viernes, 12 de septiembre de 2014

viaje a sevilla


Visito a la tía Justa para decirle que voy a ver a su hija. Ángel me instala en el coche un monitor que nos indicará el camino con una voz grabada y con frases de corta y pega. A las once y media estamos listos y seguimos sus instrucciones, tan frías que ni se inmuta frente al letrero de La Esperanza de Cuba. Jaén está llena de colinas, lomas y cerros vestidos de rayas verticales y oblicuas hechas con olivas. Quitaron el toro de Osborne y pusieron su burro de latón.

En Córdoba aparcamos junto a la Plaza del Rastro y entramos triunfales por el puente romano. Rodeamos la mezquita y nos tomamos unas porciones de esas tortillas gigantes de la taberna de Santos. Y un bocata de jamón a la sombra de los naranjos del patio de la mezquita. Solo se ven turistas. Con ellos tomamos café.

La salida de Córdoba es un follón de carreteras que se cruzan. En un momento mágico nos cruzamos con un ave perpendicularmente y decenas de pensamientos chocan con los nuestros. La provincia de Sevilla está arrasada de rastrojos de cebada amarilla. Entre encinas se levanta un gran faro en pugna con el sol, a quien roba su energía.

Angelines vive en el barrio de Santa Clara, lleno de chalets donde vivían los americanos de la base. Cuando se fueron, una inmobiliaria los vendió baratos y la gente se juntó para comprarlos y luego dividirlos. Son casas rodeadas de verde y unos bloques en los límites.

Ella nos guía por el centro: la antigua fábrica de tabacos ahora universidad, la zona del Cristina, el cine y la Puerta de Jerez que es solo un nombre, la silueta de la Torre del Oro al fondo, el Guadalquivir, la Maestranza, la Duquesa de Alba y los toreros sevillanos, el postigo, cal sobre ladrillos, las Reales Atarazanas junto a la Iglesia de la Caridad y el Hospital de los Pobres pidiendo limosna, la Torre de la Plata que estuvo en el patio del mesón La Torre del Oro, la avenida de la Constitución, el Archivo de Indias, Correos, la Diputación y esos toldos a los que llaman velas, la Giralda, La Plaza de la Virgen de los Reyes.

Desde el Bar Giralda dibujo parte de la catedral y la Giralda.

Aparecen viejas abacerías que me recuerdan a Severo, a Chancla y Octavio, la Telefónica, guitarras flamencas en la Plaza de San Francisco homenajean a Morente, los bancos a los que dimos nuestro dinero son dueños de los mejores edificios, la calle Sierpes, el Círculo Mercantil, la pastelería La Campana, las Setas impresionantes solucionando el mercado y la ciudad antigua, salvando la plaza, Almacenes Arias, la Plaza del Salvador, donde todo el mundo queda, viejas telas, botijos colgando, escobas y, por fin, el barrio de Santa Cruz. La hostería del Laurel en Los Venerables, Doña Elvira con el sonido de la fuente y los guías y el giraldillo iluminado de naranjas y un fuerte olor a jazmín, los jardines de Murillo, la Plaza Alfaro con su cruz farola de hierro forjado.

Descansamos y cenamos en la freiduría La Puerta de la Carne. Parece ser que hubo un tiempo en que las pescaderías freían por la tarde el pescado sobrante, que se vendía en cucuruchos. Ahora hay un acuerdo entre cervecerías y freidurías y uno puede cenar tan ricamente por poco dinero. Son establecimientos parecidos a las churrerías.

Volvemos callados y cansados en el 21, que nos deja muy cerca de casa.

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