viernes, 3 de febrero de 2017

un tío raro en el café colonial






El Café Colonial era un pequeño local, un café muy bonito al que iban cupletistas, actores, actrices, literatos, toreros… en los primeros números de la calle Alcalá. Nunca cerraba sus puertas, a excepción de las primeras horas del alba y para su limpieza. Dijeron de él que era el café de los artistas frustrados, por la gran cantidad de creadores desamparados que pasaron por sus mesas. En realidad fue el último café bohemio de Madrid.

Su salón principal estaba decorado con espejos en las paredes, veladores cubiertos de mármol y asientos tapizados en rojo, por lo que era conocido como “el café de los divanes” y apodaba sus mesas con el nombre del director correspondiente a cada una de las tertulias que allí se reunían. En el entresuelo tenía dispuestas varias mesas de billar de la marca Brunswick.

Interior del Café Colonial en 1912
Tenía dos fisonomías diferentes: durante el mediodía y por la noche, era un lugar alegre donde se comía bien. De madrugada, su público era ruidoso y jaranero. Cómicos de relevancia en las primeras décadas del siglo XX, como Loreto Prado y su inseparable Enrique Chicote, la bailaora Pastora Imperio o la popular cupletista Consuelo Portela “La Chelito”, asistían con frecuencia a El Colonial cuando terminaban sus espectáculos. Alrededor del año 1915 ya era famosa la tertulia literaria compuesta por los periodistas José Ortega Munilla (padre del filósofo José Ortega y Gasset), Mariano de Cavia, los escritores Leopoldo Alas “Clarín", Manuel Fernández y González y el filósofo Miguel de Unamuno.

Era el año 1916 cuando una mujer extraña, rubia, algo gordezuela y con aspecto no muy cuidado, comenzó a hacerse popular en los cafés de la Puerta del Sol. Llegaba después de medianoche al Café Colonial acompañada de un hombre anguloso, de perfil judío, pequeña barba, espesa melena y aspecto tan desaliñado como el de su compañera. Tras los cristales de sus lentes fosforescía la luz de una mirada penetrante y sonreía con perseverancia. La mujer portaba siempre una voluminosa carpeta colgada del hombro, que contenía dibujos al pastel y trataba de vender a los parroquianos de los cafés, pidiendo por ellos sólo la voluntad. Mientras, su compañero se quedaba esperando en un rincón al fondo con el cuello alzado de su gabán, quizá demasiado grande.

Al fin se descubrió que ambos eran emigrados rusos y un día desaparecieron tras el rastrillo de la cárcel. Ella se llamaba Natalia Ivanovna Sedova y él Lev Davidovich Bronstein, más conocido por el nombre de León Trotsky.
Telegrama de Trotsky desde Cádiz alertando de su deportación

Sí, aquel ucraniano que estudió derecho y fue segundo de Lenin, creador y comandante del ejército La Guardia Roja y, más tarde, de la Oposición de Izquierdas y la Cuarta Internacional, eternamente perseguido por Iósif Stalin. Él había viajado, exiliado, por Europa hasta la Revolución de 1905 y, una vez frustrada, otros diez años de exilio entre Europa y Nueva York. Trabajó como reportero en París hasta que, en otoño de 1916, fue deportado a España. El uno de noviembre viajó de San Sebastián a Madrid, alojándose en el Hotel de París, justo enfrente del Colonial. El día nueve fue detenido por miedo a su activismo político y trasladado a la cárcel Modelo. El trece es conducido en tren a Cádiz y, el jueves dieciséis, es puesto en libertad al no tener cargos contra él. Se hospeda en la fonda de la Perla Cubana. El quince, en El socialista, se publica que Hemos recibido desde Cádiz, firmado por nuestro correligionario León Trotzky, un telegrama, en que nos anuncia que en el día de hoy, y a las ocho de la mañana, será embarcado, como si se tratara de un criminal, para la Habana. Y en el Época de Madrid que León Trotzky, socialista ruso, hombre considerado por las Policías francesa y española un tanto peligroso, ha sido embarcado en el puerto de Cádiz con rumbo a la Habana. En realidad, estuvo más de un mes en Cádiz, en libertad, para reunir a su esposa e hijos. El día veinte de diciembre toma un tren a Madrid, el veintiuno pasea por la capital con dos policías y coge un tren a Barcelona, donde se une a la familia y coge el vapor Monserrat con destino a Nueva York, donde siguió su labor de reportero unos cuantos meses, hasta la Revolución de Octubre, en 1917. Fue la noche de Navidad el primer día de hospedaje en un camarote de primera del Monserrat, invitado por el Marqués de Comillas, gracias a la urgencia con que deseaba que saliera del país. El 28 de diciembre partieron los cuatro, el 14 de enero llegarían a Nueva York.

Natalia, Trotsky y su hijo Lev en 1928
Su acompañante, su segunda mujer, fue hija de un famoso explorador del Ártico y hermana de Lev Kámenev. Fue una revolucionaria activa, como su marido y su primer hijo Lev. Su segundo hijo, Serguéi, no se dedicó a la política. Con ambos se reuniría en Barcelona para zarpar a América.

La peligrosa estancia de Trotsky en Madrid creó una rica tradición oral llena de anécdotas. En los movidos ambientes universitarios de los años sesenta, se decía que estando un día José Ortega y Gasset escribiendo en su casa llamaron al timbre. Miró el filósofo a través de la mirilla, vio a un personaje de extraño aspecto, con largos pelos y perilla, y decidió no abrir la puerta. Al día siguiente, por la prensa, se enteró de que Trotsky estaba por Madrid. Se lamentaba Ortega de haber perdido la oportunidad de conocerle, ya que el ruso había tenido la iniciativa de ir a visitarle.

En 1936 varias bombas incendiarias acabaron con el Café Colonial y los edificios colindantes. En 1944, en ese mismo lugar, se hace el actual Pasaje de la Caja de Ahorros. En el 37, Serguéi fue eliminado en las purgas de Stalin, en el 38 Lev hijo fue asesinado en un hospital por un agente estalinista, en el 40 es asesinado Trotsky en su casa de Coyoacán, México DF, por el comunista catalán Ramón Mercader.

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