viernes, 11 de abril de 2014

camino de benaue




Me duermo con el karaoke. Ducha occidental por la mañana. Un huevo y el té.

Ya en el autobús, recibimos la desagradable noticia de que el viaje dura ocho horas. ¡Ocho horas en este autobús abierto con los asientos de escay! Un gallo canta de vez en cuando. ¡Diario, diario! grita un chavalín que acaba de entrar. Otro niño se entretiene poniéndose billetes entre los dedos como si fuera un cobrador.

El autobús para en un chiringuito lleno de ollas de barro. Venden ancestros, macetas en cáscaras de cocos. Subimos. Iglesias de chapa ondulada. Un negro de reloj de oro se pone nervioso por la lentitud. El caso es que el conductor mete la primera en las bajadas como si anduviera mal de frenos. Indígenas en taparrabos me recuerdan los americanos, uno lleva un ciervo al hombro. Montañas, casas de bambú, fiestas. Maletas desplazándose por el pasillo. Cacerolas tapadas de barro el los patios, jaulas para cazar ranas. Casas de junco en las playas de Uningang, arroz secándose sobre la carretera y el campo de baloncesto y bueyes blancos en Barangay. San José. Casas con paredes de junco trenzado. Santa Fe. Comemos un guiso de carne con arroz. Beni se bebe una Mirinda con la etiqueta serigrafiada. La comida está riquísima.

Otra vez de marcha. Niños bañándose en el río. Anuncios de ron, muelas felices. Campos de arroz, palmeras y fondos de montañas. Entramos en la provincia de Ifugao por cortados en las montañas. El gran río Ibulao abajo. Puentes metálicos. El niño de los billetes vomita. Paramos junto a un autobús averiado y todos los viajeros se montan en el nuestro. Pronto llegamos a Benaue. Nos para en la puerta del hotel, que es como un pabellón de caza sobre una montaña. Dejamos las cosas en la habitación y bajamos deprisa a mirador del hotel a ver todo el valle lleno de terrazas escalonadas de agua, y luego unas escaleras hasta un pequeño pueblo con las casas levantadas del suelo como hórreos. No hay caminos en sí, se circula por el borde de las terrazas. De estas terrazas de arroz viven muchas comunidades. Es un patrimonio pasado, con su mantenimiento, de padres a hijos, una impresionante obra de ingeniería. Una señora con un paraguas nos indica el camino a su pueblo. Me doy una vuelta hasta el río mientras Beni sigue de cháchara con ella.

Cenamos en el hotel entre camareros desconfiados y blanquitos aventureros, acordándonos de los chavalillos simpáticos del pueblo de lata ondulada de ahí al lado.

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