martes, 17 de marzo de 2015

cerros de valparaíso






Hoy nos aventuramos solos por Valparaíso. Buscamos el ascensor Concepción para subir al mirador de la casa de Lukas, pero está averiado y tenemos que hacerlo por el de Reina Victoria. Recorremos las calles que dejamos de lado ayer y, finalmente subimos a aquel restaurante que intuimos debía tener buenas vistas por la altura y que se levanta justo entre los cerros Alegre y Concepción, junto al Hotel ArtDecó. Allí comemos despacio, para dibujar sus vistas.

Bajamos y subimos entre casas de colores para llegar a la cárcel, que hoy es un centro cultural en el Cerro Cárcel. Más vistas y el sosiego de grandes espacios y planos en una ciudad tan comprimida. Al lado está el Cerro Panteón, donde pueden visitarse su decadentes cementerios llenos de viejas tumbas con ángeles caídos, descabezados y desmembrados, y lápidas agrietadas por donde avanzan las plantas. La puerta simula un templo griego que la lluvia ha perforado, dejando ver su falsedad de escayola. Un cementerio acoge a los muertos ilustres, en panteones, y el otro, a los muertos comunes y a los disidentes, o sea: los emigrantes europeos protestantes. La vegetación se cuela por los huecos de las lápidas apretadas y escaleras ensalzan el caos. Los gremios se codean en su panteones.

Más casas de calamina pintada con murales, músicos por las calles y perros dormidos al sol. El viejo Bar Cinzano está lleno de espejos y barcos colgados de las paredes. El antiguo Bar Inglés tiene fotos en blanco y negro en su friso de madera noble. Parece un vagón de tren con el suelo de madera.

Atravesamos otra vez el edificio amarillo, con las vigas verdes, del mercado de frutas y verduras, tan apretado como toda la ciudad. Compramos plátanos, palta y durazno para la casa. Luego, buscamos el ascensor paras subir el Cerro Barón, que resulta también averiado, desde hace mucho a juzgar por su estado. Más escaleras y calles estrechas. En el Cerro Los Lecheros, la caseta del ascensor se ve preciosa, recién pintada de amarillo. Al lado, en el número 14, un letrero dice que Pablo Neruda escribió en esa casa parte del Canto General. Nos sentamos en un banco del mirador Diego Portales. El sol se va apagando y las luces de los espectadores de este gran anfiteatro se van encendiendo hasta lo alto de los cerros. Cuando casi solo hay siluetas y luces, nos bajamos hasta la costanera y cogemos el 101 hasta la Plaza Oasis de Belloto. Ayudamos a Cristian a recortar corazones y flores para el Día de la Felicidad, mientras Bety nos prepara la carne que compramos con una guarnición de pasta.

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