sábado, 7 de febrero de 2015

mercados, barrios, árboles, la herida nunca curada


Acompañamos a Hugo a la compra. Primero al Mercado Central a comprar pescado y luego a Tirso y la Vega (Chica y Grande), unidos por un puente de hierro lleno de vendedores. Señoras simpáticas te atienden con sus batas blancas custodiando enormes animales acuáticos, de los que sobresalen los congrios, y de ellos los colorados (sobre el dorado y el negro). Hugo escoge uno de ellos, que lo hacen rodajas. Yo compro dos pelotas de reglamento que un cartel llama erizos. El centro de la estructura metálica se ha convertidoen las terrazas de los restaurantes para guiris y en los pasillos laterales come el pueblo sobre los hules de las mesas. Nos llaman la atención esos mejillones gigantes y las machas. Hugo se frena entonces para contarnos la maravillosa historia de Juanito Ollas.

En la fábrica de cecinas La Continental, probamos el embutido de cabeza de chancho, bondiola y un delicioso jamón cocido. Hugo habla con el dueño en la caja, que nos cuenta que su padre era de un pueblito con iglesia y cuatro casas cerca de Vitoria.

En la Vega, entre olores a harina y maíz tostados, hierbas, carne y toda clase de frutas, Hugo nos enseña esa esquina compartida por la tienda El Rabino, a un lado, y El Palestino a otro. El primero tiene un rabino simplificado pintado a mano y el segundo entró en el mundo photoshop.

Tiendas llenas de colores muestran pimientos rojos, verdes, amarillos, blanquecinos, duraznos, frutillas, melones, arándanos, frambuesas, moras, aguacates, ciruelas lemu, piñas, paltas, pepinos, sandías alargadas... luego es una carrera de obstáculos entre las sillas de los pequeños comederos y señoras empeñadas en que comamos aunque aún sea temprano.

Compramos lo boletos a Puerto Montt en Tur Bus, pues tiene un bus cama que viaja por  la noche y contratan amas de cría de azafatas para taparte la barriguita cuando estás dormido. Mientras hacemos cola, rápida pues hay 18 ventanillas, dibujo a algunos chilenos buscando aquellas facciones que los convierte en tal.

Comemos en Brasil, un barrio lleno de graffiti, que aquí son auténticas obras de arte, en un bar popular. Una negrita simpática nos pone unos emparedados de churrasco italiano (tomate, aguacate y mayonesa) con una cerveza Austral, que en la etiqueta trae una foto de las Torres del Paine.

El Museo de la Memoria es un homenaje a las víctimas de la cruel dictadura de Pinochet. Un bloque diáfano forrado de un extraño material verdoso que deja pasar la luz. Dentro se suceden escenas estremecedoras, discursos emotivos, testimonios impactantes (especialmente de los torturados). Es difícil aguantar las lágrimas. También hay dibujos clandestinos de presos (dibujar era resistir) y de niños aterrorizados.

Al lado está la Quinta Normal, que es un parque nada normal de 36 hectáreas, fundado en 1842 como primer parque público de América, y tiene este nombre porque aquí se ubicaron las Escuelas Normales francesas de enseñanza agrícola, la Quinta Normal de Agricultura inaugurada por Bulnes. Tiene cinco museos, dos galerías y la biblioteca de la estación de metro Quinta Normal. Pero sobre todo tiene una superficie arbolada impresionante con legendarios plátanos, castaños de india, cedros, arces, araucarias y otros desconocidos para mí de los que guardo sus hojas.

Aquí nos vemos con Gisela, que nos guía por el barrio de Yungay, un barrio residencial popular de casas de principios del XX, bajas y hermosas que resistieron el terremoto y ahora se resisten a la modernización, pasajes ajardinados y murales preciosos en sus fachadas. Allí está el Chancho 6 (el doble seis del dominó), un bar barato y bonito con espectáculos los martes y la Barbería Francesa, a la que los empleados nos dejan pasar y escudriñar sin reparo.

Finalmente, Hugo nos prepara una cena legendaria con los erizos y el congrio. Gisela ha traído una muestra de panes (hallulla, coliza y marraqueta) y yo aporto una Austral, un vino sauvignon blanc y un tinto carménêre. El congrio es una auténtica exquisitez, no creo haber probado un pescado tan rico. Lleva ajo muy picadito frito y la gelatina que ha ido sudando. Los erizos en revuelto con huevos, pimientos rojos y nata son una pasada. No hablamos de otra cosa hasta que nos puede el sueño.

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