Me entretengo recorriendo las sepulturas abiertas del suelo en que se exponen los santos incorruptos, Tan incorruptos que parecen recién muertos, incluso vivos, y que han disfrazado de distintas épocas. Me llama la atención una pareja de chicos, en un féretro doble, vestidos de romanos, con lanzas, en la que uno de ellos tiene un gesto sonriente. Pienso que igual les fuerzan esa sonrisa para demostrar que son santos y han recibido la muerte con alegría, pues llegarán al cielo y verán a su dios. Una mujer abraza otro santo cadáver con vehemencia, llorando como si fuera su hijo y acabara de morir.
Veo a Leopoldo a lo lejos, calzado, entrando por la puerta de la sacristía. Trato de seguirlo, pero despacio. Prefiero encontrarme los hechos antes que las intenciones. Cuando entro, encuentro grupos de feligreses pijos charlando, gente mayor un tanto demodé que hablan de negocios y familias bien. Hay unas camas pequeñas con colchas con volantes en las aristas que parecen curradas por monjitas, y encima de ellas están sentados formando círculos de tertulianos. Apenas si se fijan en mí, sin darme importancia. Un señor gordo, de traje rancio negro y pañuelo blanco en el bolsillo superior de la chaqueta, da muchas explicaciones en voz alta. Hay corrillos cuchicheando por todas partes, como en un velatorio, que llenan de murmullos la gran estancia.
De golpe, suena una campanilla, como esa que agita el monaguillo en la eucaristía, y todos se levantan despacio. Como hipnotizados, salen todos por la puerta por la que entré. Me uno a ellos, como uno más, sin esperanza en volver a encontrar a Leopoldo. Como si nuestros caminos se hubieran separado para siempre. Quizá lo encuentre algún día, disfrazado, muerto y santo en uno de esos extraños féretros.




































