viernes, 9 de noviembre de 2018

monasterios con vistas


El hotel nos ofrece apabullante desayuno con vistas a las siluetas gigantes de Meteora y un sol espléndido. Comemos hasta el tope y, luego, rebajamos con una marcha a pie desde Kalambaka hasta el monasterio AgiaTrias o de la Santísima Trinidad, de entre los siglos XIV y XV, con los frescos decorados en 1741 por dos de los monjes, uno de ellos con el esqueleto de Alejandro Magno.

Vamos subiendo una fuerte pendiente entre el bosque de encinas y robles, de colores verdes, amarillos y rojizos. El camino está empedrado y es fácil de seguir. Nadie nos acompaña, que los turistas vienen  todos con prisa y son muchos monasterios. Al tocar la roca vertical, una empinada escalera escavada nos sube a la cumbre. Baja un grupo de señoras de negro cantando una letanía y, detrás de ellas, el barbudo pope con su sotana y el gorro cilíndrico. En el edificio hay estancias pequeñas, de aspecto nuevo y de techos bajos, la iglesia ortodoxa en sí, con sus santos pintados  en gran parte en oro y las mismas características que las pequeñas iglesias bizantinas, y balcones colgados de madera con muy buenas vistas. Y arriba del todo, una especie de terraza espectacular. Bajamos a la vieja usanza, por el camino. Los locales y los foráneos usan el nuevo acceso para vehículos.

En coche nos acercamos a la base del monasterio de Agios Nikolaos Alapafssas o de San Nicolás, del siglo XIV y restaurado en el XVI (y ahora totalmente nuevo a excepción de la iglesia). Cerrado durante mucho tiempo, cuando se fueron los monjes, fue restaurado por última vezy llevado por los sacerdotes de Kalambaka para su explotación turística.Tiene tres plantas y terraza con campanario. En ella hago unos dibujos, que luego me bendice el al parecer último monje que queda. Desde allí nos acercamos al de Varlaam, que es una auténtica preciosidad y tiene quizás el entorno más hermoso; pero están cerrando y solo vemos los primeros tramos. Mañana vendremos.

Finalmente, acabamos en nuestro lugar favorito por las vistas. Desde aquí parece que camináramos sobre nubes de piedra y abajo solo hubiera gigantes de piedra. La cosa está tranquila. Sacamos las patatillas y la cerveza fresca y descansamos al sol junto a un perro enroscado. Por aquí hay muchos perros sueltos que se vienen de paseo con que le hagas una caricia o le des algo de comer. De golpe llega una partida de fotógrafos. El sol está a punto de ponerse. El perro se despierta y se estira con las patas para arriba. El sol se pone, se hace un silencio que deja oir los clicks de las cámaras y esa especie de enjambre de abejas que producen los drones, y que dan un poco yuyu. Pero esto es lo último, olvídese de los palos para selfies y ruédese así mismo películas con el móvil pegado a un dron. Me imagino un remake de Los pájaros de Hitchcock con un enjambre de drones fuera de control.

Descansamos en el hotel y bajamos al centro de Kalambaka a cenar. Las tabernas están llenas de bigotudos hombres mayores solos, ni una mujer, viendo la tele delante de una taza de café. Tomamos unos kebabs a la griega en un sitio lleno de jóvenes y, por los precios del local, también sin blanca. 

Después de un día soleado, por la noche empieza a refrescar. Mejor que pasear, estamos pensando en esa supercama con fundas nórdicas que nos está esperando.

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