miércoles, 13 de julio de 2016

vuelta a nápoles



Mala noche de pesadillas haciendo la digestión de la carne al horno mirando al móvil para ver si llega la hora en que acabe esto y nos levantemos para coger el tren pero ya es tarde y no llegamos pero coño si todavía estoy soñando. Franco se ducha a las siete mientras repaso el recorrido de estos días; luego voy yo. Decidimos desayunar en la estación para que no se nos haga bolustre. Más tranquilos, entran los capuchinos.

Franco aparca si entrar del todo el coche. Es la fórmula Bari para aparcar en un sitio prohibido. Quiere decir: Estoy saliendo ¡un átimo! Alguien agita la mano para espantarse una mosca; quiere decir: ¡sígueme! Invita otra vez Franco, que se está portando de maravilla. Y Rafael, que se ha pedido dos días de vacaciones para estar con nosotros. Les damos recuerdos para Linda y Enzo y Enza que viajan a Milán. Cogemos un pullman en la calle que nos lleva a la estación de tren de la Piazza Garibaldi.

Llegamos a casa en Nápoles. Pagamos por adelantado nuestra habitación. Ronda de Iglesias. En la de Jesús Nuevo, una sala llena de exvotos y cepillo para el popularísimo médico de los veinte Giuseppe Moscati. Luego, quedamos con Simonetta en el Gambrinus. Hay una mani, se lían a tortas y los del Gabrinus, acojonados, guardan los trastos y cierran la verja sin traernos el café. Simonetta nos cuenta que estas protestas no están organizadas por partidos de izquierda o sindicatos, que son una forma de presión de un grupo de extraña procedencia.

Paseamos con ella por Lungomare. Pasó el fin de semana en Génova y Nápoles ya le parece mejor. Esto no esta sucio, es otra cosa, dice señalando los hoteles de la orilla y el parque de Villa Comunale. Nosotros ya nos estamos despidiendo. Castel dell'ovo, la plaza Pebiscito, el último helado en la Galería, vía Toledo hasta Dante, las librerías de viejo, el último café en nuestra plaza y la pensión Imperia.

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