martes, 17 de abril de 2018

torres novas y santarém



A pesar de que llueve otra vez, los pájaros están contentos. Damos el último paseo y después llenamos el coche con nuestros trastos. Por carreteras estrechas vamos a Torres Novas. Todo está tan verde que pareciera todo Portugal un jardín. No hay ni un centímetro de tierra sin plantas, que hasta las fachadas reverdean.

Torres Novas tiene una zona muy agradable a la orilla del río, a los pies del castillo. Allí hay un quiosco con bar y terraza que la cubre una vieja parra. Esplanada Razôes. Hay verdes azulados y amarillentos, casi naranjas como los sauces y otros árboles con las hojas magenta (¿prunos?). Decidimos comer aquí. Se está muy a gusto al sol. Las ocas se acercan a por migajas y detrás, torpes, las crianças.

Llegando por la llanura de la vega del Tajo, nos sorprende una inmensa mesa. Arriba del todo está Santarém. Es una ciudad grande, con comercio y buen ambiente, de unos treinta mil habitantes. Aunque está arriba del todo no tiene cuestas, solo hay que subir una vez y arriba es todo plano, cómodo. Cuando llegamos a la casa allí no hay nadie. Lo llamamos por teléfono y aparece el dueño sonriente que nos dice que toda la casa es para nosotros, que no hay nadie más. Es tan simpático que se lo perdonamos todo. Nos regala unas mermeladas que hace su mujer y nos dice que ellos también son artistas. Mi mujer hace esos cuadros, señala una camada de perritos en punto de cruz, y yo hago grandes construcciones con piezas de Lego.

Paseamos por la ciudad, un tanto desierta los domingos por la tarde. Es así, dice el dueño. Vemos las iglesias de S. Joâo Alporao, románica, y de Santa María de Graça, del gótico portugués, con una portada y rosetón muy historiados y recargados de elementos vegetales. Lo que llaman Puerta del Sol es un jardín amurallado. Está lleno de parejitas picoteando. Desde las almenas hay una vista del Tajo flipante. Aparece un gran río, ancho y caudaloso. El agua brilla con los rayos del sol. 

Damos una vuelta por el centro. Cenamos en un bar/café llamado Central, de fachada modernista, con puerta giratoria y ventanas de guillotina con tres láminas. Está lleno de gente y todos atienden al fútbol. El camarero nos cuenta que era un café de los años treinta y que han respetado la fachada. Es el único que no ve el fútbol y el único que se da cuenta de que estoy dibujando a los demás. Me pide fotografiar el dibujo y luego me dice que lo pondrán en Instagram, cosa tal que yo no uso. Él aparece chiquitín, de negro y con un moño, a la derecha. Luego salen de la cocina con los dedos en alto y diciendo OK. La cosa cunde. Nos invitan a una cerveza.

Damos otra vuelta y acabamos en el pub de nuestra plaza, junto a casa, que se llama I love beer y tiene WIFI. No hay limâo. Creía que ese asunto estaba solucionado en Portugal. Paso del gin naranja y me apreto una cerveza La Trappe, que está muy requetebien.

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