martes, 7 de abril de 2015

un vasco en tierra del fuego







En el rancho de Trujillo conocemos a un hombre mayor que, según nos han dicho, es español. Soy vasco, dice. Los españoles son unos hijos de puta. El vasco y sus padres llegaron a Argentina después de que los republicanos perdiera la Guerra Civil española. Si mi padre se hubiera quedado, afirma el vasco, Franco lo habría matado.

Preguntamos al vasco si no le parece extraño que los gauchos, a pesar  de vivir tan cerca de la tierra, no tengan el más mínimo deseo de poseerla.

Si, dice riendo, es extraño. Cuando mi padre llegó a Argentina, ahorró durante años para comprar un pedazo de tierra. El día que lo compró fue el día más feliz de su vida. Es una fijación europea, sajona, esta obsesión por la propiedad. El gaucho está en movimiento continuo.

El vasco ama Tierra del Fuego y ha leído todo lo que ha podido acerca de su pasado. Está particularmente interesado por los pueblos que vivieron aquí antes de la llegada de los europeos.

Algunos indios murieron por culpa de una Winchester, pero la mayoría murieron por culpa de la Iglesia. Eran el tipo de gente que no pueden vivir en un espacio confinado; necesitan moverse continuamente y explotar lo que encuentran. Los cristianos los rodearon y los metieron en misiones. Pero no podían vivir de esa forma y enfermaron y murieron.

El vasco se disculpa por ser grosero con la Iglesia, especialmente, añade, si hay creyentes entre nosotros. Me permito hablar mal de la Iglesia, dice sonriendo, porque pasé tres años en un seminario católico; mi madre quería que fuera cura. Pero un vasco siempre habla claro, así que le dije: soy ateo, así que esta farsa no puede seguir adelante.

Dejen que les explique, añade. Yo no estoy seguro de que Dios existe, pero si existiera no es el Dios católico. Alguien a la vez todopoderoso y omnisciente que se sienta a mirar mientras sus mensajeros matan a toda una raza es un hijo de puta insensible y no vale nada.

Antes de nuestra partida, recuerda una tercera forma de morir de los indios. Justo antes del cambio de siglo, entre 1890 y 1900, José Menéndez, el primer español que poseyó tierras en la isla, invitó a toda una tribu a un asado. Envenenó la comida y la bebida y murieron todos, unos 200 en total.

A principios de 1960, quedaban unos veinte o treinta.

¿Y a finales de los setenta?

No, dice. Ya solo quedaba un puñado de indios puros,  y solo unos pocos tenían recuerdos nítidos de la vida en los bosques. Trabajaban en las estancias como gauchos.


C O L O R S 52. Octubre-Noviembre de 2002. Éste es Rolando Trujillo.
Rolando Trujillo en video

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