domingo, 1 de abril de 2018

el piélago y el letargo

 

Después de un copioso y ameno desayuno con dulces de Las Herencias, Chema nos lleva y guía por una zona cercana y protegida llamada El Piélago, en la Sierra del Real de San Vicente, entre los ríos Alberche y Tiétar y las poblaciones de El Real de San Vicente y Navamorcuende. Subimos entre una manta de robles aún sin hojas y bajamos entre grandes y viejos castaños. Lo más destacado son las edificaciones del Monasterio de los Carmelitas Calzados: el monasterio en sí, que fue real por gracia de Carlos II. Se construyó sobre otra ermita en 1741. Actualmente solo quedan en pie los muros de la iglesia y parte del claustro. Los pozos de agua, que por ahora se han encontrado tres, y los molinos de agua.

Los pozos eran construcciones cilíndricas de piedra y subterráneas para mantener el hielo. Entre todos los vecinos bajaban rodando grandes bolas de nieve por las laderas del Viriato hasta ellos y allí se guardaba prensada en capas alternas con otras de paja o helechos. tenían unos ocho metros de profundidad y otros tantos de diámetro. La parte más elevada era una planta en superficie con suelo de madera, desde donde se podía acceder al pozo por una escalera de mano, y tejado de tejas o bien vegetal. Luego el hielo se vendía partido en bloques que se llevaban en arpilleras o serones con paja. La misma bajante del tejado cubría la vivienda anexa del guardés. Actualmente sólo queda el muro de piedra de la parte subterránea.

Las ruinas de la iglesia son evocadoras e impresionan, pero no se puede entrar al edificio, actualmente vallado por el Arzobispado de Toledo, que usa las instalaciones aún en pie para sorber el coco de los niños en campamentos evangelizantes. Recorremos los edificios y paseamos bajo los castaños, saboreando su aspecto mágico. Finalmente vemos la tremenda iglesia de granito de Navamorcuende, con unas interesantes calaveras sobre fémures cruzados grabados sobre las losas mortuorias de granito y su preciosa fuente de 1792; y bebemos en lo que queda del Palacio de los Dávila, ahora convertido en bar.

Comemos, bebemos y brindamos sin piedad y repetidas veces hasta las ocho de la tarde, cuando el sonido de la lluvia arruina cualquier proyecto y caemos en el letargo de la lumbre hasta que el sueño se apodera de nosotros y nos arrastra a la piltra.

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