viernes, 10 de mayo de 2013

el bonillo y las lagunas de ruidera






Al llegar a El Bonillo nos encontramos con esa especie de pene petrificado (con un condón a medio poner) que es su rollo. El rollo o picota es el símbolo de la Justicia y se ponía a la entrada para que todo el mundo al llegar sepa que aquí se castiga la maldad. Es el lugar donde se ajusticia. Éste es de 1538 y pesa unos 6200 kilos. Nos lo cuenta el concejal de Turismo, que nos suelta el blablablá en la Oficina de Turismo, que nos ha abierto para enseñarnos los telares de 1400. Aún los maneja Catalina Achau, profesora en la Universidad Popular. La oficina está en una casona de piedra amarillenta preciosa con una doble arcada en la fachada donde está el Ayuntamiento.

También nos cuenta que es difícil que podamos ver los cuadros de El Greco, El Cristo abrazado a la Cruz  y de Vicente López, El Milagro,  pues es de la Iglesia y el cura es muy especial y el Ayuntamiento no ha podido llegar a un acuerdo para enseñarlo, para colmo quien enseña la iglesia no es quien enseña el museo parroquial, y no se llevan bien; quizás podáis verlo un poco antes de la misa de las seis. Por si acaso, nos los muestra en fotos.

La Fonda Santiago es nuestro mejor embajador, nos dice cuando preguntamos por este restaurante que nos han recomendado. Vemos la iglesia, llena de altares barrocos y un retablo con Santa Catalina, la patrona, San Juan y Santa Lucía entre columnas retorcidas. El señor del que nos habló el concejal nos espera impaciente para cerrar y nos dice que el museo no es de su incumbencia. Tendréis que pedir la llave. Vamos al mercado, que es una visita, junto al cementerio, de rigor para mí. Es muy bonito y pequeño, con un patio rodeado de columnas.

Nos comemos unos gazpachos manchegos y unas habichuelas con perdiz en la Fonda. Cocinan bien y es barata, pero los gazpachos solo tienen conejo y las judías están un poquito cocidas de más, aunque riquísimas de sabor. Salimos por los pinares encharcados y entramos a la estepa manchega del Campo de Montiel. Paramos para pasear entre sabinas y encinas con olor a romero, tomillo y mejorana, esperando encontrar avutardas, sisones y gangas, pero sólo nos cruzamos con algún conejo despistado y el canto de alguna codorniz. Las hiniestas revientan de amarillo. Cojo hojas de una sabina inmensa, que son como las del ciprés y con sus bolitas azuladas. Y un poco de tomillo para que el coche huela a gloria.



Pasada la Ossa, vemos los hundimientos de las ramblas que van verdeando con más fuerza según bajamos al agua de las Lagunas de Ruidera. La carretera llega a La Redondilla, normalmente seca y ahora rebosando y echando agua a La Lengua. Paseamos por el camino que rodea la Laguna de San Pedro, a la sombra de álamos temblando al viento, tristes sauces e higueras. Paramos en las cascadas rugientes del salto de La Lengua a La Salvadora y, ya con el coche, recorremos las lagunas de Ciudad Real, ya apestados de tanta valla, tanto chalet, tanto embarcadero privado y tanto ladrillo.


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