lunes, 27 de junio de 2016

ese viejo eucalipto y quety con su pequeña maleta





Vemos la gente pasar sentados en la terraza de la caffetteria: chicas guapas y morenas ajustadas, médicos del policlínico con la bata, tíos elegantes sobre sus vespas, muchas muchas vespas chapuceadas con cello negro. Bebo agua, Enrico dijo que por ahora es buena.

Vemos iglesias y palazzos hasta el Castillo del Huevo. Comemos en la terraza de una pequeña trattoría barata debajo del puente, entre barcos y bajo las nubes amenazantes. Las tapas de la cerveza son a base de frutos secos. La niña abraza un gatito negro con algunas canas. Un fuerte bochorno nos aplana. Beni se duerme. En un barco, alguien hace sonar una tabla como un primitivo xilófono. Todo sería perfecto si la niña no hubiera encendido el aspirador.

Mientras Beni se toma un café, me voy a Via Comunale a ver el eucalipto abuelo. El tronco, repleto de colores, rebosa de su cauce y revienta la barandilla. Lo dibujo y espero el 140 para ver la tumba de Virgilio. No viene y me empiezan los remordimientos por dejar a Beni sola. Cuando vuelvo, está leyendo en el malecón. Desde Antonio & Antonio dibujo el castelo achaparrado. Se pone a llover. Vemos la expo de ilustradores. Demasiado publicitarios y efectistas y muy poco contenido. Estoy cansado de estas cosas, prefiero ver llover. Encerrados en el huevo de Virgilio. Los perros sueltos bajo el bochorno y el agua cayendo a mares.

La gente es simpática y te explican todo al dedillo. Si miras el gráfico del bus, te explican que has de hacer para llegar a tu destino. Una señora nos hace seguirla para llegar a Piazza Plebiscito. Hace mucho calor en el metro y el bus, sin aire acondicionado.

Quety aparece en Piazza Garibaldi con su pequeña maleta. Cenamos pizza y pasta en una trattoría y después paseamos por la ciudad, nueva para ella.

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