sábado, 12 de octubre de 2013

una habitación con familia



Me ducho por la mañana con el maletín y el perchero de los sueros. Las enfermeras me tapan las heridas con plásticos y se ofrecen a ducharme, pero a mí me da vergüenza y lo hago solo. Bueno, me acompaña una miniatura del negrito Pedro Juan con dos cuernos rojos que me dice al oído deja ducharte suavemente, gosarás.

Después del desayuno pasa el médico que me dice que hay que esperar a que el pulmón se expanda y que luego, para viajar con seguridad, tendrá que operarme, quitarme los restos rotos y rasparme la pleura. Que va para largo.

Hago llamadas a Visa, la agencia de viajes y amigos enterados para ver si tengo algún seguro privado. Resulta que el viaje tiene seguro. Aunque la seguridad social se hace cargo, prefiero que se haga cargo el privado. Estos le pagan 30 euros diarios al acompañante para hospedarse. La enfermera nos enseña un apartamento de este precio. Sus clientes son mujeres de accidentados en el Teide, hay muchos, se deberían tomar medidas, dice. Parece el típico caso de daños colaterales del Turismo, en todos los negocios mueren inocentes.

La habitación está ocupada por Sergio, conductor de guaguas, fumador empedernido y propenso a la depresión de 29 años, y su familia. Tiene secuelas de una operación de rodilla que lo están amargando. Mañana lo vuelven a operar. Su padre, Juan Valentín, está prejubilado con sesenta años y habla como un viejo. Siempre habla del pasado como si el presente no existiera, a pesar de que se mantiene bastante bien.

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