miércoles, 16 de octubre de 2013

todos quieren hablar

Sergio. Mi único modelo posible.



Sueño que estoy en la casa que Críspulo ha alquilado en Madrid con unas compañeras. He llegado tarde. Ellas piensan que el piso es demasiado pequeño. Para chico el mío de La Encomienda. Críspulo, con una bolsa colgando, está ahí en medio, sin querer quitar la razón a nadie.

Otro nuevo sol que logra atravesar el muro de nubes. Atraviesa la terraza y proyecta una pantalla en mi pared. Todo se pone amarillo como el orín en la botella de Sergio.

La enfermera busca mi historia, me hincha esa tela en el brazo y me pregunta la edad. Cincuenta años.
- A esta edad hay que controlarse la presión. La vida no perdona. Las mujeres vivimos muchos cambios. Todos influyen en nuestra forma de ver el mundo, ya no pensamos sufrir por los demás.
- Somos nosotros los que no perdonamos.
- Es verdad. Yo no perdono cuando vienen los médicos jóvenes, solo los trato educadamente. Estoy en una edad difícil.

La mujer que friega entra en la conversación. Dice que es demasiado buena, que se preocupa por todos. Su marido le dice que parece la madre Teresa de Calcuta; pero yo creo que no se parece tanto si se arrepiente de ser así, si es difícil y triste y friega a diario con sus lágrimas.

Algo me está ablandando las neuronas. Cuando Sergio llama a su padre pienso que no recuerdo haber hablado por teléfono nunca con el mío.

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