lunes, 28 de octubre de 2013

valencia guiados







Temprano me levanto a pasear por el bulevar de tierra de la Gran Vía del Marqués de Turia y Jorge Juan hasta el antiguo Mercado de Colón, un edificio modernista de Francisco de Mora y Berenguer. Con un armazón de hierro impresionante, ladrillo, cerámica y cristal. Está ahora convertido en centro comercial pijo, con terrazas de cafeterías en el bajo de camareros engreídos de negro y llenas de pijos guapetones sin ninguna naturalidad (todo como a cámara). La dependienta de una tienda estudió arquitectura y le encanta Lavapiés porque por allí se siente libre, sin la presión de esta burguesía rubia que se ríe contenidamente.

Ya con Beni, nos apuntamos al desayuno a 2,50 con bollo, café y zumo de naranja. Bus con teles pasando propaganda. Palmeras, palmeras y un solecito que acaricia. Tejados de teja árabe, el Puerto lleno de rascapisos de cristal.

Rosa viene a la casa. Nos dice que vivió con sus padres en una de este tipo hasta que ellos murieron. Ella es un tía simpática, aunque con esa manías de los que viven solos. Nos lleva a la Ciudad de las Artes y las Letras, comida al Turia. Una exageración desmedida con dinero público. Edificios blancos escultóricos sobre una alfombra verde. Impresiona el edificio de la ópera, de Calatrava, con extraños brillos. El Palacio de las Artes parece un casco de un guerrero. Rosa está orgullosa, pero a nosotros nos cansa tanto asombro inaccesible de dimensiones divinas.

Nos sube a la cafetería de El Corte Ingés por las vistas, pero está anocheciendo y en los cristales solo nos vemos a nosotros. Allí nos presenta a su amiga Pilar, mi amiga hippie dice, una documentalista que llega feliz porque acaba de comprarse una auto caravana. Nos habla de un local, Ca Revolta, donde hay conciertos, exposiciones y pasan películas. Está en el barrio del Carmen y está haciendo una campaña de socios para sobrevivir. Allí vamos. Es un local de tres pisos unidos por una bonita escalera. Nos gusta.

Desistimos de cenar de tapas en La Tasca Ángel porque hay cola. Un grupo de chicas nos dejan una mesa en la terraza de El Kiosko, en la Plaza del Doctor Collado, rodeados de una casa de numismática con enorme reloj en la fachada, otra de telas metálicas, La hija de Blas, y el Lisboa, que ocupa toda una manzana. Riquísimas las clóchinas, que parecen un tipo de mejillón pero con mucho más sabor. Excepto los boquerones todas las tapas están muy ricas. La camarera nos tira las palabras y Rosa se indigna y falta un pelo para largarnos. Nosotros somos quienes pagamos, dice con razón.

No somos gente de trasnochar, dicen, y se van. Nosotros nos vamos paseando hasta la plaza de toros. En casa coloreo los dibujos. Rosa está muy contenta con el suyo, pero Pilar dice que parece mayor y que su amiga hizo trampas enseñando solo su lado bueno.

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