domingo, 7 de junio de 2015

la lucha de clases la han ganado los ricos

Ha habido una secesión de los poderosos, que ya no están interesados en cumplir el contrato social que fue el pegamento social desde el final de la II Guerra Mundial. A saber: vosotros, los ciudadanos corrientes (l’uomo qualunque), tendréis empleo, protección, bienestar y una escala social ascendente; a cambio, nosotros nos llevamos la tajada más grande de la riqueza. Todos saldremos ganando, aunque en distinta medida. Desde la caída del muro de Berlín y en ausencia de un sistema político alternativo, esas élites han perdido el miedo y ya no necesitan hacer concesiones. El temor se ha trasladado al otro bando. La crisis lo muestra: ni trabajo, ni protección social, ni bienestar, y el único ascensor es el del cadalso (Louis Malle). Frente a ello ha emergido "la rebelión contra las élites", con la aparición de partidos (de izquierdas o de derechas) que tratan de sustituir el viejo bipartidismo de la posguerra y, sobre todo, de una nueva teoría que dice que existe una confluencia entre las élites políticas y económicas, con intereses comunes, que da lugar al establishment, ante la que el resto, sea de derechas o de izquierdas, se ha de confrontar.

Los representantes de este pensamiento arriba-abajo hacen una crítica frontal al sistema político por no inclusivo, a los partidos tradicionales por cómplices, a las políticas de austeridad que llegan impuestas desde Europa por empobrecedoras y desiguales, a la falta de democracia del proyecto europeo por las cesiones de soberanía a entes y personas no representativas, y a la convivencia espuria entre las élites políticas y las económicas por no trabajar para el interés general, sino para su interés particular (La casta). Quienes tienen el poder y la riqueza —y sus representantes— lo utilizan para reforzar sus posiciones económicas y políticas, pero también intentan condicionar la forma de pensar, hacer aceptables las diferencias de ingresos y de patrimonios que de otra manera resultarían odiosas. Es la célebre sentencia del multimillonario americano Warren Buffet, que tiene la libertad de no callarse la verdad: "Durante los últimos 20 años ha habido una guerra de clases, y mi clase ha vencido”" (La lucha de clases existe… ¡y la han ganado los ricos!).


La Gran Recesión ha generado, fuera de todo control, una extraordinaria transferencia de riqueza y de poder desde el mundo del trabajo al del capital. Los responsables del colapso han logrado alterar la agenda política: allí donde había irregularidades financieras y responsabilidades bancarias, hoy hay deuda pública y fuertes recortes del Estado de bienestar; en lugar de discutir medidas para superar la depresión los Gobiernos, de cualquier signo ideológico, han competido en el recorte de gastos y servicios públicos, y en la devaluación de salarios. Mediante un asombroso juego de manos han convencido a parte de la opinión pública de que la verdadera crisis no son los estragos que la quiebra de las leyes del libre mercado y del riesgo moral (las gigantescas ayudas al sistema financiero y a diversos sectores empresariales) han causado en el empleo y en los niveles de vida, sino en el incremento de la deuda pública en la que han incurrido los Gobiernos para pagar dicha quiebra. Han logrado culpabilizar a los que viven "por encima de sus posibilidades", cuando entre los capítulos del balance de lo sucedido se pueden mencionar un poder financiero que tiene más influencia que el poder político, un modelo social herido de gravedad, y Estados sin poder tributario, que es el nervio desde el que actúan los representantes políticos (Cómo hablar de dinero).

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