miércoles, 4 de julio de 2018

monocultivo

Un turista desconsiderado dijo que a partir de Despeñaperros el paisaje era aburridísimo, todo olivos. Cuando uno viaja por Europa o América del Norte se da cuenta de que todo el hemisferio norte del planeta Tierra viste igual, come igual y piensa igual. Las multinacionales lo consideran una bendición y el viajero aventurero un daño colateral de la globalización, que empezó, sin duda, con el invento de la tele.

Pero el desarrollo de la televisión como negocio privado, y de la pública imitando fórmulas con éxito de audiencia, está llegando al colmo del monocultivo y el aburrimiento. Hay unas veinte personas que se repiten sin cesar en todos los canales: algunos periodistas, cantantes y actores mediocres de televisión se intercambian papeles en la caja tonta como empleados autónomos. Un cantante que hace de jurado o de policía en una serie, canta un poco en play-back, da las noticias de la tarde, pasa palabra, protagoniza reality shows, opina sobre filosofía como contertulio, vende sartenes, explica los mapas de isobaras y finalmente llega a ministro. Buscando sus viejos twits, resulta que de adolescente pintaba como Dalí. Pronto aparecerá una pasta con su efigie para nuestra sopa.

¿Qué más habrá de pasar para llevar el aparato, con sus veinte monigotes, al punto limpio más próximo?

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