viernes, 11 de octubre de 2013

el teide, las américas, los gigantes y mi pecho




Mañana nublada. Hacemos bocadillos de jamón para la excursión al Teide. En la estación compramos un bono de treinta euros. En el 348 atravesamos un bosque de pinos y las nubes, que luego quedan abajo como un mar de algodón. 1300, 1770, 1830 metros, el Parque Natural del Teide. Se acaban los pinos y el paisaje se hace agreste. Los adolescentes alemanes no paran de hablar . Hay una cola formidable en el teleférico. Nos cobran cincuenta euros. Sube deprisa y cómodo. Seguimos un sendero entre rocas que parecen de hierro oxidado, mocos de herrero. No nos dejan seguir más allá del mirador pues se necesita un permiso. Me siento a dibujar la punta del cono protegidos del aire. Hay gente que sube por el sendero desde abajo, llega resoplando, cansada. Siento una fuerte presión en el pecho, como si estuviera tumbado y me hubieran puesto una piedra grande encima. Pienso en un pequeño infarto, pero no quiero asustar a Beni. Bajamos en el teleférico a ocho metros por segundo. Ayudo a una chica en silla de ruedas. En la cafetería con unos descafeinados dibujo la inmensa caldera.

Cogemos un bus a la Playa de las Américas. Paisajes alucinantes del Parque, rocas caprichosas, colores extraños que se mezclan, formas de plastilina, cactus y páramos desiertos, grandes barrancos y cañones. Mi pecho está encorsetado. Una iglesia antigua rodeada de casas blancas: Vilaflor. Luego dando vueltas hacia Aroma, La Camella, Los cristianos y Las Américas. En Las Américas cogemos un bus a Los Gigantes. Como sale a las y media, vemos la playa con sombrillas de palma y madera, protegida por un malecón de piedra volcánica negra, con poca gente, que forma siluetas en el agua brillante.

Cuando llegamos a Los Gigantes está anocheciendo. Hago un dibujo en la penumbra del hotel y los acantilados. Después nos tomamos un café en la plaza. Han construído casas hasta los arrecifes. Parece imposible encontrar un pueblo normal con sus tascas y gente bebiendo. Los paisanos son alemanes, me llaman artista. La Iglesia parece un adosado más.

La carretera de vuelta es demasiado estrecha y el conductor suele usar el carril contrario en las curvas. Pasamos El Retamar, Santiago y Erjós, que está de fiesta . Hay una gran pantalla en la plaza y pasan una película. La escena me gusta. Solo los pueblos del interior parecen verdaderos pueblos y no un decorado. En El Tanque monta una chica que cuenta que todos los dias y durante tres horas oigo a una viejita y me pagan por eso.




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