce. Micenas es una de su grandes ciudades. Muchas de las piezas encontradas en el yacimiento las vimos en el Arqueológico de Atenas.

Solo ver la muralla coronando un pequeño monte, con esas piedras de formato no humano (la mitología nos dice que la construyeron los cíclopes a las órdenes de Perseo) sin argamasa, nos sobrecoge. También las tumbas de cúpula, una versión elegante y sofisticada de los dólmenes, la puerta de los leones, el círculo funerario con ese extraño anillo de losetas, el palacio con sus pasillos laberinticos, la escalera del manantial, la puerta nordeste. Es un antecedente de la acrópolis, de los santuarios, y el palacio, del templo. Digamos que las murallas solo acogían a la corte y, en una segunda fase, a los artesanos.

Al despedirme de los ciclópeos leones, encuentro al siciliano Emanuelle sentado en el suelo dibujando en un cuaderno. Intercambiamos cuadernos y me dice que irá a Madrid en diciembre. Mientras me habla lo dibujo, y también a su maestro Doménico. Aguantamos estoicamente, yo diría espartanamente, el frío. Llegamos al museo que, a pesar de que la mayoría de que los restos encontrados están en Atenas, está bastante bien; con aportaciones muy interesantes como esas extrañas sacerdotisas como vasijas y las serpientes enroscadas, encontradas en el templo, o las tablillas cerámicas escritas.

Pero aún queda un sabroso postre. Fuera del recinto del yacimiento hay otra tumba de cúpula, una perfección arquitectónica, como un dolmen fabricado al milímetro de un plano: Se trata de la tumba de Atreo. Según la leyenda, mató a sus sobrinos y los sirvió en un banquete. Los dioses lo castigaron con una maldición.sobre él y sus descendientes. Una sobrina superviviente dio un hijo a su padre, que vengó la muerte de sus tíos matando a Atreo. Pero el poder fue para el heredero de Atreo: Agamenón; que acabaría asesinado por su mujer Clitemnestra, que también tiene una hermosa tumba de cúpula. Culebrón mitológico ¿no es sierto?

Muy satisfechos de no peregrinar en otro nuevo santuario clásico, que se repite en cada ciudad estado, llegamos a Corinto, evitando Argós. Corinto fue antes Éfira, y aquí fue criado Edipo antes de que acertara la famosa adivinanza de la esfinge de Tebas, matase a su padre y se casase con su madre. Aunque lo hiciera por ignorancia, el hecho llenó de argumentos a Freud para denominar esa necesidad o inclinación humana en cierta fase de la vida. Paseamos por las calles peatonales del puerto, con mucha actividad local de comercio y cafeterías. Sus edificios bajos y calles anchas le dan un aspecto abierto. La calle Kolokotroni tiene las terrazas a tope. Nos metemos en el Soul Kitchen, con gente de veinte y treinta tacos oyendo la música que pone un DJ. Siguiendo sus costumbres, nos apalancamos tras un café y su vaso de agua, y pasamos las horas sin que nadie nos moleste. Doy color a los dibujos rápidos que hice en Micenas y luego me dibujo el local. El dibujo gusta mucho al camaraca y también al dueño, que se disponen a fotografiarlo. A lo que me niego después de haberme lobeado siete pavos por dos putos cafés. Muy amigos, pero el borrico en la puerta.

Por cierto, acaba de anunciarse el descubrimiento de la ciudad de Tenea, a veinte kilómetros de aquí. Según la leyenda, Agamenón dejó construir esta ciudad a los prisioneros de la guerra de Troya. Desde 2013 solo se habían excavado tumbas, este año se ha sacado a la luz la ciudad.

sábado, 17 de noviembre de 2018

epidauro


Si has alquilado un vehículo, haz de tener cuidado con el navegador y siempre mirar en el sumario todo el recorrido. La traducción del griego en los indicadores de las carreteras no siempre es el mismo que en los mapas, las guías y el propio navegador. Unos ejemplos: Sparta es un pueblo al norte de Atenas, es Sparti como la llaman y has de poner. Prevenza puede ser Preveza, Mistra Mystras, Patras Patra, Delfos Delfi, Kalambaca Kalampaca, Mikeni Micenas, Atenas Atheni,. La u puede ser ou y acabar en s o no. No hay un criterio común. Hay infinitos casos de variaciones en esta traducción, que harán que el navegador no reconozca el nombre de ciertas calles o de ciudades, y te haga dar algunas vueltas. Una locura. Cómprate un mapa y asegúrate de que te lleva donde quieres ir. Si no lo tienes claro, pregunta. Todos los griegos saben inglés, y te dirán la traducción que ellos usan.

Muy cerca de Nauplia está Epidauros, otro santuario clásico griego, éste dedicado al médico dios Asklepios, representado con un bastón, una serpiente y, a veces, un perro. Ambos animales representan la sabiduría. Respecto a otros santuarios, lo que tiene de especial es que los peregrinos iban a curarse, tenían su propia hospedería (Enkoimeterio, del siglo IV ac) y que el Tholos, ese templo circular que vimos en Delfos y Olimpia, tenía un laberinto subterráneo con serpientes. También tenía juegos y estadio, y los romanos hicieron un odeón. Pero lo más flipante es su teatro. Un teatro de 55 filas (35 de ellas las encontraron intactas), con 111 escalones para subir arriba, y con una acústca asombrosa.

Gritan las guías a sus turistas encaramados para demostrarlo. Y todo el mundo se pone a gritar caóticamente. Pero es cuando se coloca en el centro ese griego grueso y se pone a cantar esa vieja canción con aires marineros, cuando todo el mundo queda en silencio. Y aunque es en griego nos resulta familiar, como esas viejas canciones que pasan de madres a hijas.

El museo es feo, como un almacén de las cosas que no se van a exponer. Oficiales romanos y señoras con vestidos llenos de pliegues, todos ellos decapitados, cosas oscenas que parecen de escayola. Solo merece la pena ver las piezas arquitectónicas de los templos con sus decoraciones y colores originales. Por verlo no más, que nos habíamos acostumbrado a la piedra desnuda.

De vuelta, en los restaurantes vacíos del puerto, nos ofrecen pescados y maricos como si fuera droga. Preferimos recorrer el mercado callejero. Vemos todas las frutas y hortalizas que consumen, y las extrañas hierbas que se comen, como la paka. Yo aprovecho para ponerles nombre. Después vienen cientos de peces y luego especias y ropa. Pero ya estamos cansados.

viernes, 16 de noviembre de 2018

mystras


Los perros andan sueltos. A veces, atraviesan famélicos la carretera. En las ciudades, se tumban al sol, se juntan en una manada extraña de distintas razas y tamaños, alguno lleva un trozo de cadena colgando. Desde el hotel, se les oye ladrar por las noches. Tristes, con el rabo caído.

Mystras, o Mistra, fue una ciudad amurallada bizantina importante, aunque fundada por los francos. Tanto, que fue la capital del Despotado de Morea, lo que hoy es la península del Peloponeso, y en ella fue consagrado como emperador de Bizancio Constantino Pragaze en 1449. Su gloria va desde 1249 hasta finales del siglo XV. En 1834 se crea la nueva ciudad de Esparta, en 1922 se proclama yacimiento arqueológico y en 1953 se queda sin habitantes. Actualmente es un yacimiento en constante reconstrucción que ocupa toda la ladera que da al valle de Esparta de un monte empinado llamado Taigeto, coronado por un castillo. Está a solo 7 kilómetros de Esparta, de cuya antigua ciudad romana se sirvió de sus elementos constructivos.

Se sale por una carretera bonita flanqueada por eucaliptos y, enseguida, se ven los primeros hoteles. Tiene dos entradas. Una abajo del todo, y otra a la altura de Santa Sofía. Nosotros utilizamos las dos. A la segunda se puede acceder en coche y ver la ciudad alta; y luego bajar para ver la ciudad baja. Sus calles interiores son escaleras o caminos de piedra. Nada que ver con el rigor en la planificación de los romanos. Su fuerte pendiente hace que sea caótica y que por ella nunca pudieran circular carros.

Lo más interesante son sus iglesias y monasterios medievales (el Palacio de los Déspotas no se visita); pero también lo apacible del entorno, lleno de vegetación. Es para pasar un día agradable en un lugar mágico. En las pequeñas praderas, junto a las iglesias, pueden verse a las familias de visitantes almorzando.

Los interiores suelen estar muy deteriorados, pero encantadores. En mis dibujos podéis verlas: Santa Sofía, del siglo XIV; San Demetrio, del sigloXIII, con muchos frescos en la iglesia, claustro de tres paredes (la cuarta es un jardín de naranjos), torre campanario del XIV y un pequeño museo con telas, joyas y una placa de mármol con la ascensión de Alejandro Magno; el hermoso patio de la Iglesia de Evangelistria; la Casa de las Karis (XIV y XV); el Monasterio de Pantanassa (la última en construirse), bastante impresionante y muy bien cuidado, es ahora convento y en él viven las monjas (sus plantas y su silencio dan mucha envidia), terroríficos frescos de la resurrección de San Lázaro y Adán y Eva saliendo de sus ataudes; Hodegetría (1310) y San Teodoro (1296), con una cúpula central de gran diámetro.

En resumen, un día muy agradable en increíbles espacios en que vegetación y arquitectura luchan por sobrevivir. Hay cipreses inabarcables entre tres personas, olivos gigantes, arces, mucho lentisco y cornicabra. Es como un laberinto apacible (ahora no hay turismo) donde disfrutar: patios con soportales comidos por las plantas, iglesias con culto llenas de exvotos metálicos con relieves de ojos, piernas, bebés...iglesias con pequeñas iglesias escondidas en otro nivel, frescos con historias truculentas, esculturas extrañas, relieves fantásticos... en fin, toda esa oscuridad medieval en un paseo por el monte.

A las cinco de la tarde nos echan. Por la autovía nos acercamos a Nauplia por Trípoli en una hora. El hotel está en el puerto deportivo. Damos una vuelta. Nauplia , o Nafpli, es una ciudad pija con tiendas de ropa cara y bares y negocios muy puestos, impolutos. Todo el casco viejo está peatonalizado y lleno de terrazas chic. Las fachadas parecen recientes, con maderas de colores marineros, balcones y contraventanas.En la bahía hay un castillo iluminado que vemos desde nuestro balcón, que da al mar.

jueves, 15 de noviembre de 2018

de dimitsana a esparta


Amanecemos colgados de la montaña, en Dimitsana. Desde el balcón tenemos enfrente su alfombra de colores, la garganta del río Lousios abajo y un montón de siluetas de montañas cada vez más azules hasta confundirse con el cielo. Recorremos sus calles de piedra y sus casonas del siglo XVIII. Desayunamos en el mirador junto a la torre de la iglesia (por estos lares separadas del edificio). En el coche partimos hacia Trípoli por bosques de abetos. Poco antes de Butiva seguimos encajonados bordeando un río, junto a arces amarillos. Una parada en un sitio tan especial, con grandes árboles que abrazar y una pequeña ermita.

Los griegos conducen de una forma especial. Al ser un país muy montañoso, el noventa por ciento de las carreteras tienen una doble línea contínua en el centro, lo que prohibe adelantar. No existe la señal de prohibido adelantar, se basa en las líneas centrales. Si hay arcén, los coches más lentos circulan por él. Cuando alguien te quiere adelantar, debes retiarte hacia él, pues de todas formas te adelantará inundando el otro carril, que puede estar usándolo un coche en sentido contrario, con gran peligro para todos. Entonces, lo mejor es retirarte. Si no hay arcén, debes acercarte a la derecha, pues usarán el centro como si existiese un tercer carril. Sobre los límites de velocidad, no se respetan, aun con la amenaza de las cámaras. En general, no se respeta ninguna señal. Todo el mundo aparca donde quiere y para en cualquier sitio. Apenas si hay policía, y cuando la hay, te avisan con la luz larga.

Cogemos la autopista a Sparta, o Sparti como dicen ellos (las autopistas cuestan dinero, pero te ahorran mucho tiempo y mucho riesgo). Solo aquí encontramos huertas y viñas, algo que no sean olivas. Entramos en un extenso valle rodeado de altas montañas.

Sparta es un pueblo grande sin apenas turismo, pues sus yacimientos son pobres, ya que se usaron sus piedras para la construción de Mystra, a siete kilómetros. Es, pues, un lugar tranquilo con bastante comercio, bares y restaurantes, y también hoteles. Nosotros paseamos por su bulevar central hasta la estatua de Leónidas y su estadio. Solo aquí encontrarás una tienda que venda su pasado. En realidad vende objetos de diseño basados en el clásico casco espartano, reinterpretaciones esquemáticas de las estatuas y otras cosas con gracia. Justo detrás está la vieja Sparta, donde  lo más comprensible es su teatro. El camino está flanqueado por unas olivas milenarias impresionantes. El Museo Arqueológico, cerrado cuando llegamos, tiene un jardín bonito con fuente lleno de columnas y estatuas romanas, que los niños tocan.

Por la noche empieza a hacer frío. En la habitación encendemos la calefacción.

miércoles, 14 de noviembre de 2018

olimpia y la arcadia


Salimos de Patras por la costa hacia Olimpia, otro famoso santuario dedicado a Zeus y donde se celebraban los Juegos Olímpicos. Llegamos dos horas después. Allí recorremos el yacimiento lleno de viejas piedras labradas entre olivos grandes, robles ancianos y cipreses altísimos. Quizá lo más llamativo es la Palestra, porque se ha puesto en pie la doble fila de columnas que rodeaba su gran patio. Después de ver Delfos, impresiona menos el gran templo de Zeus, del que solo hay en pie una columna dórica, el templo de Hera, el Philipeion, también repetido, o el estadio, sin gradas. No hay teatro y tampoco está en una pendiente. Lo que sí es poderoso es su museo, donde se han recompuesto ambos frontones del templo de Zeus, de un tamaño exagerado. En unos de ellos la batalla de los lapitas contra los centauros y en el otro una carrera de carros, una pasada. Hay una muy buena colección de exvotos y de cascos, sobre todo corintios. También hay un museo de las olimpiadas en el antiguo edificio de principios de siglo, allí puede uno hacerse la idea de los juegos y ver discos y pesos reales.

Por la tarde vamos a las montañas felices de la Arcadia, donde todos los árboles son de colores y los pueblos cuelgan de las montañas. Paramos en algunos de casas y calles de piedra como Di mitsana y Lagkadia. Luego bajamos a la garganta de Lusios y vemos el monasterio Moní Aimyalón colgado de sus paredes. Subimos y bajamos por un camino indecente, entre bosques y la cima del mundo por curvas y más curvas. Empieza a anochecer y Beni empieza a dudar, a sentir que ya hemos pasado por algunos sitios. Aquí estaban los cazadores, dice. Yo le digo que no puede ser, que no nos hemos salido de la ruta del navegador hacia Megalópoli, que es una neura suya por temor a la noche. Si eso es cierto, después de este bosque veríamos las cumbres,le digo bromeando. Pero ahí están las cumbres, y la columna de humo, y este puente, y esa roca. Una hora y media después de recorrer los peores caminos y de girar la peores curvas, estamos en el punto de partida: Dimitsana. Cuando el empleado de la gasolinera me lo confirma, ya de noche, me quedo de cuadros.Solo deseamos salir de este bucle infernal. Decidimos quedarnos. Buscamos alojamiento, cancelamos el hotel de Mistra y cenamos con alcohol para olvidar las penas. Pero donde mejor se olvidan es en esa cama grande, fabricando zetas.

Una nube negra levita sobre nuestras cabezas. Nos sentimos inseguros y frágiles.

martes, 13 de noviembre de 2018

de corfú a patra


Hoy es un día bonito, con una luz especial.

Nos despedimos de mi calle favorita, Xenofontos Estratogou, del barrio del puerto, con un buen desayuno en nuestra terraza favorita. Aquí todo el mundo está delante de un café y un vaso de agua. Incluso en las terrazas nocturnas, en bares con música, los chavales pelan la pava delante de un café y un vaso de agua.

A las diez cogemos el ferry de vuelta. La ciudad se va alejando custodiada por sus fuertes. Salimos de Igoumenitsa traspasando sus montañas por la autopista. después nos salimos a la carretera de la costa, encadenando valles y más tarde un delta, y luego el golfo de Prevenza. Allí, en Prevenza, paramos a comer. Es una ciudad divertida, con mucha animación local y cero turismo. Paseamos por su calle principal y por el paseo del puerto. Allí un camarero super simpático, nos ofrece todo tipo de pescados y nos pasa a la cocina para verlos. Optamos por unas sardinas y calamares bastante ricos, y a muy buen precio. Después nos obsequia con un bizcocho de chocolate. Nos ha puesto una mesa al sol y estamos en la gloria. Deberíamos quedarnos unos días, pero pronto nos comería la rutina. Rodeamos la bahía hasta Anfilochia, en la diagonal, con un sol espléndido y feliz, como el de Prevenza. Las casas están dispuestas en escalones como en un teatro griego, donde el escenario es el puerto. Aquí cogemos la A5 hasta que nos salimos en Mesolongi, donde paseamos por el puerto de pescadores de anguilas y por el jardín de los héroes, lleno de tumbas y estatuas de poetas y soldados, entre ellos Lord Byron, inmortalizado con su famosa vestimenta oriental, que murió aquí de fiebres en 1824.

La A5 cruza por un enorme puente, y cualquier vehículo puede hacerlo por 13,30 euros. En un momento estamos en la Península del Peloponeso y, enseguida, en la tercera ciudad más poblada de Grecia: Patra. Con también muchísimo ambiente local y cero turismo, los chavales pasean por la calle comercial de San Nicolás hasta el puerto, y más aún por su perpendicular Riga Fereou. Todas las terrazas a tope con sus tazas grandes de café y su vasos de agua. Nada de restaurantes turísticos, solo cafeterías y locales de comida basura. Cenamos pues como el culo, y nos recogemos prontito, hartos de ver jóvenes con las mismas poses y ropa, pantalones rotos y altos de pitillo y zapatillas, que en España y, supongo,que en el resto del mundo.

lunes, 12 de noviembre de 2018

la isla de corfú


Después de desayunar en el barrio degradado y encantador del puerto, recorremos una parte de la isla. En el Norte, después de subir y bajar una cadena de montañas con un manto de robles y encinas entreveradas con cipreses y alguna oliva, que aquí son grandes árboles sin podas, visitamos la costa cercana a Sidari, donde el agua y el viento han hecho moldeados caprichosos a la piedra amarillenta, entradas cortantes e islas como pasteles ciculares de milhojas flotando sobre el agua. Una de estas entradas en forma de canal, y que acaba en una pequeña playa a la que se accede por una escalera de madera, la llaman el Canal del Amor. Son paredes verticales en capas amarillas y grises, que producen unos paisajes muy especiales.

Ya en la costa este, visitamos el bonito pueblo de Paleiokastritsa y sus preciosas playas encajadas entre rocas formando pequeñas bahías de rocas y pinos. Y es que Corfú es muy montañosa y las playas parecen bocados a las montañas, que las rodean en enormes paredes. Hay cinco personas en la playa, pero solo me baño yo. Es una gozada flotar boca arriba en tan increíble lugar.Alrededor hay otras cuantas playas semejantes. De aquí subimos a Peleques , o Palekas para otros, un pueblo en lo alto de la montaña con vistas hasta la ciudad de Corfú. Para tal fin escogemos el restaurante más alto para comer. La señora nos trae unos garbanzos cocidos en la mano, para contarnos lo que tiene de guiso.

Después de comer nos bajamos otra vez al nivel del mar. La playa de Glyfada es otra maravilla. Impesiona ver todos los restaurantes cerrados con las mesas de las terrazas aún puestas. No hay ni un alma. Me empeloto y me baño.

Como a las cinco el sol empieza a decaer, partimos hacia Corfú Ciudad, con el ánimo de ver el Museo Asiático, donde recojo algunas ideas interesantes. El último café en una terraza, entre el bullicio nocturno de intramuros. Otra vez esa guitarra de la Columna Durruti, las adolescentes cargadas de bolsas de las tiendas, los hombres bigotudos en las tabernas, las camareras cansadas, los preciosos escaparataes de esponjas y estrellas de mar, las animadas peluquerías, los puestos de castañas, Giorgios y Emilios en el cafetín de la Espianada, y ese montón de gatos.

domingo, 11 de noviembre de 2018

de kalambaka a corfú


Me gusta el queso feta con orégano y aceite de oliva sobre una rodaja de tomate, la musaka cuando es un pastel suave y todos los hojaldrados, sean dulces o salados; estos últimos de verduras, y los primeros con miel y pistachos, o almendras, o avellanas, según la tradición otomana. También una salsa de mostaza que hacen riquísima. Y el yogur con unas guindas endulzadas con miel.

Después de toda una noche lloviendo, esta mañana amanecieron las piedras como gigantes moviéndose entre la niebla. Nos despedimos de ellos cogiendo el camino hasta Ioannina. Un camino escarpado, de duras montañas tupidas de bosques de robles y arces multicolores. Curvas y más curvas, subidas y bajadas hasta que cogemos la A3, mucho más rápida, pero aburrida. Casi todo el tiempo vamos bajo tierra, dejándonos un respiro de vez en cuando en tramos de robles y encinas, arces naranjas y amarillos o abetos como conos picudos de un Lego. Como no para de llover, no bajamos a Ioannina. Descansa a la orilla de un lago, donde flota una isla. Allí parece que el Pasha fue feliz, pues por aquí se suele decir que vives como el Pasha en Ioannina, del mismo modo que se decían en España que vives como un cura.

Después del último túnel aparece un hermoso valle lleno de huertas y olivos, y que sobrevolamos por un viaducto. Enseguida vemos al fondo una gran ciudad, y más allá el mar brillando. Es el Jónico, y la ciudad es Estanitsa. La A2 acaba en el puerto. Allí compramos dos boletos y nos metemos en la barriga de un barco. En la cubierta tomamos el sol mientras avanzamos hacia una línea de montañas azules en el horizonte: Corfú. Nos acercamos a la capital, un círculo entre fortalezas donde se apegotan las casas ocres, blancas y amarillas.

Nos gusta la ciudad vieja de Corfú.  Y nos gusta que no hay en esta época tanto turista. De calles estrechas e irregulares, de casas diversas de fachadas colores pastel. Cada rincón es chulo. Aceras porticadas, suelos de piedra, palacetes neoclásicos desconchados y húmedos. Plantas por todas partes, buganvillas de un fuerte magenta, escaleras torcidas, barandillas oxidadas, torres, casitas bajas. Pasamos a las iglesias. En la de San Nicolás, con sus lámparas de plata, una señora nos da unos bizcochos con matalauva. Faliraki a nivel del mar, el Museo asiático y el Palacio de San Miguel y San Jorge. En los soportales del parque Espianada nos tomamos un café con unos paisanos, que dibujo, y luego se enrollan.

Puede ser una ciudad divertida. Paseamos sin dirección, perdiéndonos por las calles. De vez en cuando paramos y hago un dibujo. Cenamos unos panini de jamón, queso y tomate en pan de pita caliente. Fena nos los pone con cariño y yo le hago un retrato rápido. Ya tarde, salimos de intramuros por el recuerdo de su Puerta Real, ya desaparecida, y bajamos siguiendo el olor del mar por la calle Juan Theotoki hasta el hotel, que mira al mar y al continente, y se llama Atlantis.