jueves, 7 de noviembre de 2013

volver a deshora



El vuelo se adelanta a las 05:15 y nos damos el madrugón. Entre los clientes, un Cristo bizantino de gresites metalizados se toma un café. Nos dejan pagar en euros los desorbitados precios que se gastan en el aeropuerto. Habrá que pagar este edificio con la última tecnología. Al mirarte el pasaporte tienes que posar para una cámara de reconocimiento facial. Le paso los dos pasaportes, miro a cámara y el funcionario me mira detenidamente y dice que esa no es mi cara, mientras comprueba el pasaporte de Beni (risas).

Aquí la moda se parece a la del resto del mundo. Las chicas llevan los pantalones muy bajos y la camiseta que no llega, dejando esos diez centímetros de oro, que en la época de mi padre estaba entre el final de la falda y el inicio de los calcetines y en la de mi abuelo del empeine al tobillo. La diferencia es que aquí hay una segunda camiseta debajo, color carne, por dentro del pantalón. Digamos que los diez centímetros son de bronce, si es que llegan a los cuartos de final.

Mi compañera de avión cuenta que también fue a algún restaurante de robelios y acudió a la policía. La tenía dibujada en la cafetería y tengo que pasar página y dibujar a los madrileños, gajes del oficio. Después, mis ojos funden a negro.

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