miércoles, 29 de octubre de 2014

290ct : a la habana


En el avión nos ponen La terminal, un cuento de Navidad para llorar con Tom Hanks y el Spiderman de Sam Raimi. El señor Espíderman llaman los niños a ese héroe con el traje desteñido de calzoncillos vistos. Favor de poner los asientos en posición vertical, dice la aeromosa. En la tele, Polito Montañez con guayabera blanca dice que no se equivoquen, si cojo un avión pienso volver. Un locutor comenta que en el Hotel Telégrafo, recién recuperado, se hospedó en 1874 el primer mandarín que visitó Cuba. Entonces había en la isla casi sesenta mil chinos, que venían con contratos de ocho años por un costo inferior a los esclavos negros.

Ya sobrevolamos la isla. El sol entra directamente por las ventanas de la derecha y me empieza a entrar mucho mucho sueño. Llegamos al aeropuerto José Martí. Aplausos en el aterrizaje, un clásico. En la aduana nos preguntan por el hotel en que nos hospedaremos, les digo que en El Científico, ese tan bonito y decadente que hay en el Prado. Abren las maletas, me preguntan por las medicinas, les digo que tengo el pié hinchado.

En el taxi nos viene ese olor dulzón y húmedo con gasolina de La Habana, palmeras reales, coches antiguos, motos con sidecar. Un rótulo con oro negro en una gasolinera. La Plaza de la Revolución con el Ché, la estación de Astro y Presidentes con la 23 con esos setos recortados como campanas gigantes delante de la Casa Balear. Un prietito nos quiere llevar a una casa y, a pesar de nuestra negativa, se pone a andar delante. En un descuido lo perdemos.

Eso es cosa de mis padres, dice la jovencita que ha bajado a la puerta. Disculpen no haber telefoneado, les digo. Solo una noche. El enemigo está muy cerca, nos tiene muy apretados, quiere meterse en todo, por lo menos vivimos, nos cuenta el padre mientras las mujeres nos preparan la cama. Es una casa grande y limpia, com muebles chulos de los cincuenta. El baño tiene azulejos rosas y sanitarios art decó. El papel recuerda a nuestro elefante. Encienden los ventiladores y nos ponen unos vasos de agua hervida. Nos recomiendan cerrar las ventanas para evitar el ruido.

-Es que la calle 23...
-Ah, ¿ya conocen ustedes Cuba?

Beni no quiere salir, se pone a dormir, y yo escribo un poco. Las luces de los coches juegan con las sombras de las persianas como las llamas sobre los bisontes de Altamira, que parecen moverse. Los jóvenes se sientan en la hierba del bulevar. Los coches y las motos se pitan para saludarse. Hace fresco y Beni se recoge. Apago el ventilador. La calle se desvanece en mi sueño, y yo con ella.

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