jueves, 5 de noviembre de 2015

chambi embajador aimara




Martín Chambi nació en Coasa, una comunidad campesina quechuahablante del departamento de Puno. Definido por las grandes planicies altiplánicas por encima de los 4.000 metros de altitud, en el sur de Perú, junto al lago Titicaca y fronterizo con Bolivia, Puno es territorio minero. Fue precisamente en la mina Santo Domingo Mining Company, en la que trabajaba su padre, donde Chambi vio por primera vez una cámara fotográfica. “Lo curioso no solo fue que viera a un inglés con su cámara, sino que eso despertó su vocación y que, en ese contexto de aislamiento y pobreza, su padre avaló su proyecto desde el primer momento”, relata su nieto.

Con 17 años llegó a Arequipa, la ciudad del sur más activa desde el punto de vista cultural, y entró a trabajar como aprendiz en el estudio del gran fotógrafo Max T. Vargas. Con él aprendió la técnica que desplegaría durante sus 50 años de producción: el manejo de la luz y la composición, la perfección del retrato, la dirección de escenas y grupos y las técnicas de revelado. En Arequipa también colaboró en el estudio de los hermanos Carlos y Miguel Vargas antes de iniciar su trayectoria en solitario, en Sicuani, donde vivió entre 1917 y 1920. Situada muy cerca del imponente nevado Ausangate, uno de los cerros sagrados, Sicuani representó para él la puerta de acceso al mundo andino y un acercamiento geográfico al lugar donde desarrollaría la mayor parte de su obra: Cuzco.


En 1920 Chambi se trasladó a esta ciudad, donde permaneció hasta su muerte, en 1973. En la calle del Marqués, instaló el estudio fotográfico que lo lanzó a la fama. Los techos eran de cristal y por ellos se colaba la maravillosa luz de la sierra andina. Esta circunstancia, unida a su técnica, le permitieron realizar los retratos con una perfección singular.

El estudio de Chambi se convirtió en epicentro de la actividad cultural de la ciudad. Por él pasaron miles de personas para ser retratados: políticos, hacendados, militares, comediantes, novias, poetas, músicos, mendigos, mujeres boxeadoras y hasta algún gigante. El mismo Chambi también posaba para Chambi: “Existen más de 1.000 autorre­tratos de mi abuelo. Caminaba por todos los rincones de la región, o se sentaba en su estudio solo, o con su familia, y se retrataba en todos esos lugares”. Enfrente del estudio estaba la casa en la que vivía junto a Manuela, su esposa, y sus seis hijos, y donde se reunía en las noches con historiadores, poetas, escritores y músicos.

Martín Chambi obtuvo reconocimiento en vida. Expuso en la capital, Lima, y también en ciudades de Bolivia, Chile y Argentina. Fue corresponsal para varios medios nacionales y extranjeros, comoNational Geographic, en cuyo segundo número, en 1938, publicó fotografías de Machu Picchu. Pero hasta 1977, con el trabajo de investigación y clasificación realizado por el fotógrafo Edward Ranney, y con la exposición que organizó en 1979 el MOMA de Nueva York, no superó todas las fronteras. “Llegué a Cuzco en 1964”, recuerda Ranney. “Entonces compraba las postales del fotógrafo en su estudio de la calle del Marqués, donde también trabajaba su hijo Víctor. Me impresionó la calidad de su ojo fotográfico”. Tanto, que junto a dos de los hijos de Chambi, Víctor y Julia, y con la ayuda de un grupo de cooperantes estado­unidenses, catalogaron y positivaron más de 5.000 placas que después se exhibirían en diferentes lugares del mundo.


Para su nieto Teo Allain, que Chambi decidiera instalarse en la capital del antiguo imperio inca se explica por “la búsqueda de lo indígena. Siempre decía: ‘Soy el embajador de mi raza’. Y creo que en Cuzco encontró el sentido que estaba buscando: el indio”. En esta ciudad se vivía un movimiento cultural, el indigenismo, que aglutinaba a artistas y a intelectuales. Era una corriente que pretendía rescatar y ensalzar lo indígena y lo precolombino, frente al trauma provocado por la conquista y por la herencia colonial clasista. Chambi bebió de este pensamiento, pero su mirada y su trabajo superaron la visión complaciente del indio. La mirada de Chambi desbordó la lectura que el indigenismo hacía de su universo. En Cuzco logró una poderosa conjunción personal: él era indio, pero también ilustrado, artista y cosmopolita. Su forma de ver y retratar la realidad era estética, etnográfica, documental, sensible y curiosa, y con ella, por encima de todo, captó el alma andina en su máxima dignidad. Y desde esa mirada se reafirmó él mismo en su cultura, mostrando la grandeza y belleza de su tierra al mundo.

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