domingo, 20 de octubre de 2013

las aventuras de visso


Me despierta una voz pidiendo ayuda. Santa Cruz sale de la oscuridad mostrando colores tímidos, casi sin tono. Mi auxiliar favorita anda por los pasillos. Sergio se ha ido. La enfermera se siente bien cuando ve su letra en mi cuaderno, en la pegatinas de Termalgin. En la sala de espera veo a Beni salir del ascensor. Me dice que hay un túnel para llegar a su hotel que le da miedo y pasa corriendo, hoy me iré antes de que anochezca.

El médico me pregunta si hay un plan.
- Mañana me recoge una ambulancia con un médico de ocho a ocho y media.
- Te prepararé ahora toda la información y llamaré al jefe de servicio en Madrid para ver si quiere las radiografías por internet o las llevas en papel.
A medida que se acerca este viaje me pongo más nervioso.

Por la tarde llega Cecilio Visso, de abuelo inglés, al que no conoció, que le aportó el nombre, Cecil, y el apellido. En mi familia hay un montón de Cecilios, a mí no me gusta, llámame Visso. Le gustaba subir al Teide y sentir el calor del cráter en las suelas. Murió con 46 años. Bebía mucho whisky, Caballo Blanco. Aquí conoció a mi abuela, medio maguita medio analfabeta. Compró el castillo de Realejos y allí vivieron. Con una finca grande que heredaron sus cinco hijos. Mi padre decía que era buen tío, con bigote y tal, hay fotos en casa. Viajaba dos veces al año a Sudáfrica.
Mi mujer y mis suegros eran puros canariones, pero mi mujer será ya lagunera y santurrona. Nunca he ido a ver a la Incorrupta. Dicen que está intacta. Van más de diez mil personas en los días que se muestra.

Recuerda de la Guerra cinco o seis barcos que hacían de cárceles flotantes desde los que tiraron a más de cien y una avioneta que cogió en la playa de Gando que lo llevaría a África. Casi nos matan. Don José Ortega era un cura chivato que mandó a matar a mucha gente, dio los nombres que quiso, era mi profesor de religión. Sé que era marica porque iba detrás de mi primo. 
Melchor contaba de la Fife que un vigilante se acercó a dos presos.
- ¿Y que haces tú aquí si tú nunca te has metido en política?
- Le presté dos mil pesetas a alguien que no quería pagármelas.

Me ponía detrás de las persianas a oir los gritos de la gente que torturaban en el Ayuntamiento, que estaba al lado de casa. 
Pedro Torres, de Cáceres, cogió un barco desde Andalucía a Cuba, e hizo una parada en Las Palmas. Le gustó y se quedó. Era un asesor administrativo muy ilustrado, no como ahora. Tuvo muchos años una gestoría. En la Guerra Civil se acercaban las viudas a hacer los papeleos para reclamar a sus maridos. No les cobraba nada, pero les decía que si les preguntaban que dijesen que les había cobrado, para no tener problemas.

Así estamos hasta las tantas, pues sufre insomnio y no para. Además, está sordo y habla muy fuerte y vienen a llamarnos la atención. Cantinflas es el tío con el que más me he reído. En Romeo y Julieta, cuando se va a suicidar, me caía de la butaca muyayo... 

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