jueves, 7 de noviembre de 2013

viaje a praga en el 2002



Salimos a las siete de la tarde. A Beni ya no le gusta el avión, y me coge las manos en el trágico momento del despegue. La duración aproximada es de una hora y tres cuartos. Nos sorprenden con una cena apestosa de geriátrico. El periódico checo da un previsto de nubes y claros y de 3 a 5 grados de temperatura. Una señora de delante se pone amarilla. Le ponen hielo en la nuca, le levantan los pies y le dan consuelo diciéndole que estamos a punto de llegar. No es nada, soy médico, dice otro viajero.

El autobús nos da una vuelta por la ciudad antes de dejarnos en el hotel. Los monumentos están iluminados. Todos los hoteles son bonitas antiguallas menos el nuestro, en el barrio de Karlín, duramente castigado por las inundaciones.

Cuando vuelvo de echarme un cigarro, Beni ya se ha dormido.

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