Pascual tiene la casa llena de pájaros que revolotean por el salón y se posan en sus hombros, en su pelo, en sus dedos. Pascual los entiende y habla con ellos piando, trinando, gorgeando. Verdecillos, verderones, jilgueros, luganos, pardillos. Los cura y los cuida mientras se recuperan. En la última tormenta, encontró estos jovenzuelos carboneros garrapinos empapados y muertos de frío en la calzada. Ahora tiene dos nuevos amigos. Mejor, dos hijos a los que criar a palillo.
Con paciencia y cariño, dice.
Es una especie nueva para mí, muy delicada y muy raro encontrarla en el pueblo.
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