lunes, 9 de febrero de 2015

en bus a chiloé



Cuando despertamos, está amaneciendo. El autobús circula entre un gran bosque de árboles muy juntos, finos y de troncos altos como alambres. Parecen eucaliptos. Y otros de más envergadura que diría son cedros. También hay alerces, y otros que desconozco. Son las siete y media y el vapor se levanta de las praderas amarillentas comidas al bosque para que las vacas pasten. Tiene un aspecto fantasmagórico. El azafato habla bajito, no sé si me pregunta o me contesta.

Puerto Montt tiene una bonita estación con el techo de madera en bóveda. Detrás de los grandes cristales está la bahía. Nos tomamos un café mientras sale el bus que va a Chiloé. Es un auténtico cacharro con el que vamos dando saltos. Paramos para entrar en el ferry, y todos nos subimos a la cubierta alta para ver cómo nos acercamos a la isla.Todos sacan sus cámaras y yo mi cuaderno.

Ya en la isla grande, veo lo primeros arrayanes con sus troncos naranjas. Se ven casas de madera de colores y tejados de latón por todas partes. En la carretera hay unas casetas de madera en las que paramos cuando hay alguien. Hay gran trasiego de monedas y paisanos que van de caseta en caseta y a los que espera un pick up. También se ven muchos campistas haciendo dedo.

Ancud es un pueblo del Lejano Oeste plantado en Galicia. Los porches se agradecen bajo la lluvia. Todo está cerrado, recordamos que es domingo. Damos una vuelta, nos tomamos un café y cogemos otro bus para Castro. La estación de madera está detrás de la Iglesia de San Francisco, de 1912, que asoma sus dos agujas de latón amarillo terminadas en unos capuchones lilas. Por dentro todo es de madera, como la maqueta de un mañoso metida en la máquina de aumentar. Al lado hay una especie de claustro de madera sin pintar en el que procesionan unos locos de morado al ritmo de acordeón y bombos. Lo más destacado es el demonio que intenta liquidarse San Jordi, un medio animal medio hombre verdoso y con cuernos con grandes incisivos, cuernos, bigote, extraños lagrimales, alas y ojos de mala leche.

La plaza, y todo el pueblo, está llena de hippies jovencitos chilenos, que duermen en tiendas de campaña, que cantan y la policía los molesta. Alguno nos invita a comer de su fogata.


Paseamos por la orilla contemplando barcos y hermosos palafitos. Hay casas muy antiguas con mucho encanto y otras de diseño pretenciosas. Muchas de ellas nos gustan, pero no nos gustaría vivir aquí, entre otras cosas cosas porque es difícil encontrar un bar o un cálido café donde sentarse tranquilamente. Felizmente encontramos un restaurante lleno de hombres con las mesas plagadas de litronas de cerveza, y sin tapa, ya se sabe, viendo en la tele al conjunto chilote en la liga de baloncesto.

El tiempo es raro: apreta el sol y al rato llueve. Decidimos pues descansar en la habitación de madera de nuestro hotel de madera, y esperar que mañana ya sea otro día.


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