martes, 9 de septiembre de 2014

la inexpresiva


En junio de 1972, una mujer apareció en el hospital Cedar Senai con solo un vestido blanco, cubierto de sangre.

Ahora bien, esto, en sí mismo, no debería ser demasiado sorprendente, ya que la gente suele tener accidentes cerca y llegan al hospital más cercano para recibir atención médica, pero había dos cosas que provocaron que la gente que la vio vomitara y huyera despavorida.

La primera es que ella no era exactamente humana. Se parecía más a un maniquí, pero tenía la destreza y fluidez de un ser humano normal. Su rostro era tan impecable como de un material sintético, desprovisto de cejas y cubierto de maquillaje.

Tenía un gatito sujeto en sus mandíbulas, apretado con tal fuerza que los dientes no se veían y la sangre fluía a chorros sobre su vestido y encharcaba el suelo. Entonces ella se lo quitó de la boca, lo arrojó a un lado y se derrumbó.

Desde el momento en que ella entró hasta cuando fue llevada a una habitación de hospital y limpiada antes de ser preparada para la sedación, ella estaba completamente tranquila, inexpresiva e inmóvil. Los médicos pensaron que lo mejor era retenerla hasta que las autoridades pudieran llegar y ella no protestó. Fueron incapaces de obtener cualquier tipo de respuesta por su parte y la mayoría de los miembros del personal se sentía demasiado incómodo para mirarla directamente más de unos pocos segundos.

Pero cuando el personal trató de sedarla, ella se defendió con una fuerza extrema. Dos miembros del personal tuvieron que sujetarla mientras levantaba su cuerpo de la cama con ese rostro inexpresivo.

Miró fríamente al doctor e, inusualmente, le sonrió.

Mientras lo hacía, la médico, al lado, gritó. En la boca de la mujer no había dientes humanos, sino unas largas y afiladas púas.

El doctor la miró un instante antes de preguntar "¿Qué diablos es usted?"

Ella giró su cuello hasta su hombro para observar, sin dejar de sonreír.

Hubo una larga pausa, la seguridad había sido alertada y se oía venir por el pasillo.

Al oirlos, ella se lanzó hacia delante, hundiendo sus extraños dientes en la parte delantera de la garganta, arrancando su yugular y dejándolo caer al suelo, jadeando en busca de aire cuando se ahogó con su propia sangre.

Se puso de pie y se inclinó sobre él, su cara acercándose peligrosamente a ver como la vida desaparecía de sus ojos.

Se acercó más y le susurró al oído.

"Yo ... soy ... Dios ..."


(La médico que sobrevivió al incidente la nombró "La inexpresiva". Nunca más la vio).


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