domingo, 9 de noviembre de 2014

paseando cienfuegos

Me levanto temprano. Compro los boletos de Astro. Vuelvo en la carreta de El Cariñoso del Prado, con la insana manía de no parar de hablar. La señora ha dibujado una cara con el desayuno.

Paramos a saludar a Nápoles. Nos saca un refresco y un mapa.
No tenemos café. Los franceses ayer bebían grandes tazas con una gotica de leche.
Está leyendo un libro de secundaria y está encantado:
Dice que fueron a Marte y mandaron un aparatico a Saturno. Y el mundo flotando sin caerse. He leído que en la Antártida llegaron a -80º de frío, que está siempre congelada. ¿Está cerca del Polo Norte? 

Me meto en la maraña burocrática para rentar una motico. Me lo ponen muy difícil. O no tienen moto o no tienen permiso; pero no desisten del negocio. Tremendo follón cubano. En Cubanacán me hacen esperar diez minutos porque necesita un poquitico de aceite. Por fin conseguimos una, que a los cinco minutos se escacharra. A dos cuadras la arreglan, pero ya no me fío. Me devuelven la pasta y me hacen firmar un papel donde dice que estoy contento con el servicio recibido. Cuando el funcionario me extiende el papel y veo su peluco y anillos de oro se me revuelven las tripas. Toda la mañana para nada.

Descansamos en El Palatino, en Parque Martí, mientras oímos los sones de un grupo musical y alguien parecido a Baeza quiere hacernos una caricatura. Por el bulevar compramos La isla misteriosa de Julio Verne y Curiosidades cubanas de Álvaro de la Iglesia y nos tomamos unos emparedados y batidos de helado de coco. Paseamos por el malecón hasta la Punta. Allí se juntan los jóvenes con ron y música.

Ana tiene una pizca de humor. Nos cuenta que su hijo, médico cirujano, se fue a los USA y allí lo tienen como auxiliar. Los carretones pasan en la noche iluminados con un bote de petróleo o grasa. Se oye la música a lo lejos, por allí, detrás de las siluetas de los niños que chapotean en el agua.

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