viernes, 6 de marzo de 2015

segundo día navegando


Cuando despierto hay una montaña en la ventana por la que bajan ríos de agua plateada.  Es una montaña de roca rugosa volcánica entre gris y rosada. En sus grietas vegetación. Las nubes se han agarrado a las crestas. Cuando la montaña desciende hasta llegar al nivel del agua, otras aparecen en segundo y tercer plano un tanto desvanecidas por la niebla. Llueve intermitentemente. Me ducho dispuesto a ver el espectáculo sin un cristal de por medio.

Por megafonía nos dicen que estamos en Piloto Pardo, otra angostura entre islas. Martín toma notas en un pequeño cuaderno. Voy a proa a ver el espectáculo. Beni se incorpora, tras la visión en la ventana. Islas verdes, montañas y, detrás más montanas lechosas. Zonas blancas en el agua y otras verde amarillentas donde la luz logra superar las nubes.

Desayunamos abundantemente con Andrew y Katy, dos estadounidenses jóvenes, rubios y frágiles. Ella habla un perfecto español aprendido estudiando en Santiago. Dibujo a Bryan y los curritos Juan y Alberto, a Marion, otra francesa del grupo de Bezier-Perpignan, Juan Pablo el guía, Chanel y Justine, Camille, la mujer del botánico del Lacoste, Martín y Victoria.

Hacemos una parada en Puerto Edén, un pequeño pueblo de 176 habitantes con teléfono y escuela aunque solo de básica, sin acercarnos del todo. Varias lanchas se acercan a recoger paquetes.

Nos acercamos a la Angostura Inglesa, llena de islotes, donde giramos a babor. La vemos desde el piso de arriba y proa. Charlo con Gildas, un bretón con nombre celta que hace uno cuaderno precioso con dibujos monotonos, no monótonos, que hace con un lapicero acuarelable o con acuarela de un solo color, gris azulado. Me lo enseña. Lleva mucho tiempo viajando y tiene hasta dibujos de Tenerife o Sao Paulo. Giacomo, de la Toscana lleva un diario sin dibujos.

Gildas me dice: ahorra hay algo parra dibujarr ¿Un paso una angostura? No es un barco. Se trata de un barco desvencijado y oxidado que en 1978, navegando por la parte más profunda del Canal Messier, quedó encallado por culpa del Cotopaxi, otro barco que Dios sabe cuándo había naufragado y se encontraba en el fondo. Justo detrás la luz del sol logró atravesar las nubes iluminando un gran fondo sobre el que se dibuja la silueta fantasmal del barco. Dramático.


Tomamos el café con Patricia y Jesús, de Pamplona y Zaragoza, y luego dibujo a los transportistas que tienen su camión en la bodega: Mirko, Rodrigo y Daniel el cachorro, que se saben de memoria el camino y están deseando llegar. Ellos duermen en la cabina del camión. Me cuentan que juegan al truco, un juego de cartas con señas como las del mus.

Por la tarde visitamos el puente, pero surge una urgencia y tenemos que irnos. Alguien dibuja a mano sobre una carta un camino alternativo. Una chica del aseo de las cabinas tiene apendicitis y hemos de llevarla a Caleta Tortel, el pueblo más cercano, lo que nos desvía cuatro horas. Los chilenos, que se beben una botella de vino clandestino, nos dicen que es un pueblo bonito. Cuando llegamos ya es muy de noche y solo vemos cuatro luces y una lancha que se acerca a por la enferma.

Ya hemos cenado en plan colegio y estamos un poco pesados. El grupo de francesas fotografían parte de mis dibujos para un blog en el que siguen el viaje y hablan de mí. Me dicen aquello que que podría publicar un libro y yo les digo aquello de que el libro ya lo tengo. Nos invitan a su tierra y nos dan unos números de teléfono. Cuando nos acostamos la lancha vuelve al pueblo sobre un agua dicen color azul cielo. Las jovencitas se quedan jugando a las cartas bebiendo cerveza sin alcohol. Seguramente que por la noche salgamos a alta mar y entonces empezará el baile. Por ahora, nos conformamos con dormir.

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