martes, 14 de febrero de 2017

ana en la taberna del callejón de los huertos























Aún sonaban los estruendos de las bombas en mis oídos. Los camaradas bebíamos en aquel sótano infecto para lamernos las heridas. Edu no salía de su lánguido estupor. La sangre había traspasado las vendas y miraba desde otro mundo los mapas rojos que invadían aquel territorio de tela sucia. Solo las mujeres parecían mantener el tipo. Noelia aplaudía sin cesar a aquellos que se atrevían a salir a aquel pequeño escenario levemente iluminado. Ana mantenía su cara angulosa de un blanco impoluto, los labios rojos, su pelo oscuro recogido en la nunca. Pareciera que nunca hubiera vivido una batalla, que no hubiera existido aquella estúpida guerra.

Cojeando, me acerqué a la barra a rellenar la botella. Desde atrás, el espectáculo era grotesco. Siluetas negras con movimientos torpes, enfermizos, levantaban las jarras y las botellas olvidados del mundo. Aquel poeta triste sin voz había dejado el escenario y nadie lo había notado.

Entonces se levantó ella, de una forma solemne, religiosa. Se diría que una luz iluminaba su cara. Con pasos decididos machacó la madera de la escalera y se cuadró en el escenario. Levantó la cara con orgullo y empezó a cantar haciendo elipses desiguales con su labios rojos. Sin música. Las sombras bajaron las botellas y las jarras y, poco a poco, se fue haciendo el silencio hasta dejar limpia esa enérgica voz.

Algo escondido ahí dentro desde el Pleistoceo, o quizás solo desde que eran niños y jugaban sobre la nieve, parecía despertar. Ana.


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