miércoles, 20 de noviembre de 2013

cafeterías y plazas bajo un cielo gris

 

Está toda la noche lloviendo. Me despierta el agua sobre los cristales. A las siete y media ya me levanto. Abro los seis balcones del salón. Hay una luz mortecina y plomiza. El cielo solo tiene tonalidades grises.

La fuente de la alameda salva un gran desnivel. El agua sale de un caballo pez escamado, entre cuatro sirenas oyendo una caracola. Desayuno un garoto claro en la Pastelaria Mexicana, en Guerra Junqueiro con Avda. México, rodeado de paredes cubistas. El logo es una M con un gran sombrero charro. Gente triste tomando café y un camarero con mostacho. El tabaco es carísimo.

Avda. México, Instituto Nacional de Estadística en un edificio de planta triangular, amarillo con adornos blancos. La estatua del presidente Almeida señala con el dedo, le protege las espaldas la República. Bonita la Casa de la Moneda, que no me dejan fotografiar. En la fachada un rótulo con letras preciosas y ladrillo vidriado a lo persa, y en el interior maderas. La Livraria Municipal con sillones bonitos para leer y, un poco más adelante, la Pastelería Versailles, de fachada de cristal con dos columnas e interior pasado con maderas, espejos, suelo de damero, detalles modernistas, es de 1920, y buena repostería. Una vitrina llena de botellas cubre toda una pared. Camareros de pantalón negro y chaleco verde que deja ver las mangas de camisa blanca.

La Rua de Sâo José está llena de restaurantes pequeños y baratos y tiendas de antigüedades. Cientos de tipos de azulejos en sus fachadas y a los lisboetas apiñados en pequeñas mesas. Viejas ferreterías y perfumerías, una casa de muelles, el Ateneo, la Sociedad Geográfica, que forma parte, junto al Café Coliseo, del Edificio Coliseo. La Casa do Alentejo, con un patio árabe recargado, acristalado y con una fuente, rodeado de vetustas habitaciones, el salón con escenario y sillones gastados y la oscura biblioteca. Servicios llenos de curvas y olor a orín. Jubilados dormidos. En el suelo se intercalan azulejos con animales variados, casas, castillos y barcos.

En la Praça de Dom Pedro IV recorro sombrererías y me siento en un banco a dibujar la columna y el elevador de Santa Justa. Se pone a llover, me siento bajo una marquesina del bus y luego en la terraza de la Pastelaria Suiça, desde donde dibujo a la castañera y el Castelo de Sâo Jorge. Estoy solo y me puedo dedicar a dibujar fundamentalmente, por eso me siento aquí aunque no es tiempo de terrazas.

Cuando bajo hacia la Plaza de Comercio las nubes van desapareciendo y dejando ver el azul del cielo. Un azul tan fuerte e impresionante que parece falso. La plaza está llena de cables y tranvías. Los camellos me vienen ofreciendo costo y maría desde el Rossio. Me siento en la terraza del Café Martinho de Arcada, fundado en 1782.

En el Chiado Bajo, tiendas caras y cafeterías para guiris. A Brasileira sigue siendo la misma, atiborrada de gente y el reloj al fondo. Son solo las seis de la tarde y ya es de noche. Chá com limao y dibujo. Cojo el metro de enfrente. Tiene muchos asientos y no vibra, se puede escribir. Compro pasteles.

Cenamos una crema de verduras muy rica y salmón al horno con patatas y nata. Con la última copa de vino, hacen ejercicios de matemáticas. Margarida está triste y me trata con dulzura. Me acuesto temprano.

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