martes, 19 de noviembre de 2013

a lisboa


Coñazo de colas en el aeropuerto. Se me hace sufrible si pienso que estoy a punto de salir de la Alemania nazi. No hay ningún avión en la puerta H7, algo a salido mal, me imagino una redada, patadas en las puertas. A la hora de la salida llega un avión cargado. Cuando llego, Eduardo me está esperando. Y luego preparan una cena extraordinaria con pato, nata y mostaza. Una cena francesa, dice, que está muy rica.
Leonor tiene las pecas y el pelo rojos, como Margarida, y algún problema con las matemáticas. Bebemos un somontano que les traje, y luego Eduardo abre otra botella. Llueve a mares y pienso en cafeterías agradables y chulas de Lisboa. Ellos me recomiendan la Pastelería Mexicana, cerca de casa, y Versalles. En el plano me marcan sitios interesantes cerca de la Plaza del Rossio. La casa es grande y hermosa, está en un ático con tejado de zinc del que se recortan los balcones. Hace esquina. 
Duermo en el sofá del salón, que es largo y ancho. Siempre llevo mis sábanas para no importunar, a riesgo de acabar como el Camarón con la Lole. Me tratan bien. Eduardo se queda con mi último cuaderno para escanear algunas páginas para su libro de cuadernistas. Me dejan una mesita para escribir y la opción de poder fumar, cosa que intentaré no hacer en casa.

Sobre siete colinas, que son otros tantos puntos de observación desde donde se pueden disfrutar magníficos panoramas, se extiende la vasta, irregular y multicolor aglomeración de casas que constituye Lisboa. Fernando Pessoa

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